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| 11/27/2010 12:00:00 AM

Lo que faltaba

La ofensiva de Corea del Norte contra su vecina del sur es un nuevo motivo de angustia para el presidente norteamericano, Barack Obama.

Parecía imposible que tras la derrota demócrata el 2 de noviembre en las elecciones legislativas las cosas se le complicaran aún más al presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Pero sucedió. El martes 23, Corea del Norte bombardeó la pequeña isla de Yeonpyeong en su vecina Corea del Sur, mató a dos civiles y a dos militares e hirió a 20 personas. El hecho desencadenó una crisis internacional que puso a temblar a toda Asia y constituye una prueba de fuego adicional para Obama, cuyo índice de desaprobación, según un sondeo del USA Today y la firma Gallup divulgado hace dos semanas, es del 54 por ciento.

La ofensiva del régimen dictatorial de Kim Jong-il sembró el pánico en Corea del Sur, país que no había sufrido un ataque contra objetivos civiles desde el armisticio que en 1953 suspendió la guerra. Aunque el presidente surcoreano, Lee Myung-bak, dijo que no iba a tolerar más agresiones y le aceptó la renuncia a su Ministro de Defensa, la preocupación de los surcoreanos se intensificó no solo porque Seúl, la capital, una ciudad de diez millones de habitantes, se encuentra a escasos 300 kilómetros de la frontera, sino porque para nadie es un secreto que la dictadura de Pyongyang posee armas nucleares. Y eso asusta, especialmente si están en manos de unos locos.

¿Qué busca Corea del Norte con el ataque? Es posible que intente que Washington apruebe reanudar las conversaciones entre Estados Unidos, China, Rusia, Japón y las dos Coreas, para extraer beneficios. También es factible que pretenda demostrar que Kim Jong-un, que pronto asumirá el poder, es tan duro como su padre, Kim Jong-il, un hombre despiadado y excéntrico que está en el poder desde que murió su padre, en 1994, el fundador del país, Kim Il-sung.

Pero la solución a la crisis está más allá de Seúl y Pyongyang. China, máximo aliado de Corea del Norte, puede tener la clave, aunque se abstiene de presionar a Kim porque teme que, si se cae la dictadura, miles de norcoreanos crucen la frontera hacia territorio chino, y porque, si se reunificaran las dos Coreas, China tendría de vecino a un país amigo de Washington.

La otra potencia que se ve afectada por la crisis es Estados Unidos, comprometida desde la guerra con la seguridad de Corea del Sur. Hasta ahora, Obama ha hecho lo correcto: le ha pedido al presidente chino, Hu Jintao, quien visitará la Casa Blanca en enero, que asuma su responsabilidad como único país capaz de influir en Pyongyang, y envió el portaaviones USS George Washington a hacer maniobras conjuntas con su aliada Corea del Sur. Pero no puede dar la orden de disparar por temor a un escalamiento bélico de incalculables consecuencias. Tampoco puede hacer mucho más. Ningún presidente desde Dwight Eisenhower ha logrado mayores avances con Norcorea: ni el dialogante Bill Clinton, que hizo firmar el Acuerdo Marco para la paz; ni el duro George W. Bush, quien impulsó las conversaciones de seis partes, en las que incluyó a Japón; ni Richard Nixon o Gerald Ford; ni Jimmy carter o Ronald Reagan; ni Bush papá y ni siquiera Harry Truman, el que peleó el conflicto en 1950.

Para Obama, una situación como esa resulta inquietante, sobre todo luego de que un profesor de la Universidad de Stanford, el prestigioso ex director del Laboratorio Nacional de Los Álamos Sigfried Hecker, visitó recientemente Corea del Norte y afirmó que posee un programa "increíble" y hasta ahora desconocido para enriquecer uranio y no solo plutonio. Bien lo dijo Matthew Cooper en The National Journal con respecto a Corea del Norte: "¿Cómo confrontar a un país que hace pruebas nucleares, tiene el cuarto ejército más grande del mundo (un millón de soldados, que equivalen a casi el 5 por ciento de los habitantes) y no entra en razón?". Es imposible. De manera que todo apunta a que para el Presidente gringo este es uno de los tantos problemas que no puede resolver, sino simplemente lidiar. Y eso tiene un costo.
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