Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/10/09 00:00

Los límites del mito

El prestigio de Lula no pudo evitarle a su protegida Dilma Rousseff tener que ir a una segunda vuelta por la Presidencia. Santiago Torrado, enviado especial de SEMANA, acompañó la campaña en São Paulo, y buscó una explicación a ese resultado.

A Dilma Rousseff no le alcanzó ni siquiera tener la ventaja de la duplicidad, pues Lula hacía campaña paralelamente por ella.

Quien no conociera antecedente alguno de las elecciones brasileñas del domingo 3 de octubre hubiera quedado confundido con la imagen que daban los televisores. Dilma Rousseff, la candidata del ya legendario presidente Luiz Inácio Lula da Silva, aparecía como la gran derrotada, a pesar de sacar casi el 47 por ciento de los votos. Su principal adversario, José Serra, quien obtuvo casi 33 por ciento, era la imagen viva del sobreviviente. Y la tercera en disputa, la ecologista Marina Silva, sonreía victoriosa con su aparentemente escaso 20 por ciento.

Esa imagen paradójica se debió a que las expectativas eran muy distintas. Lula, el mandatario más popular de la historia de Brasil, con una aceptación que roza el 80 por ciento, había impuesto la candidatura de Dilma al gobernante Partido de los Trabajadores (PT) e hizo todo lo que estuvo a su alcance para ungir a su protegida. Serra, del Partido de la Social Democracia Brasileña (Psdb), fue el gran favorito durante meses, pero tan pronto Lula se metió de lleno en la campaña se despeñó en las encuestas, y Dilma, que nunca había disputado una elección, se disparó. Consciente de que era imposible enfrentar al Presidente, el candidato tucano, como se conoce aquí a los del Psdb, no solo evitó criticarlo, sino que llegó a incluirlo en sus comerciales de televisión, con lo que su propia imagen se desdibujó. Mientras tanto, Silva ascendía poco a poco en la intención de voto.

A 15 días de la gran cita, Dilma tenía el 57 por ciento en los sondeos y el mismo domingo las encuestas a boca de urna todavía le daban el 51 por ciento necesario para ganar directamente. Pero aunque Dilma perdió votos en el tramo final, la mayoría no se fueron con Serra, sino con la ambientalista Marina Silva, del Partido Verde, que superó sus pronósticos más optimistas. Al final, Serra respiró aliviado, pues alcanzó a sentir a la candidata amazónica respirándole en la nuca.

Pero en el balance, nadie hubiera imaginado dos o tres semanas atrás que Dilma, la ex guerrillera con reputación de tecnócrata, no obtuviera una victoria contundente en primera vuelta. Al fin y al cabo tenía el respaldo de Lula, el obrero iletrado convertido en estadista de dimensión mítica. Barack Obama lo llamó "el político más popular de la tierra", encabezó los listados de líderes más influyentes e incluso se hizo una película sobre su vida, Lula, o filho do Brasil (Lula, el hijo de Brasil). Además, Brasil acaba la 'era Lula' como un poder emergente. Unos 30 millones de brasileños salieron de la pobreza, el país fue uno de los primeros en superar la crisis financiera y pone la primera letra de los Bric, el acrónimo que lo agrupa con los otros tres grandes países llamados a liderar la economía mundial: Rusia, India y China. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), Brasil ya desplazó a España como octava economía del planeta y se prepara para celebrar el Mundial de Fútbol de 2014 y los Olímpicos de 2016, en Río. El mundo tiene su mirada puesta en Brasil. Ejércitos de periodistas extranjeros lo visitaron para cubrir las primeras elecciones desde el regreso de la democracia en que Lula no es candidato, pero en las que ha sido más protagonista que nunca.

