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| 3/2/2013 7:00:00 AM

Los Castro: el otoño de los patriarcas

Llenos de incertidumbre, por primera vez los cubanos tienen conciencia de que la era de los Castro se acerca a su fin.

“¿Cuánto tardaron en construir el capitolio?”, preguntó el domingo pasado Raúl Castro señalando el emblemático edificio de La Habana, construido en 1929. “Dos años y medio”, le contestó un historiador. “¿Y cuánto nos demoraríamos hoy?” volvió a preguntar Raúl. “No menos de cinco”, dijo un optimista. Él lo corrigió: “El gobierno se demoraría por lo menos 15 años”. Todo el mundo se rió, a sabiendas de que no era un chiste. Pero no sería la única sorpresa del día. Unos minutos después, cuando el líder cubano asumió su segundo gobierno de cinco años, volvió a impresionar a los asistentes.

En su discurso de aceptación de un nuevo periodo, dijo con firmeza que “este será mi último mandato” y presentó a Felipe Díaz-Canel (ver recuadro) como vicepresidente, diciendo que su nombramiento “representa un paso definitivo en la configuración de la dirección futura del país, mediante la transferencia paulatina y ordenada a las nuevas generaciones de los principales cargos”. Esa frase en cualquier otro país no tendría nada de extraordinario. Pero en Cuba, dominada desde hace 54 años por Fidel y Raúl Castro, estas palabras sonaron a revolución. 

Los dos hermanos tienen más de 80 años y el anuncio, más que una decisión valiente, es una simple muestra de realismo. Pero como nunca antes habían designado un sucesor, empezó la era post-Castro y la isla se prepara, a su ritmo de tortuga, para navegar en aguas nuevas e inciertas.

La designación de un sucesor es la última etapa de una serie de reformas milimétricas que empezaron en 2008 cuando Raúl reemplazó a su hermano Fidel, aquejado de graves dolencias. Desde entonces las palabras negocio, propiedad o ganancia ya no son groserías en Cuba. En 2010 el gobierno anunció que suprimiría 1,8 millones de empleos en el sector público e impulsó la creación de microempresas privadas. En menos de tres años, el número de trabajadores en estos negocios se triplicó. La Habana está llena de nuevos paladares, como se le conoce a los restaurantes. En casas y apartamentos privados, los chefs están mostrando a punta de imaginación y recursividad que la cocina cubana es mucho más que moros y cristianos, el plato de arroz y fríjoles. Incluso un paladar fue incluido en la lista de los 100 mejores restaurantes del mundo por la revista Newsweek. 

El gobierno también aprobó leyes para privatizar parte del campo, autorizó los préstamos bancarios, liberalizó el comercio de casas, carros, electrodomésticos e informática. El mercado de finca raíz vive un boom sin precedentes y hay grandes negocios. En internet se ofrecen apartamentos en La Habana desde 35.000 dólares, aunque también hay casas a 150.000, una fortuna en Cuba. 

Andy Gómez, del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami, le dijo a SEMANA que “los Castro saben que hay que reformar, Cuba está en la ruina, pero no hay estructuras para implementarlas”. Así estos cambios han sido difíciles. El salario promedio es de 20 dólares, la producción industrial no despega y en el campo las cosas tampoco se han movido. Aún se importa cerca del 80 por ciento de los alimentos. La cosecha de azúcar apenas llegó en 2012 a 1,4 millones de toneladas, la misma cifra que la de 1895. 

Y en lo político la apertura ha sido aún más tímida. Los 612 parlamentarios que votaron por Raúl Castro para presidente fueron elegidos el 3 de febrero. Pero se votó á la Castro: sin oposición y con un candidato único para cada escaño. El diario oficial Granma, en un sorpresivo artículo publicado el lunes pasado, alentó a los cubanos a romper el silencio y criticar el gobierno. Pero según le dijo a SEMANA Anyer Blanco, militante en La Habana de la opositora Unión Patriótica de Cuba, “eso me causa risa y dolor al mismo tiempo. Se alienta a no tener miedo, pero ayer encarcelaron al escritor Ángel Santiesteban. El cambio es cosmético, propagandístico, acá no se puede expresar lo que uno piensa”.

Y es que la reforma de los Castro tiene una paradoja casi insoluble: los que la están liderando, son los mismos que construyeron el sistema. Les toca cambiar las cosas sin hacerlo bruscamente para no poner a tambalear el régimen y así evitar lo que le pasó a Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética. Javier Corrales, profesor de Ciencias Políticas en el Amherst College en Massachusetts e hijo de exiliados cubanos, le dijo a esta revista que “están buscando que el periodo post-Castro sea lo más parecido posible al de ahora”. 

Pero se vislumbra un cambio, una palabra que hasta hace poco era tabú en La Habana. Y hoy muchos cubanos pueden hacer preguntas en voz alta, como qué pasará después de los Castro. Por ahora el régimen es fuerte y la oposición es incipiente, pero no es seguro que resista un vacío de poder. Otra duda que asalta a la isla es si la transición va a relajar el bloqueo gringo. Según la Ley Helms Burton, Estados Unidos no puede tener relación con Cuba mientras no se celebren elecciones libres y democráticas. 

Blanco explicó que en La Habana predomina la cautela: “El cubano aprendió a ser pesimista. Hay una vaga esperanza de cambio, pero no mucho optimismo. No podemos confiar en que el régimen cambie solo, nosotros, la sociedad civil, tenemos que seguir luchando. Ahí está la era post-Castro”. Pues es claro que por ahora, como dijo Raúl en su discurso, “fui elegido para defender, mantener y continuar perfeccionando el socialismo, no para destruirlo”. 

El hombre del futuro

Miguel Díaz-Canel tiene la hoja de vida del perfecto comunista. Nació en 1960 y estudió Ingeniería Electrónica antes de servir unos años en el Ejército. De ahí saltó a la Unión de Jóvenes Comunistas, donde escaló los peldaños hasta ser nombrado en 1993 secretario general del partido en su provincia natal de Villa Clara. Ese mismo año se convirtió en el miembro más joven del buró político, la máxima autoridad ideológica y política de la isla. 

Se ganó la fama de ser pragmático y en 2003 llegó a dirigir Holguín, una provincia clave para la economía por sus minas de níquel y sus grandes complejos turísticos. Lanzó proyectos de renovación hotelera, estimuló la apertura de restaurantes y bares, pero lo que terminó de convencer a los Castro de escogerlo fue su respuesta rápida y eficiente ante el huracán Ike, que azotó a Cuba en 2008. 

En 2009 se convirtió en ministro de la Educación Superior y en 2012 asumió una de las cinco Vicepresidencias cubanas. Es poco lo que se sabe de su vida privada, aparte de que es un apasionado por los Beatles, un ciclista entusiasta y de que tiene una personalidad abierta y atractiva.
En silencio, Díaz-Canel escaló todos los escalones del sistema, que conoce a la perfección. Para los Castro tiene la mezcla perfecta de juventud, eficacia, dureza ideológica y lealtad. Pero no se sabe qué haría si le toca asumir el poder. Tampoco si logre sobrevivir cinco años como vicepresidente, pues en Cuba más de un número dos ha caído en desgracia, como Felipe Pérez Roque o Carlos Lage. En todo caso ya logró algo inédito desde el triunfo de la revolución en enero de 1959: ser el primer sucesor oficial de los Castro.
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