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| 10/17/2015 10:00:00 PM

El fin de la era Kirchner en Argentina

Tras 12 años, esta familia deja el poder. Los argentinos escogerán si mantienen su legado o le dan su oportunidad a los opositores de derecha.

No hay plazo que no se cumpla. Eso estarán pensando los opositores argentinos, pues las elecciones del domingo 24 marcarán el canto del cisne de la pareja conformada por Cristina Fernández y su difunto marido Néstor Kirchner en el poder. Hasta ahora, las encuestas ponen en primer lugar al oficialista Daniel Scioli, del Frente para la Victoria, con alrededor del 40 por ciento de los votos, seguido por el opositor Mauricio Macri, de la coalición Cambiemos, con un 30 por ciento, y por Sergio Massa, de la coalición UNA, con un 20 por ciento.

Sin embargo, Scioli no puede cantar victoria, porque para ganar en la primera vuelta debe obtener más del 40 por ciento de los votos y una diferencia del 10 por ciento sobre Macri. De lo contrario, deberá ir a balotaje el 22 de noviembre, cuando la suma de los votos opositores puede arrebatarle el triunfo. Como dice Ignacio Ramírez, director de Ibarómetro, “resulta imposible anunciar de manera categórica cuál será el desenlace electoral del 25 de octubre: conviven una certeza con un enigma”.

“Es una elección difícil”, dijo a SEMANA el encuestador Roberto Bacman. “Para nosotros, cuando la diferencia es tan fina, se complica hacer un pronóstico, porque si bien Scioli aparece con el 40 al 41 por ciento de los votos, está dentro del margen de error estadístico”, opina.

El actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, que concentra un 40 por ciento del electorado, se presenta como el garante de la continuidad continental, como defensor del Mercosur y el Unasur. En lo interno, como el continuador de una década durante la cual cayó el desempleo, bajó la pobreza, se consiguió la Asignación Universal por Hijo, la extensión casi universal de la cobertura jubilatoria, se recuperaron las negociaciones salariales, se juzgó a los militares culpables de delitos de lesa humanidad durante la dictadura (1976-1983) y se lograron algunas leyes como el matrimonio igualitario.

El ingeniero Mauricio Macri, exjefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, es el candidato más opositor al modelo kirchnerista, el preferido de los empresarios y de las clases medias de la capital y el conurbano. Con un tercio del electorado encuentra, sin embargo, problemas para superar ese techo. Para ganar, se ha visto obligado a moderar su discurso, destacando que no va a ir contra lo conseguido en esta década, que no va a sacar los planes sociales, ni va a reprivatizar la empresa petrolera YPF o Aerolíneas Argentinas.

Sin embargo, al suavizar sus propuestas, fue desdibujando su perfil opositor, con una campaña basada en la gestión de la ciudad, que muestra las bicicsendas y los metrobuses, copiados de las ciclorrutas y el TransMilenio de Bogotá; luce camisetas amarillas, baila cumbia e imita a Freddy Mercury. Pero a pesar de sus esfuerzos, no logra ganarse a una amplia franja de la sociedad que desconfía de su pasado empresarial, de sus propuestas liberales y que no quiere cambios radicales.

Sergio Massa, que fue jefe de gabinete de Cristina Kirchner (2008-2009), encarna ese punto medio entre el macrismo y el sciolismo: lleva en sus listas a dirigentes peronistas que apoyaron al Frente para la Victoria, pero no representa la oposición visceral de Macri. Según el analista Bacman, Massa viene creciendo en las últimas encuestas, lo cual no le alcanza para pelear por un segundo lugar, pero sí dificultará la posibilidad de que Macri aumente su votación.

“Si bien el oficialismo tiene el mayor caudal de votos, los tres mandatos consecutivos del kirchnerismo más una situación económica que no es floreciente hacen que el voto no acompañe en la misma proporción”, explica el analista Ricardo Rouvier a SEMANA. Pero a la vez, “el techo de Macri existe porque es un jefe opositor, pero no lo suficientemente atractivo como para provocar esa huida de votos hacia él y lograr entrar en la segunda vuelta. Por otro lado, la presidenta sigue teniendo más de un 50 por ciento de imagen positiva, o sea que la situación para el oficialismo no es tan desesperante como para que esos votos vayan hacia Macri”, señala el analista.

Es que, a pesar del cansancio con el kirchnerismo, un amplio sector teme perder lo conquistado durante este gobierno. Por eso, ni Scioli sube del 40 por ciento, ni Macri rompe el 30 por ciento obtenidos en las elecciones primarias realizadas el 9 de agosto de este año.

En la pelea entre Macri y Massa, por ahora, tampoco hay una clara polarización. “Macri quiere buscar el voto útil, pero hasta el momento los radares no han captado ningún movimiento en ese sentido”, analiza Rouvier.

“La sociedad está dividida en tres: el kirchnerismo duro, con un firme anclaje ideológico, que es de un cuarto de los votantes, al cual se suma un kirchnerismo ‘light’, periférico, para redondear un 35 por ciento. Ellos no quieren cambios, que todo siga como está”, analiza Bacman. “Un 15 por ciento es muy pragmático, no está ni a favor ni en contra, votó por Cristina hace cuatro años, cuando obtuvo el 54 por ciento, critica el estilo de Cristina y algunas medidas económicas, pero no quiere cambios abruptos sino suaves, y que se respete lo que se hizo”, agrega. “Y hay un 45 por ciento de la población totalmente antikirchnerista, que quiere un cambio radical”. De manera que ese 15 por ciento vacilante, que se puede volcar para un lado o para el otro, definirá las elecciones.

Como demuestra la experiencia latinoamericana, es muy difícil derrotar a los oficialismos. Al ir separados, Macri y Massa debilitan sus opciones y convierten el tramo final de la campaña en una pelea entre sí para ver quién le saca más votos al otro, en lugar de unir esfuerzos para ingresar en una segunda vuelta electoral.

El candidato que resulte electo el 25 de octubre, o el 22 de noviembre, tiene que prepararse para conducir un barco en medio de la tormenta. Lejos quedaron los cómodos años del boom de las materias primas que favorecieron el mandato kirchnerista. Ahora, sopla el viento contra la economía mundial, con la caída generalizada de los precios de las materias primas y la recuperación del dólar estadounidense.

La recesión en Brasil, el principal socio comercial, y la devaluación del real un 76 por ciento en relación con el peso, complicarán seriamente a Argentina, que envía el 50 por ciento de sus exportaciones al vecino país. A ello se suma el juicio de los fondos buitre en Estados Unidos, que con apenas un 7 por ciento de la deuda argentina han logrado paralizar los créditos al país, y amenazan con embargar sus bienes en el exterior. Todo esto, con grandes desequilibrios que se han ido acumulando, con la caída de las reservas y el cepo al dólar, que ha generado dos tipos de cambio: el dólar oficial vale 9,50 pesos y en la calle se cotiza a 16 pesos.

En el frente interno, va a ser necesario bajar la inflación, que este año rondará el 25 por ciento; reducir el déficit fiscal, que es del 8 por ciento del PIB, y la emisión monetaria del 40 por ciento anual, pero maniobrando para mantener los planes sociales y los subsidios a los sectores más desfavorecidos, impedir el desempleo y conservar el poder de compra de los salarios. Todo esto al tiempo es un coctel explosivo para el oficialista o el opositor que gane el derecho a ocupar la Casa Rosada durante los próximos cuatro años.
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