Hacer política en el quinto país del mundo en población y territorio, donde 136 de los 200 millones de habitantes son convocados a votar, es una labor titánica. Los candidatos recorren miles de kilómetros y aparecen todos los días en ciudades separadas por distancias enormes. En esa maratónica carrera por la Presidencia, Dilma, gracias a Lula, tuvo la ventaja de la duplicidad. El último jueves antes de la primera vuelta es un buen ejemplo. Ese día, Dilma, Serra y Marina estaban en Río para el último debate presidencial, que resultó más bien soso. Con pocas horas de diferencia, Lula encabezó un electrizante mitin en São Bernardo, su ciudad adoptiva cerca de São Paulo. SEMANA estuvo allí.

Lula en campaña

Si bien el estado de São Paulo, el mayor colegio electoral, es un bastión del Psdb y de Serra, que ha sido alcalde y gobernador, también es la cuna del PT. São Bernardo, el lugar del mitin, es conocido por la industria automotriz. Fue aquí donde creció el movimiento sindical que se opuso a la dictadura y donde ocurren las escenas más importantes de Lula, o filho do Brasil.

En el mitin, una foto gigante de Lula junto a Dilma decoraba la tarima. Entre la multitud reunida bajo la garoa, esa lluvia finísima que cae en São Paulo, sobresalía una pancarta: "Folha miente". Hacía alusión a la pelea de los últimos días de Lula con la prensa en general y con el diario la Folha de São Paulo en particular. Por cuenta de las revelaciones sobre los escándalos de tráfico de influencias en la Casa Civil -el ministerio que ocupó Dilma hasta hace algunos meses-, el Presidente fustigó a los grandes medios y los acusó de portarse como un "partido de oposición". Eso le generó muchas críticas.

Los candidatos al Senado y a la Gobernación que ocupaban la tarima dedicaron sus discursos a Lula. Él jugaba con una máscara, recibía una camiseta de fútbol, bromeaba con sus vecinos. Marta Suplicy, una figura histórica del PT que aspiraba al Senado, hizo una defensa airada de las credenciales democráticas de Lula y remató con una frase que despertó el fervor del público: "Si el Presidente fuera antidemocrático estaría disputando su tercera elección; ¡y la estaría ganando!".

Finalmente habló Lula. Su conexión con el pueblo era evidente. Disculpó a Dilma, que estaba en Río, y contó una historia de cómo en tiempos de la dictadura el ejército sobrevolaba una movilización sindical y les apuntaba con ametralladoras. Dijo que la política en Brasil fue hecha para doctores, ingenieros y hacendados, y no para la clase trabajadora, pero que todo cambió cuando lo eligieron. Si el PT perdía la Presidencia, el fracaso no sería suyo, sino de los trabajadores brasileños.

Después se puso las gafas y empezó a leer, en un papel, uno a uno los logros de su gobierno: "6,7 por ciento de desempleo, el menor en la historia de Brasil, por debajo de Estados Unidos y España. (...) Por primera vez la clase media es mayoría. (...) La desnutrición infantil cayó 61 por ciento. (...) El salario mínimo real es el mayor de los últimos 40 años. (...) Soy el único presidente sin título y el que más hizo universidades". Hacia el final, afirmó que le produce un gran orgullo que Brasil ya no le debe al FMI, sino que le presta. Y remató pidiendo el voto por Dilma: "¡Después del metalúrgico, una mujer!", gritaba, mientras el público rugía en una ovación interminable.

La víspera de la elección apareció en estas calles junto a Dilma para un recorrido que arrancó en el sindicato de los metalúrgicos, la entidad que Lula dirigió, y terminó en la iglesia Matriz, otro lugar simbólico de las luchas sindicales. Como ocurrió en la campaña, el Presidente comandó la fiesta petista. La imagen era impactante, pues Lula parecía el candidato, y Dilma, su fórmula vicepresidencial. "Si él la eligió yo imagino que sintió que tiene capacidad de comandar un país", dijo a SEMANA uno de los asistentes, José Ferrera, militante del PT. "Él va a estar para auxiliarla", remató.

Al final del recorrido, Dilma se fue rápidamente mientras Lula se quedó hablando con un grupo de medios, entre ellos SEMANA. Admitió que había viajado más con Dilma que en su propia campaña de 2006, reiteró sus críticas a la prensa y todavía se mostraba optimista de ganar en primera vuelta.

