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| 2/12/2006 12:00:00 AM

Los bombarderos entre nosotros

Europa descubrió que el fundamentalismo islámico es suficientemente poderoso para convertir en terroristas a sus propios ciudadanos. La inclusión de los inmigrantes es el obstáculo por vencer. Por Michael Ignatieff.*

En los días que siguieron inmediatamente a las explosiones del 7 de julio, en Londres, en las cuales murieron 56 personas, las autoridades británicas determinaron que todos los terroristas suicidas eran ciudadanos británicos de nacimiento. Mientras que quienes perpetraron los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, y los del 11 de marzo de 2004 en España se habían infiltrado en esas sociedades con la intención de asesinar personas inocentes, Gran Bretaña fue víctima de sus propios ciudadanos. Por primera vez desde el comienzo de la 'guerra contra el terrorismo', Europa despertó frente a una nueva realidad: el mensaje de odio emitido por Al-Qaeda y otros grupos fundamentalistas islámicos era lo suficientemente poderoso como para convertir a los hijos nativos en terroristas suicidas dispuestos a hacer de sus conciudadanos sus objetivos militares. La pregunta obvia era, ¿por qué? Estos jóvenes terroristas musulmanes no eran marginales ni desempleados. Eran, sobre todo, jóvenes ejemplares de una sociedad multicultural exitosa. Uno había trabajado en una escuela primaria enseñando niños a leer. Otro había terminado su carrera en deportes y era miembro entusiasta de un equipo de cricket local. Se supone que los terroristas son extraños, extranjeros, ajenos. Se esperaba que eso explicara por qué a los bombarderos suicidas les importaban tan poco las vidas que destruían. Sin embargo los terroristas de Londres eran conciudadanos, miembros de la misma comunidad política que sus víctimas. ¿Qué pasó con los lazos de la ciudadanía? ¿Por qué eran estos lazos tan débiles? Este otoño surgieron las mismas preguntas cuando Francia vivió semanas de motines en vecindarios de inmigrantes de sus principales ciudades. Los europeos empezaron a preguntarse si su modelo de integración, basado en conceder a sus inmigrantes ciudadanía igualitaria, había llegado al momento de la verdad. En Canadá y Estados Unidos la mayoría de los analistas se congratuló, confiada en que los disturbios de París no podrían ocurrir en Nueva York, Los Ángeles, o Toronto. Pero almas menos autocomplacientes se preguntaron: ¿Qué pasaría si el modelo norteamericano de integración a la ciudadanía también fracasara? Estados Unidos y Canadá tienen la ventaja de haber sido sociedades inmigrantes desde sus comienzos. Cuando los países europeos empezaron a reclutar trabajadores desde Argelia, Marruecos y Turquía, en los años 60, darles la ciudadanía no estaba ni siquiera en discusión. Los inmigrantes eran trabajadores temporales que eventualmente regresarían a sus países de origen. Cuando se quedaron, tuvieron familias y echaron raíces; Europa de manera reticente empezó a concederles la ciudadanía. Con ser francés venía entonces renta subsidiada, educación y salud gratuitas, seguro de desempleo y otros beneficios que actualmente alcanzan 1.200 dólares al mes para una familia de cuatro miembros. A cambio de la igualdad, a los extranjeros se les pidió que dejaran de lado ciertas costumbres. Las niñas tenían que dejar de usar la cabeza cubierta en la escuela pública, por ejemplo. Otros países europeos ofrecieron a sus inmigrantes el mismo paquete de derechos ciudadanos y beneficios de seguridad social, pero no impusieron abandonar las costumbres religiosas en los colegios. Los beneficios de seguridad social y los discursos sobre la tolerancia fueron generosos, los llamados a unirse a la dicha de una sociedad multicultural fueron de todo corazón, y ¿cuál ha sido el resultado? Ataques terroristas en conciudadanos en Londres y los disturbios más serios vividos en Francia desde 1968. Entonces, ¿qué salió mal? En primer lugar, es una buena idea tener claro qué no ha salido mal. Millones de inmigrantes musulmanes en Europa y Norte América han superado la resistencia y el resentimiento y han hecho una inmigración exitosa. Una mayoría abrumadora de estas personas rechaza los disturbios y desprecia la violencia terrorista. En segundo lugar, vale la pena distinguir los disturbios de París de los ataques de Londres. Las explosiones fueron motivadas por el radicalismo islámico; los disturbios de París, por la rabia frente a la exclusión. Mientras los bombarderos suicidas querían salirse de la sociedad democrática, la mayoría de los desempleados o subempleados pobres urbanos que quemaron automóviles en París muy posiblemente quiere pertenecer a ésta. Pero pertenecer -compartir las