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| 3/19/2016 4:30:00 PM

Obama en Cuba: dos propósitos diplomáticos

El politólogo Diego Cediel analiza la visita del presidente de Estados Unidos a la isla. Un hecho histórico que tendrá importantes repercusiones geopolíticas.

En ocasiones, los gobernantes ruedan con suerte. Ganan elecciones después de apagones de luz, se encuentran dineros refundidos para financiar su campaña o beben de los votos de sus mentores para triunfar. Pero a otros, sobretodo en Cuba, la fortuna les sonríe cuando en el mismo día y, en simultáneo, mueren dos de sus más acérrimos y reconocidos opositores.

Oswaldo Payá y Harold Cepero fallecen el 22 de julio del 2012 en un accidente automovilístico. Para el régimen castrista un desafortunado accidente, para los simpatizantes de Payá y Cepero, la marca del típico sino que tanto beneficia al régimen, y que se ensaña con sus opositores.

A pesar de las constantes tragedias que aquejan al detractor del régimen cubano, de la grima y la miseria rampante en la isla, de la mordaza impuesta a la expresión, de la asfixia a las libertades civiles e individuales y del ostracismo como propósito de vida, Obama visitará a los Castro. Ante semejante acontecimiento, las lecturas son variadas, algunas más simétricas con la realidad que otras, pero parecen empinarse dos: Obama quiere darle la estocada final al socialismo del siglo XXI y encuadrar a Cuba es su esquema diplomático dialógico.

El peso electoral y político del proyecto socialista liderado por Hugo Chávez parece tener fecha de vencimiento. Aunque aún perviven un par de gobernantes que se afiliaron al esquema del asistencialismo transnacional petrolífero chavista, la venalidad y la megalomanía los carcome sin posibilidad de alivio. Brasil y Venezuela (nada menos) son la prueba perfecta de dicha patología. Mientras Argentina, otrora bastión meridional del chavismo, asume un rumbo armonioso con Washington, Rousseff maromea para que su padrino no termine tras las rejas y Maduro se tambalea en razón a los tráficos cocainómanos de su círculo familiar y militar. Para Obama todo es cuestión de tiempo y de movilización política ciudadana.

Y en esa carrera contra el tiempo y contra la oposición, Maduro visitó a Cuba antes de Obama. Con el fin de medir fuerzas ideológicas y geopolíticas, el presidente de Venezuela quiso saludar a su soporte político: el castrismo y, decirle a Obama que aunque fuese, Cuba y Venezuela comparten una visión geopolítica que, según ellos, todavía respira. Pero Maduro olvida que el mundo entero está pendiente de la visita del presidente de la nación más poderosa del mundo y no en la de él.

Porque la de Obama deshiela la última barrera política de la Guerra Fría en el hemisferio, porque para dicha reunión se activaron los más refinados esquemas diplomáticos de Occidente, porque para Cuba es más rentable hacer negocios con el mayor mercado del mundo que con una nación en escasez y sin el músculo petrolero de años atrás. Para Cuba, Maduro es un gobernante más, y su visita, una más. La de Obama hace historia. Por eso es que Washington cree que todo es cuestión de tiempo.

Y como Obama es un actor definitivo en el escenario internacional y Maduro no, Cuba quiere entrar a la era dialógica que ha desarrollado Washington con aquellos Estados ‘incómodos’ para los Estados Unidos. El acuerdo nuclear con Irán revela que hay una perspectiva de política exterior más consensual y menos reactiva desde la Casa Blanca. Al buscar la confianza antes que la sujeción, Obama entabló negociaciones con dos de los protagonistas del Eje del mal: Cuba e Irán. Ambos por patrocinar terroristas, se afiliaron a ese minoritario club. Pero el descreimiento y el desgaste derivados de las intervenciones militares en Irak y Afganistán llevaron a replantear el accionar reactivo con ese Eje.

De allí que en un tono algo autoritario, Obama insista en que gobierna con un teléfono y un bolígrafo: el teléfono para buscar acuerdos y el bolígrafo para firmarlos. Parece que Obama y su secretario de Estado, John Kerry, considerasen que los lazos comerciales, diplomáticos y geopolíticos fundados en la confianza equilibran las balanzas del poder regional tanto en el Cercano Oriente como en las Américas más que las intervenciones militares o el aislamiento que solo favorecen a los que quieren aislar. Solo queda esperar que esa confianza no se traduzca en una campaña cosmética de las partes para encubrir intereses y aspiraciones políticas peligrosas, como borrar del mapa a otro Estado por medio de bombas nucleares o de alentar alzamientos armados comunistas.

Y ya que con el diálogo entre EE. UU., Irán y Cuba se marchitan las lógicas de contención y aislamiento originadas en la Guerra Fría, con el tiempo, Estados Unidos espera que las aperturas democráticas también propias de la Guerra Fría en la isla se concreten. Que la Fortuna no le siga siendo esquiva a cada uno de los opositores al régimen. Que la suerte no los siga llevando a la cárcel, al exilio o a la tumba. Y, que al menos, cuando los periodistas funden periódicos digitales o blogs, el sino no les persiga hasta el hastío y la desaparición. Que la Fortuna por fin le sonría a otro partido que no sea al de los Castro y que los deportistas (balseros, médicos, abogados, periodistas, cantantes, etcétera) dejen de apelar al azar de las competiciones y los pasaportes internacionales para ‘volarse’ de su natal Cuba.

Así la situación, Obama con la visita a Cuba espera que el desgobierno, la corrupción, las movilizaciones ciudadanas erosionen el proyecto asistencialista del chavismo para pactar la entrada de la isla a tiempos más afortunados para todos los cubanos. Argentina ya empezó a invertir su suerte, Bolivia ya negó la perpetuación y Venezuela y Brasil se bambolean porque las azarosas ciudadanías empujan a Maduro y a Rousseff a dar la vuelta a la rueda de la Fortuna. Entre tanto el reloj diplomático marca, la paciencia geopolítica reclama y la suerte política apremia a los opositores cubanos.

*Politólogo y profesor de la Universidad de La Sabana.

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