La tercera fuerza

Pero algo falló. La primera interpretación es que los brasileños, en vez de darle un cheque en blanco a Lula, le dieron una lección de humildad. "Es una explicación razonable. La soberbia con que Lula encaró el tramo final de la campaña seguramente habrá asustado un poco a la gente, que prefirió darse un poco más de tiempo para pensar", dijo a esta revista Clóvis Rossi, uno de los periodistas más prestigiosos del país.

"Cuando Lula es agresivo, su electorado recula -añadió Oscar Vilhena, de la Fundación Getulio Vargas-. Es un político muy cálido y alegre que perdió tres elecciones cuando confrontaba, y en la cuarta, cuando se dedicó a ser 'Lulinha paz y amor', conquistó". A esa animosidad se sumaron las denuncias en la Casa Civil, el más reciente de los escándalos de corrupción que han salpicado al gobierno del PT, y una polémica de última hora sobre si Dilma apoyaba o no el aborto, que le quitó votos en los crecientes sectores evangélicos.

En ese ambiente se dio el repunte de Marina Silva. Frente a dos candidatos grises con fama de buenos gerentes, la ex ministra de Medio Ambiente tiene una historia inspiradora: nació en el estado amazónico de Acre, fue analfabeta hasta los 16 años y después consiguió ir a la universidad y llegar al gobierno. Marina nunca dejó de vender la idea de una ola verde que la iba a llevar a la segunda vuelta. SEMANA la acompañó durante su último acto en São Paulo, con muchos jóvenes entusiastas que no se espantaron por la fuerte lluvia y un aire creativo en las camisetas y mensajes. Entre sus votantes hay esos sectores progresistas, pero también, gracias a su religiosidad manifiesta, el voto de los evangélicos y otros sectores conservadores. La gran paradoja es que Marina fue una de las fundadoras del PT y amiga de Lula. Los roces entre su visión del medio ambiente y el modelo más desarrollista que representa Dilma la llevaron a renunciar al ministerio, al partido, y a lanzar una candidatura disidente.

"Ella rescató los ideales del PT en su fundación, la posibilidad de recuperar la política, con la ventaja de que tiene un perfil parecido al de Lula, pero ella buscó su formación", asegura José Álvaro Moisés, profesor de Ciencia Política de la Universidad de São Paulo. No le alcanzó, pero con su 20 por ciento es una protagonista innegable. Petistas y tucanos buscan su adhesión, y ella podría ser el fiel de la balanza. Marina será la mujer más cortejada de Brasil, pero su apoyo tiene límites. A fin de cuentas, el bloque que la votó es complejo y diverso, probablemente se dividirá, y Dilma, si conserva sus votos, apenas necesita el 15 por ciento de los de Marina.

Dice mucho que la protagonista de la remontada haya sido Marina y no el Psdb. "Serra es una figura que no tuvo peso para forzar una segunda vuelta. Su campaña es confusa, sin estrategia y sin rumbo. La explicación está en los errores del PT y los aciertos de Marina", asegura Alberto Almeida, director del Instituto Análise.

Así las cosas, la heredera de Lula sigue siendo la casi segura primera presidenta de Brasil. A pesar de las caras largas, la segunda vuelta es una elección que no arranca de cero. Los candidatos ya tienen una base, que en el caso de Dilma la acercó a la codiciada mitad. Y aunque se haya quebrado la sensación de imbatibilidad, sigue contando con el presidente más popular de la historia. La gran pregunta sobre lo que representa Dilma, y el papel que va a tener Lula en su gobierno, sigue siendo válida. Muchos la consideran una suerte de 'piloto automático'. "Dilma es el tercer periodo de Lula", afirma Rossi. Y como en los dos ocasiones anteriores el carismático ex sindicalista, esta vez en cuerpo ajeno, tendrá que ir a la segunda vuelta.

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