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| 3/3/1997 12:00:00 AM

LOS ENFERMOS QUE GOBIERNAN

Por edad o por salud, muchas de las grandes decisiones de la política mundial son tomadas por líderes disminuidos.

La salud del presidente Boris Yeltsin es, entre muchos, el mayor motivo de preocupación de los rusos. Su lenta recuperación de un by-pass coronario quíntuple se ha hecho aún más despaciosa por una inoportuna neumonía, y el líder parece hoy en día una sombra del arrogante y fornido personaje que arrasó con Mijail Gorbachov cuando colapsó la Unión Soviética.Yeltsin no ha podido retomar la batuta del Estado a pesar de que sus ayudantes sostienen que trabaja desde una casa de reposo en las afueras de Moscú. Pero ante la situación del país, con una economía que se redujo el año pasado en un 6 por ciento y la pobreza creciente de una inmensa mayoría de la población, no es raro que muchos estén pidiendo a gritos la renuncia del gobernante y el llamado a elecciones.
Ese desenlace está por verse, aunque ciertas señales preocupantes, como la cancelación de un viaje a Holanda para reunirse con el presidente de la Unión Europea y las dudas sobre la celebración de una cumbre con el norteamericano Bill Clinton prevista para marzo, hacen pensar que el fin podría estar menos lejano de lo pensado. En cualquier caso el asunto de la enfermedad de Yeltsin ha puesto sobre el tapete en el mundo la relación entre poder y salud, que en no pocas ocasiones suele ser inversamente proporcional (ver recuadro). De hecho, algunos dirigentes atraviesan dificultades que ponen en entredicho su capacidad para gobernar.
Juan Pablo II
La mayor potencia moral del mundo está también bajo la égida de un hombre enfermo. Desde cuando el Papa Juan Pablo II fue sometido en octubre del año pasado a una apendectomía, el temblor de su mano izquierda y su paso vacilante han llamado cada vez más la atención de los expertos, quienes interpretan esos síntomas como señal inequívoca de la presencia del mal de Parkinson, una enfermedad que progresivamente afecta la capacidad motriz de la persona y que tiene la capacidad de dejarla inválida.
Pero, a pesar de las evidencias, los funcionarios del Vaticano se niegan a llamarla por su nombre y se limitan a decir que el Papa sufre de un "síndrome extrapiramidal", un sinónimo del grupo de enfermedades conocidas como Parkinson.
Juan Pablo II tiene el objetivo de guiar a la Iglesia hacia el próximo milenio, pero ello depende hoy de preguntas esencialmente médicas. Según los expertos consultados por SEMANA, el Parkinson es una enfermedad que en pocos casos afecta las capacidades mentales del paciente y sus síntomas pueden ser controlados con medicación adecuada. Es usual que transcurran entre siete y nueve años desde la aparición de los síntomas hasta que la persona queda inválida, si es que eso sucede. De acuerdo con la ley canónica el Papa puede renunciar, pero eso sucedió por última vez hace ocho siglos, con Celestino V. Los antecedentes no ayudan a pensar que Juan Pablo II, quien hizo de su papado una cadena de peregrinajes alrededor del mundo, se someta a convertirse en un vicario jubilado. De ahí que la visión de un Sumo Pontífice en silla de ruedas sea cada vez menos impensable.

Deng Xiao Ping

El país más poblado del mundo tiene a un fantasma como líder máximo. Deng Xiao Ping, el hombre de baja estatura y fumar incansable que ascendió al poder en 1978 y transformó a China, no aparece en público desde 1994, cuando se le vio sólo en dos ocasiones. Deng es el dirigente que transformó a su país en una maquinaria capaz de acariciar el sueño de convertirse en la mayor potencia económica del mundo.Hoy, sin embargo, la extrema ancianidad del líder máximo _quien a sus 93 años no ostenta ningún título oficial, según la costumbre china_ se ha convertido en una amenaza para sus políticas. El presidente Jiang Zemin está buscando su propio reducto de poder, por fuera de la imagen de Deng, y en el camino está dando un viraje conservador a la política de Beijing. Las zonas de experimentación económica, que se convirtieron en las más ricas del país, están bajo la lupa; se abolieron las bajas tasas impositivas y se las obligó a redistribuir parte de su riqueza al empobrecido interior del país. Incluso en el plano cultural China se encuentra en medio de una campaña al viejo estilo, orientada a librar al país de la "excesiva influencia occidental".
La nueva dirigencia está dando más importancia a la política que a la economía, y eso causa escozor en Occidente, sobre todo ante la continuada violación de derechos humanos. Deng ya no está para defender un legado que hizo respirar tranquilos, al menos momentáneamente, a los presidentes del mundo desarrollado.