oportunidades de una sociedad libre- ha sido totalmente imposible para muchos. Aquí el error fue asumir que los derechos a la seguridad social siempre proveen para los jóvenes una salida a la pobreza, o que los subsidios gubernamentales a la renta confieren un sentido de pertenencia. Pues resulta que un cheque de seguro social no es lo mismo que tener un trabajo. El bienestar puede ser de hecho parte del problema, no parte de la solución, si la seguridad social hunde a los inmigrantes pobres en el resentimiento y la dependencia. En Gran Bretaña, el 63 por ciento de todos los hijos de pakistaníes o de ciudadanos de Bangladesh vive en la pobreza. Donde la raza, la clase, la religión y la pobreza se combinan para producir exclusión, la ciudadanía no puede funcionar. Los teóricos han llamado a las naciones "comunidades imaginadas". Aquellos que atacaron a sus compatriotas en Londres podrían haber escogido pertenecer a una comunidad imaginada que les ofrecía más en términos de pertenencia, emoción y compromiso que las humildes satisfacciones de la ciudadanía en una sociedad democrática. El bombardero suicida se une a lo que él cree es una comunidad mundial de los Umma, los creyentes musulmanes. Esta comunidad ofrece a un joven ciudadano una causa noble -la defensa de los musulmanes en el mundo entero- y un ideal brillante, el martirio en defensa de la fe. Desechar a los bombarderos suicidas como fanáticos es pasar por alto el atractivo moral de esta forma alternativa de pertenencia. Una pequeña minoría de nuestros compatriotas ha jurado lealtad, no a la ciudad terrenal donde viven sino a la Sagrada Ciudad de Dios, donde esperan residir como mártires. Cuando la lealtad sagrada empieza a reemplazar un sentimiento agotado de pertenencia civil, se hace posible decir, como un defensor de la Jihad dijo recientemente a un reportero: "Incluso si una bomba de la Jihad matara a mi propia familia, diría que es la voluntad de Alá". Gracias a la Internet y a bajas tarifas de vuelos internacionales, los inmigrantes y sus hijos ya no tienen que hacer un compromiso definitivo con sus nuevos países de adopción. Pueden tener múltiples pasaportes o pasar meses absorbiendo la atmósfera política de Peshawar, Quetta o Algeria, en vez de la de Bradford, Leeds, o Cliché-sous-Bois. La democracia occidental, por lo tanto, está destinada a enfrentar retos. Nadie que esté en uso cabal de sus habilidades mentales querría eliminar los beneficios de la globalización, entre ellos bajas tarifas de viaje y la Internet, simplemente porque éstos pueden debilitar los lazos que nos unen como ciudadanos. Pero tenemos que entender que para una pequeña minoría de jóvenes musulmanes los remedios actuales -mayores programas de bienestar para inmigrantes pobres, expulsiones para aquellos que quebrantan la ley y mayores penas para mullahs y otros predicadores de odio- no empiezan a ofrecer un modelo de la ciudad terrenal que pueda rivalizar con la ciudad sagrada prometida por quienes proponen la violencia. Las democracias necesitan sueños, y necesitan realizarlos, si es que quieren sobrevivir. ¿Qué sueño ofrecen Francia, Gran Bretaña, o la Unión Europea a las comunidades minoritarias cuyos miembros se sienten a menudo marginados? ¿Qué ofrece la democracia para compararse a la grandeza y simplicidad moral de morir por una causa? La única causa que tiene la democracia es "libertad, igualdad, y fraternidad". Pero estas palabras no significan mucho si los sindicatos especializados excluyen a los inmigrantes, si las instituciones de élite dejan de reclutar nuevas promesas provenientes de países extranjeros. El problema principal no es que los gobiernos europeos no hayan dedicado suficiente a los inmigrantes. El problema es que los europeos no han abierto suficientemente sus escuelas elitistas, sus burocracias y sus partidos políticos a lo mejor y más brillante de sus nuevos ciudadanos. La inclusión en las altas esferas de la sociedad es un obstáculo infranqueable. Cuando se ven las fotos de los líderes europeos en los cónclaves de la Unión Europea, no se ven caras negras, mujeres con la cabeza cubierta o figuras de la fe islámica. Pasará una gran cantidad de tiempo para que ello suceda. Y hasta cuando los ciudadanos inmigrantes vean a uno de ellos en la cima, serán escépticos -y con razón- frente a la promesa de la democracia. La democracia está en competencia con los ideólogos radicales por las almas, y de momento, la democracia está perdiendo. *Autor de 'The Lesser Evil: Political Ethics in an Age of Terror' (Princeton University Press, 2004), es el ex director del Carr Center for Human Rights Policy en la Universidad de Harvard en Cambridge, Mass.
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