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| 12/7/2013 8:00:00 AM

Lecciones de Mandela para Colombia

Esto es lo que los políticos colombianos deberían aprender del líder sudafricano.

Se ha dicho que Sudáfrica y Colombia no son tan comparables. Que mientras la una tuvo un conflicto racial, en un régimen tiránico como el apartheid, en la otra ha habido una larga guerra política en un contexto de relativa democracia. Se ha dicho que mientras Sudáfrica optó por la reconciliación y un modelo de justicia restaurativa basado en el perdón, en Colombia se busca superar el enfrentamiento armado sin renunciar a la Justicia, la verdad y la reparación. Se ha dicho también que Colombia no tiene a un Nelson Mandela. Porque la magnanimidad y sabiduría del que fue llamado Madiba (abuelo) por su pueblo no son tan comunes en la historia.

Sin embargo, Sudáfrica sí es un espejo para Colombia: tuvo un conflicto largo, ha dejado heridas profundas en la sociedad y ha enfrentado un difícil posconflicto. Primero la guerra, y luego la paz, pusieron a prueba a este líder extraordinario, que forjó su gran estatura moral en medio de la adversidad. Mandela les deja muchas lecciones a los líderes colombianos.

Coherente, pero flexible

La primera lección es la coherencia entre sus propósitos y sus estrategias. Desde los 20 años Mandela se trazó el propósito de luchar contra la discriminación de los negros en Sudáfrica. A esa causa dedicó su vida. Sus convicciones nunca cambiaron, pero sí sus estrategias. Primero fue pacifista, seguidor de Gandhi, pero en los años sesenta, cuando se dio cuenta de que el régimen del apartheid no tenía ningún reato en masacrar a quienes se manifestaban en su contra, abrazó la lucha armada.

Sus guerrillas actuaron sobre todo saboteando la economía del país, con atentados que le dieron un lugar en la lista de terroristas del mundo. Mandela, no obstante, supo entender el cambio de época y declinó el uso de las armas poco antes de salir de la cárcel, en 1990. Estaba convencido de que un acuerdo político lo llevaría más pronto y de manera menos sangrienta al cumplimiento de sus objetivos. Su propósito no eran las armas. Era la democracia.

Más pragmático que ideológico

Así como supo cambiar de estrategia para llegar al poder, Mandela se caracterizó por ser un presidente flexible y pragmático. Su formación era marxista, incluso en su juventud fue bastante doctrinario, por eso muchos de sus adversarios temían que durante su gobierno viniera una ola de nacionalizaciones especialmente de la minería. Sin embargo, eso no ocurrió, y no porque Mandela quisiera contemporizar con el capitalismo sino porque después de escuchar a muchos expertos de diferentes corrientes ideológicas, se decidió por un modelo abierto en economía, que le sirviera a una época de transición como la que vivía su país. Gobernó concertando con todos los sectores en un país dividido y desconfiado. Era un presidente para negros y blancos en Sudáfrica, para ricos y pobres. Que la izquierda puede gobernar para todo un país y no solo para parte de él, es una lección que deja Mandela.

Un conciliador

Su talante conciliador se ponía a prueba en cada acto de gobierno. Cuentan que sus copartidarios del Congreso Nacional Africano quisieron, apenas estuvieron en el poder, prohibir el himno de los afrikáner, e imponer el propio. Mandela los hizo avergonzar de su intento de excluir a sus antiguos opresores, y tomó la salomónica decisión de que se tocaran los dos himnos, uno seguido del otro, en todos los actos públicos.

En muchas ocasiones Mandela fue cuestionado por ello, como cuando comenzó desde la cárcel, conversaciones con el gobierno del apartheid. Esta fue una decisión unilateral que irritó a muchos de los suyos. Mandela les respondía que a veces el pastor va más adelante que el rebaño. Y en realidad, fueron estos actos audaces a favor de la conciliación los que acercaron las posiciones de los afrikáner y los negros. Más concertación y menos sectarismo fue su fórmula para la transición.

