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| 2/12/2006 12:00:00 AM

Libertad, desigualdad y fraternidad

Los jóvenes incendiarios de París y algunas partes de Europa muestran que en el Viejo Continente también se viven la desesperanza y el malestar de una sociedad que ha olvidado a los más pobres.

Atrás, muy atrás, parece haber quedado la Francia de 1998, cuando un equipo de fútbol multicultural, símbolo del mestizaje y de la integración de las minorías del país, ganaba la Copa del Mundo. Hoy, los disturbios que viven numerosas regiones han sacado a la luz pública internacional el malestar en el que viven los habitantes de las zonas periféricas. El detonador de esta situación de revuelta fue la muerte de dos jóvenes de origen árabe electrocutados al refugiarse en un transformador eléctrico, cuando huían de la Policía. La versión oficial pretendía que los jóvenes habían sido descubiertos robando, pero luego se pudo establecer que en realidad huían de un simple control de identidad. A esto se sumó el término utilizado por el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, para referirse a los jóvenes de las periferias tratándolos públicamente de "escoria". Lilian Thuram, originario de las Antillas francesas y defensor del equipo de Francia, no puede esconder su rabia: "Hay palabras que hacen daño. Lo que el Ministro del Interior dijo me dolió, porque yo también crecí en la periferia, con el estigma de ser la escoria de la sociedad y yo tenía que defenderme siempre diciendo, no, yo no soy ninguna escoria...". Los padres y los abuelos de los jóvenes que protestan en las calles, como pasa en otros países de Europa, llegaron como en los años 50 y 60, como 'trabajadores invitados', la inmensa mayoría de los cuales proviene de países musulmanes, atraídos por la afluencia de oportunidades en la industria floreciente de esos años. Pronto trajeron a sus familias y se quedaron permanentemente junto con sus tradiciones y sus costumbres, pero también con una religión no muy bien ajustada a su nuevo entorno social. Para responder a la afluencia de extranjeros, la solución fue ubicarlos en enormes edificios de poca calidad, en las afueras de las ciudades. Con el paso del tiempo y el fin de la bonanza el paisaje urbanístico de muchas de estas banlieues (barrios periféricos) se convirtió en un reflejo de su realidad: inmensas torres de cemento en donde viven hacinadas, a manera de guetos, familias enteras. Los inmigrantes del Tercer Mundo, principalmente árabes, se debaten hoy en un desempleo que dobla el de la población general, y compiten en desventaja con los recién llegados de Europa Oriental. Los jóvenes de estos barrios han querido manifestar su rabia hacia un país que los trata como ciudadanos de segunda, con la quema de los más de 6.000 vehículos y otros actos violentos que han sacudido a Francia en las últimas semanas. El asunto tomó un cariz mortal cuando un sexagenario fue asesinado a golpes mientras intentaba apagar el fuego de una caneca. 'Clichy-sous-bois' En la Seine-Saint-Denis, uno de los departamentos con mayores índices de inmigración, en las cercanías de París, se encuenta Clichy-sous-bois, la comuna en donde los dos jóvenes que huían de la Policía encontraron accidentalmente la muerte. Allí la actividad laboral viene disminuyendo desde 1990, ya que aunque el gobierno ofrece subsidios a las empresas que se implanten en la región, las que lo hacen prefieren emplear personas de otras partes. Una cuarta parte de los jefes de familia son desempleados. De sus 28.000 habitantes, cerca del 40 por ciento tienen menos de 20 años y la tasa de natalidad supera la de otras regiones. Para la municipalidad, las exigencias en materia de atención a la infancia y de educación son muy altas. Los subsidios estatales, sin embargo, vienen disminuyendo en los últimos años, en lugar de aumentar. Para Julia, colombiana que vive en la Seine-Saint-Denis desde hace 16 años, lo que pasa en la periferia se debe a que "los jóvenes no tienen formas de expresar lo que sienten ni suficientes actividades que los ocupen. Uno los ve por ahí, sin hacer nada. Un día encontré a unos muchachos quemando los buzones de un edificio y les pregunté que qué sacaban con hacer eso. Su respuesta fue que así hacían pasar el tiempo. Siempre ha habido bandas de jóvenes en Saint Denis, pero nunca había visto tanta violencia como ahora. Es triste