Rafael Caldera
La salud del presidente venezolano, Rafael Caldera, es un asunto de Estado desde que, en octubre del año pasado, el astrólogo José Bernardo Gómez (quien publica una columna semanal en el respetado diario Economía Hoy) predijo en una reunión de empresarios que el anciano mandatario no terminaría su período. La paranoia oficial sobre el tema quedó al descubierto cuando Gómez fue encarcelado por sus afirmaciones, que habían sido hechas en un recinto privado.
Ese episodio terminó con más pena que gloria para el gobierno, pero revivió de alguna manera la semana pasada cuando Gómez rindió a la Fiscalía una declaración dentro de las investigaciones por su arresto. Y es que muchos señalan, sin permitir que sus nombres sean publicados, que el presidente acusa día a día un mayor deterioro. Observadores venezolanos preguntados por SEMANA señalan que Caldera solía ser un gran orador, pero con creciente frecuencia confunde palabras y pierde el hilo de su discurso, a tiempo que sus movimientos al caminar se hacen cada vez más rígidos.Todo ello parece ser totalmente normal en alguien que acaba de cumplir 81 años, pero configura una serie de síntomas preocupantes en un presidente. Hay quienes señalan, incluso, que su insistencia en favorecer a su yerno Rubén Rojas en su carrera militar es una señal equívoca. Rojas fue promovido el año pasado a general y convertido en jefe de la Casa Militar, cuando no tenía notas suficientes para ello, y ahora el presidente quiere nombrarlo ministro de Defensa, lo que tiene al país atravesado por rumores sobre un incómodo malestar en las Fuerzas Armadas. Muchos ven en ese ataque de nepotismo el recurso de un hombre anciano que quiere rodearse de su familia más cercana, a la que percibe como lo único realmente confiable.

Vaclav Havel

El presidente de la República Checa, el dramaturgo Vaclav Havel, fue hospitalizado el mes pasado para que se le removiera un tumor maligno de pulmón. Muy popular por sus años de prisión y tortura y por su papel de catalizador en el proceso que culminó con el derrumbe del comunismo, Havel fue el primer presidente de la nueva Checoslovaquia. Tras renunciar por su oposición a que su nación se dividiera en dos países, resultó elegido como presidente de Chequia, donde comparte el poder con el primer ministro Vaclav Klaus. Desde entonces ha servido como la conciencia de su país en la difícil transición tras tantos años de régimen comunista.
Aunque su enfermedad no le ha afectado tanto como para retirarse, los checos están aterrados. Hasta los ateos concurren a las atestadas iglesias para rogar por su restablecimiento ante la evidencia de que su muerte podría dejar un enorme vacío en su naciente y aún débil democracia. Porque para los checos, Havel es el árbitro moral de su país.

Mobutu

Mobutu Sese Seko, presidente de Zaire (antiguo Congo Belga), sufre de cáncer en la próstata que últimamente ha hecho metástasis en los huesos, y ello hace que pase la mayor parte del tiempo entre su residencia de Roquebrune Cap Martin, cerca de Niza, en Francia, y el hospital en el cual recibe tratamiento de radiaciones y quimioterapia en Suiza. Entre tanto Zaire se adentra más y más en la ingobernabilidad y el caos, a tiempo que la parte nororiental del país está bajo el control absoluto de la Alianza de Fuerzas Democráticas por la Liberación del Congo-Zaire, el pomposo nombre detrás del cual están los rebeldes tutsis, que cuentan con el apoyo de la vecina Ruanda.
Esta vez no podrá contar con el apoyo internacional porque Mobutu está tan desprestigiado que ni siquiera su vieja aliada Francia lo soporta. Al fin y al cabo, desde que tomó el poder en 1965 en un golpe militar, Mobutu nunca ha sido elegido. Bajo su férula los zaireños han sufrido una violenta represión, el descarrilamiento de su incipiente proceso democrático y la más descarada corruptela.
Los rebeldes amenazan con tomar la capital, Kigali, y ello podría conducir a que el país se rompa en varios pedazos, descuartizado a partir de las líneas tribales desconocidas por las fronteras establecidas arbitrariamente por las potencias europeas. Si eso sucede, para muchos podría ser el comienzo del fin para el orden poscolonial. En un momento tan crucial Zaire podría seguir, para bien o para mal, el destino de su líder enfermo.