Todos por igual

Posiblemente uno de los mayores atributos personales de Mandela fue tratar a todas las personas por igual. Era la única persona por fuera del Palacio de Buckingham que llamaba a la reina de Inglaterra por su nombre: Elizabeth. Ni reverente ni irreverente, Mandela trataba por igual al chofer que al papa. Esa característica habla mucho de la seguridad que tenía en sí mismo, pero también de su noción de democracia. No creía en la estratificación de las personas y tenía una agenda de justicia social muy profunda que sin embargo no pudo desarrollar plenamente.

Respeto a sus enemigos

Así como Mandela trataba bien a los suyos, era un verdadero caballero con sus adversarios y enemigos. Dedicó por lo menos 16 de los 27 años que pasó en prisión a estudiar con fervor todo lo relativo a los afrikáner. Quería entenderlos, ponerse en sus zapatos, conocer su lógica y sobre todo, sus sentimientos. Este conocimiento lo usaría luego en las negociaciones de paz.

Mandela tuvo la muy escasa virtud de convertir a sus enemigos en amigos. Según cuenta John Carlin, su biógrafo oficial, el general en retiro Constand Viljoen, jefe de la extrema derecha, se aprestaba a sabotear el gobierno de Mandela, y organizar una contrarrevolución. Pero desistió de ella después de pasar una tarde tomando el té con él. Ese acercamiento humano y sobre todo, el diálogo, cambió su percepción del líder de los negros y lo convirtió en su profundo admirador.

Discreto y sereno

Muchos comentaristas dicen que Mandela hizo el milagro de reconciliar a Sudáfrica. Pero más que un milagro, el fin del apartheid fue el resultado de una negociación confidencial y secreta que duró más de cuatro años, a finales de los años ochenta, que le abrió las puertas de la cárcel, y luego propició el llamamiento a elecciones. En esos años, Mandela se entrevistó en la cárcel con más de 70 personas. La filigrana de esas conversaciones debe haberse ido a la tumba con él, quien nunca cayó en la tentación de revelar las difíciles tramas de estos encuentros en libros o películas.

La vindicación de la política

A Mandela le interesaba el poder. Tanto que cuando tenía 33 años dejó boquiabiertos a sus camaradas del Congreso Nacional Africano cuando les dijo que él sería el primer presidente negro de Sudáfrica. Y lo logró. No obstante, como bien lo ha dicho Mario Vargas Llosa en un bello ensayo a propósito de su agonía, Mandela le recordó al mundo que la política no es necesariamente un oficio de halcones, ni de astutos negociantes o corruptos, sino de idealistas, que pueden usar el poder para construir un mundo mejor.

El altruismo de Mandela quedó demostrado con la vida sencilla que llevaba. Siempre se negó al culto de su personalidad, a pesar de haber sido posiblemente el líder más carismático del mundo al final del siglo XX. No cayó en la trampa del caudillismo ni el mesianismo y por el contrario, su preocupación fue transformar las instituciones de su país, construir las que requerían los nuevos tiempos, y no perpetuarse en el poder (después de gobernar cuatro años dio un paso al costado pudiendo haberse quedado en la Presidencia).

La reconciliación

Mandela sabía que la tarea de transformar a Sudáfrica no dependía solo de que se acabara la segregación racial ni de que hubiese elecciones libres. Durante su gobierno creó una nueva institucionalidad que hiciera posible la reconciliación. Allí no se trató solo de perdonar a los grandes perpetradores de crímenes, a través de la justicia restaurativa, como lo han caricaturizado algunos detractores de ese proceso de paz.

Mandela se preocupó por crear instituciones que le sirvieran al posconflicto, que pacificaran las regiones donde el odio racial seguía vigente. Pero también se preocupó por los símbolos que hicieran posible la unidad de su país, desde un punto de vista más emocional y profundo. Posiblemente el mayor símbolo de esa reconciliación fue el ya conocido episodio de cómo convirtió el respaldo a la selección de rugby de Sudáfrica, un deporte blanco y símbolo del apartheid, en un factor de unidad nacional durante el mundial de 1995. Era un hombre que miraba siempre hacia adelante.
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