lo que está pasando, porque le queman el carro a gente del barrio que muchas veces lo necesita para trabajar. O sea que están creando más desempleo del que ya hay". Las últimas medidas del Ministro del Interior determinan la "expulsión inmediata para los extranjeros que participen en los disturbios", incluso si éstos se encuentran en situación regular. Pero mientras la respuesta de Sarkozy tiende a restablecer el orden por la fuerza, el primer ministro, Dominique de Villepin, empezó a desbloquear fondos para estas zonas periféricas, buscando así calmar los ánimos. Sin embargo, las fuerzas políticas están fuertemente divididas en el país. Mientras los partidos de derecha piden mano dura, los de izquierda claman por más justicia social y mayores oportunidades para la juventud. El mito de una Francia multicultural parece resquebrajarse, más que por la radicalización del Islam en el país, por las desigualdades sociales. Hicham, joven de origen marroquí, resume así la situación: "Yo escucho a personas racistas decir que si los árabes no están contentos aquí, se pueden devolver a sus países. Pero cuando voy a Marruecos, me doy cuenta de que mi lugar ya no es allí, porque mi vida está en Francia. El problema es que aquí no encuentro cómo salir adelante". Alarma europea La rebelión de los barrios en Francia, que tuvo réplicas al menos en Bélgica y Alemania, desató las alarmas en toda la Unión Europea, ante el temor de que estos episodios de violencia se extiendan en países con importantes poblaciones de origen inmigrante como Alemania, Holanda, Italia, Bélgica, Inglaterra y España. La reciente cumbre de ministros de Relaciones Exteriores de la UE, celebrada el pasado 8 de noviembre en Bruselas, declaró que la ola de violencia en Francia "afecta a todos los países de la Unión Europea" y pidió a los socios revisar e impulsar las políticas de integración de los inmigrantes para prevenir este tipo de hechos. En el caso de los musulmanes, aunque los censos en Francia, como en el resto de Europa, no discriminan por religión, se estima que en ese país son el 10 por ciento del total poblacional, con cinco millones, y cerca de 20 en todo el continente. En Holanda son el 4 por ciento; en Alemania y Bélgica, cerca del 3,7 por ciento; en Gran Bretaña, 3 por ciento. Como la inmigración no para y la fertilidad es alta, podrían ser el doble para 2025. Para los especialistas europeos, esta oleada de violencia en Francia significa el fracaso de las políticas y los modelos de integración social de la UE. "El gran problema es que hasta hoy los gobiernos han entendido la integración de los inmigrantes como la simple adaptación de ellos a la cultura del país donde llegan, con la falsa idea de que un africano o latinoamericano será más aceptado en Alemania cuanto más alemán sea, lo cual niega de entrada el valor cultural de los países de los inmigrantes y el valor de la cultura híbrida que surge en la segunda y la tercera generación de inmigrantes", dijo a SEMANA el experto Rainer Münz de la Universidad Humboldt de Berlín. Se estima que en Europa habitan unos 30 millones de personas de origen extranjero, de los cuales al menos 10 millones han nacido en territorio europeo. Alemania tiene siete millones de inmigrantes, entre ellos 3,2 millones de musulmanes, pero a diferencia de Francia, las políticas alemanas de concesión de viviendas sociales buscan evitar la concentración de inmigrantes en ciertas zonas de las ciudades para favorecer su integración. No obstante, este modelo alemán es muy poco seguido en otros países de la UE, donde a los ayuntamientos les resulta más cómodo asignar edificios completos y barrios enteros a los ciudadanos de origen extranjero. El último gran flujo migratorio hacia Europa, procedente de Latinoamérica, África y Asia, y que se ha registrado en el último lustro, se ha presentado cuando la mayoría de los países de la UE es gobernada por partidos conservadores, que han impuesto severos controles al ingreso de extranjeros y han privilegiado la inversión en grandes infraestructuras y el apoyo a las grandes industrias sobre la inversión social. De hecho, numerosos estudios coinciden en señalar que la brecha económica y social entre ricos y pobres ha crecido notoriamente en Europa en la última década. Y entre los más pobres, siempre están los inmigrantes, los hijos y los nietos de éstos. "El paro (desempleo) ataca con más