Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/05/14 00:00

Sadiq Khan, el alcalde musulmán de Londres

En una increíble demostración de madurez política, Londres eligió un mandatario creyente del islam en medio de la lucha contra el terrorismo de Isis.

La campaña de Khan se concentró en llegar a todos los sectores, en un esfuerzo por trascender el electorado tradicional del Partido Laborista. Foto: A.P.

Se llama Sadiq Khan. Su familia emigró a Inglaterra en los años setenta. Su padre conduce un autobús. Su madre trabaja como costurera. Creció en un barrio pobre con siete hermanos y estudió en una escuela municipal. Reza a diario en una mezquita cerca de su casa. Defiende los derechos de los homosexuales. Tiene 45 años. Y desde el domingo es el alcalde de Londres y el político más votado en la historia del Reino Unido.

“Nunca soñé que alguien como yo pudiera ser elegido alcalde de Londres”, dijo en su primer discurso. No era el único sorprendido. Khan no solo es el político musulmán más poderoso de Europa, sino también un ejemplo vivo de que su religión y la democracia son compatibles. “Creo que estas elecciones demostraron que no hay un choque de civilizaciones entre el islam y Occidente. Soy occidental, londinense y británico, mi fe es musulmana, mis orígenes asiáticos y mis raíces pakistaníes”, le dijo a Time en una entrevista publicada el martes. Y en un gesto con un gran valor simbólico que tenía como fin demostrar que era el alcalde de todos los londinenses, en su primer acto oficial como gobernante honró a las víctimas del Holocausto en la ceremonia anual de Yom HaShoah, junto a más de 150 sobrevivientes del exterminio nazi.

De hecho, Khan logró convertirse en una figura de consenso en una ciudad en la que el 25 por ciento de los habitantes son extranjeros, las minorías tienen un creciente peso electoral y las tensiones entre su multiculturalismo y el populismo xenófobo se hacen cada vez más evidentes. Y en ese sentido, su victoria no solo es el triunfo del Partido Laborista, sino también del carácter cosmopolita de la capital británica. Como dijo a SEMANA Tim Bale, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Queen Mary de Londres, “aunque un buen porcentaje de los londinenses tiene sus orígenes en Pakistán, Bangladesh y Somalia, la abultada votación de Khan significa que cosechó votos en minorías no musulmanas, lo mismo que entre los británicos blancos y afrocaribeños”.

Y en efecto, la consigna que Khan les dio a sus asesores de campaña fue clara. Debían ir “de calle en calle, de sinagoga en mezquita, de iglesia en ‘gurdwara’ (un lugar de culto del sijismo)”, con la idea de llegar a todos los sectores de la sociedad. En ese sentido, algunos actos de su campaña tuvieron un alto valor simbólico, como su decisión de romper el ayuno del mes sagrado del ramadán en un templo judío, o sus duras críticas al uso del hijab o del niqab (los velos con los que muchas mujeres musulmanas cubren parcial o totalmente su rostro), que lo acercaron a muchos grupos progresistas que en principio habrían rechazado la idea de que un seguidor del islam gobernara la capital británica.

‘Yes, he Khan’

En buena medida, Khan ganó porque evitó que lo catalogaran como ‘el candidato musulmán’, pues supo presentarse como un miembro del Partido Laborista que personificaba el carácter multiétnico de la babel inglesa. Sin embargo, su fe fue una de los protagonistas de la campaña por dos razones. En primer lugar, el 12 por ciento de los 8,6 millones de londinenses son musulmanes, por lo que en muchos casos Khan jugó de local. Como dijo en diálogo con esta revista Matt Beech, director del Centro para la Política Británica de la Universidad de Hull, “en buena medida, la elección de un musulmán era una cuestión de tiempo, pues esa comunidad tiende hacia el laborismo y participa en la política desde hace varios años”.

En segundo lugar, porque su oponente conservador, el multimillonario Zac Goldsmith, centró su campaña no solo en subrayar la religión de Khan, sino en presentarlo como un simpatizante de los extremistas que pondría en peligro la seguridad de Londres. Goldsmith escribió en un artículo publicado en el Daily Mail e ilustrado con una fotografía de los atentados de 2005: “¿De veras le vamos a entregar la mejor ciudad del mundo a un Partido Laborista que cree que los terroristas son sus amigos?”. Pero los ataques no pararon ahí. El primer ministro, David Cameron, acusó en el Parlamento a Khan de frecuentar a musulmanes radicales, como Sulaiman Ghani, un imán de su circunscripción electoral, con quien Goldsmith también lo había relacionado en sus ataques.

En vez de caer en la tentación de emprender una guerra sucia sobre los orígenes de sus contrincantes (Goldsmith es judío), Khan respondió que no era necesario advertirles a sus votantes sobre su religión, pues en los volantes que él mismo repartía ya figuraba ese detalle. Por otro lado, ni Cameron ni Goldsmith se informaron bien sobre el imán Ghani, pues resultaron falsas las acusaciones de que apoyaba a Estado Islámico, y el primer ministro tuvo que pedir perdón. Y como si lo anterior fuera poco, a mediados de abril apareció una foto de Goldsmith y Ghani en una calle de Londres, en la que ambos aparecen sonrientes y posando para la cámara. El contragolpe fue tremendo, y al día de hoy continúan los ataques contra Cameron y Goldsmith por su campaña “racista”, incluso desde prominentes figuras del propio Partido Conservador.

En buena medida, los londinenses entendieron que en sus relaciones con “personajes desagradables”, según las palabras del propio Khan, tenía que ver más el ejercicio de su profesión de abogado defensor de los derechos humanos, que una supuesta simpatía hacia el extremismo religioso. De hecho, durante la campaña trascendió que Ghani se había peleado con Khan por cuenta de su apoyo al matrimonio homosexual. También, que el actual alcalde de Londres había sido objeto de una fatwa por la misma razón, y que tanto él como su esposa y sus dos hijas necesitaron escolta policial. Y es que si Khan se ha referido a su condición de musulmán ha sido para señalar el “papel especial” que puede desempeñar en la lucha contra el terrorismo, “no porque seamos más responsables que otros grupos, sino porque podemos ser más efectivos para combatir el extremismo que nadie”. Comenzando por el carácter simbólico de su victoria, que contradice el discurso islamista según el cual los musulmanes están condenados a ser los parias de Occidente. En una época en la que el islam está en el centro de todas las miradas, el recorrido y las palabras de Khan hacen un contrapeso de gran calado al discurso islamófobo y racista de políticos como Donald Trump, que ha afirmado en varias ocasiones durante su campaña que impedirá a los musulmanes entrar a Estados Unidos. Aunque el magnate neoyorquino dijo que “siempre hay una excepción” y le restó importancia al asunto diciendo que la prohibición era “solo una sugerencia”, Khan no solo rechazó la oferta, sino que afirmó en una entrevista publicada el miércoles por The New York Times que las opiniones “ignorantes” de Trump sobre el islam “pueden hacer menos seguros a nuestros países”.

En ese contexto, la victoria de Khan es una buena noticia porque demuestra que existen alternativas a los extremistas como Trump o el autoproclamado califa de Estado Islámico, Abu Bakr al Bagdadi, cuyo éxito se basa en el mensaje populista según el cual Oriente y Occidente nunca podrán encontrarse. Como el propio Khan afirma, él es el “antídoto” contra las voces que buscan crear divisiones, independientemente de que estas vengan de Washington o del campo de batalla de Siria.

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