Historia clínica

Los voceros presidenciales suelen despachar las versiones sobre la enfermedad de sus jefes atribuyéndolas a un lacónico "fuerte resfriado". Esa, que referida al común de los mortales sería una mentira piadosa, en el caso de los gobernantes es una transgresión al derecho de los ciudadanos a saber en qué condiciones se están tomando medidas que van a afectar sus vidas. A la luz de ello, la idea del control médico efectivo del poder debería ser algo más que una utopía.
Los historiadores señalan cómo, por ejemplo, el presidente Franklin Delano Roosevelt estaba incapacitado física y mentalmente en la famosa conferencia de Yalta, que puso fin a la Segunda Guerra Mundial y dividió al planeta entre los triunfadores. Roosevelt había sufrido un ataque de polio a los 39 años y en 1945 tenía complicaciones cardíacas y cerebrales. En la conferencia carecía de memoria, se ofuscaba fácilmente y no podía expresarse de modo coherente. La pregunta es si un hombre más apto no hubiera evitado el resultado calamitoso de entregar la mitad de Europa (y con ella a cientos de millones de personas) a la órbita soviética.
En Estados Unidos también se habla de las dolencias cardíacas de Dwight Eisenhower, quien a pesar de ellas consiguió su reelección pero hundió al país en una sombría paranoia nuclear. Pero en ese país quien bate todos los récords de enfermedades es John F. Kennedy, quien a pesar de la imagen juvenil y atlética que manejó para el consumo de sus votantes recibió en sus escasos 43 años de vida cinco veces los santos óleos. Kennedy sufrió una fractura en la columna, su tensión arterial era siempre baja, lo que le hacía sentirse siempre débil, y sufría un mal incurable en los riñones. Su estado sicológico era de un mal humor constante y, según se dice, enfrentó la crisis de los misiles de Cuba en medio de un fuerte ataque renal, que pudo haber desencadenado un conflicto nuclear.
El más reciente de los enfermos que manejaron los destinos de Estados Unidos fue Ronald Reagan quien, sobre todo en el segundo período en la presidencia, comenzó a mostrar los síntomas del mal de Alzheimer, un debilitamiento progresivo de las capacidades mentales que se presenta en las personas de edad avanzada y termina por sepultar al paciente en un universo propio. Las anécdotas cuentan cómo a Reagan tenían que explicarle los problemas macroeconómicos con ejemplos dignos de un niño de primaria.
En cuanto a Rusia, la historia refiere la enfermedad de Vladimir Ilich, Lenin, quien en 1922, en pleno desarrollo de la revolución, sufrió el primer ataque cerebral, producto de haber desatendido a sus médicos, quienes desde 1918 le insis-tían en la necesidad de reposar y cuidar su tensión arterial. En 1924, con sólo 54 años y tras cuatro ataques, Lenin dejó de existir y le dejó el campo libre a Josef Stalin, un hombre esquizoide que en su afán de colectivizar la agricultura produjo una hambruna que mató a millones y condujo al país (y al comunismo) por una senda delirante. Por eso muchos consideran hoy que el mundo podría ser muy diferente si Lenin hubiera seguido los consejos de sus médicos. Del fascista italiano Benito Mussolini se dice que tenía sífilis en el cerebro; del español Francisco Franco que sufría de un caso avanzado de mal de Parkinson, y del Papa Pío XII, que vivió muchos años bajo un aterrador mal de estómago y un hipo incurable. Y el escándalo más reciente se dio cuando el médico personal del presidente francés François Mitterrand reveló que desde 1984, 10 años antes de su muerte, fue mantenido en secreto su cáncer de la próstata, que a la postre lo mató.
Pero la historia que parece más dramática, al menos desde el punto de vista personal, es la de su compatriota Georges Pompidou, quien reemplazó a Charles de Gaulle en el palacio del Elíseo. Diagnosticado su mal como leucemia, pero empeñado en seguir en el poder, sus médicos le atiborraron con cortisona. En pocos meses el mundo se impresionó con la forma como el pobre hombre seguía en funciones cada vez más inflado por la droga y su aspecto se tornaba gris y enfermizo. Cuando murió se supo que las abundantes dosis de la droga le habían destruido los huesos, perforado los pulmones y colmado de infecciones. Muchos opinan que si hubiera aceptado dejar el poder su historia hubiera sido menos dolorosa.
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