fuerza a los inmigrantes, pero especialmente a sus descendientes, que aunque tienen nacionalidad europea y muchos de ellos se han educado en buenas universidades públicas de Europa, se encuentran con que los empresarios los descartan por sus rasgos y tono de piel para darles el trabajo a los europeos 'puros'; es decir, a los blancos con padres 'auténticamente' alemanes, o franceses o españoles", denunció a SEMANA Thomas Schwarz, investigador del Observatorio Europeo del Racismo y la Xenofobia, agencia de la UE con sede en Viena. Pese a que según la ONU, Europa necesita más de 44 millones de inmigrantes de aquí a 2050 para compensar el envejecimiento de la población y mantener la estabilidad económica del continente, la UE se encuentra hoy blindada contra los inmigrantes. Bruselas ha creado una alianza militar internacional para bloquear la entrada de extranjeros desde África por mar, desde Oriente Medio y Asia por carretera y desde Latinoamérica por los aeropuertos. La lista negra de inmigrantes latinoamericanos a los que se exige visa obligatoria para entrar en la UE la encabezan Colombia, Perú, Ecuador, Cuba, República Dominicana y, según los expertos, en pocos años se extenderá a todo el subcontinente. Frente a la ola de violencia en Francia, la UE ha descartado actuar directamente y ha cedido toda la responsabilidad a cada país, para que resuelva en su ámbito el tema de la integración de los inmigrantes. Pero algunos países como Italia, España y Portugal, que han visto crecer exponencialmente la población inmigrante en los últimos años, prácticamente carecen de políticas de integración y de presupuestos importantes para llevarlas a cabo. Los inmigrantes se han ido asentando en ciertos barrios de Madrid, Roma y Lisboa, donde crecen las comunidades de latinoamericanos, de árabes y de centroafricanos, estas últimas unidas por su lengua y su cultura de origen. Según la secretaria para la Inmigración, Consuelo Rumí, España, donde hay cuatro millones de extranjeros, dos de ellos de origen latinoamericano, está muy lejos de convertirse en un polvorín como Francia porque las comunidades de extranjeros apenas se están asentando, pero "su integración representa el mayor reto para nuestros países". Para Rumí, la inversión en recursos y beneficios sociales para la integración, en lo cual está empeñado el gobierno socialista del Psoe, es la mejor herramienta para prevenir que las desigualdades sociales y la discriminación exploten en violencia callejera. Por ahora, los fuegos de Francia han forzado a Europa a revisar sus políticas de integración pero, como dicen los expertos como Münz y Schwarz, "la integración sólo se dará correctamente cuando Europa promueva, respete y valore las culturas que está recibiendo con los inmigrantes y cumpla en su propia tierra el discurso de verdadera igualdad para todos, que tanto clama y reclama al resto del mundo". Las preocupaciones de los más pesimistas van por dos vertientes. Para unos, el peor escenario es que esa situación de aislamiento, desarraigo, desempleo y desesperanza se convierta en el caldo de cultivo para una radicalización de un islamismo visto como única salida. El gran temor en Europa es que esos musulmanes de segunda y tercera generación se conviertan en reclutas de la guerra santa islámica. Al fin y al cabo, ese es el caso de quienes perpetraron los atentados de Londres siendo ciudadanos británicos aparentemente intachables, y lo mismo el asesino del cineasta holandés Theo van Gogh hace apenas un año. Para otros, los estallidos de violencia en Europa se explican además por la exagerada y creciente disparidad en los ingresos que aumenta en el mundo entero, pues mientras crece el número de billonarios en México, Rusia, India y China, también lo hace la miseria. Para esos analistas, hay un común denominador entre las 'maras' que aterrorizan al sur de California y a El Salvador y Guatemala, el caos social que se vivió en Nueva Orleans tras el paso del huracán Katrina, los piqueteros de Argentina, los indígenas de Bolivia, los Sin tierra del Brasil o los jóvenes de las banlieus en Francia. Se trata, con religión o sin ella, de los dejados atrás por un sistema económico ultracapitalista y globalizante que se debe revisar para que no conduzca a un terremoto social de consecuencias que se podrían sentir en el mundo entero.
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