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| 11/8/1982 12:00:00 AM

LOS "MILITANTES" AL AGUA

La expulsión del ala izquierda del Partido Laborista sería un intento de Michael Foot para salvar su prestigio político.

La victoria en Malvinas le había dado al gobierno de la señora Thatcher un hálito de durabilidad sorprendente. Tras el apoyo que ella recibiera de la opinión pública británica ante los sucesos del Atlántico Sur ¿quién osaría postularse como alternativa gubernamental a los Torys en las próximas elecciones? Nadie, a primera vista. Sin embargo, sólo dos meses después de imponerse ese consenso nacional arrollador, que fue rápidamente llamado por algunos como "el factor Falkland", los límites de ese apoyo se hicieron evidentes: una huelga general de un día, convocada por la central obrera Trades Union Congress (TUC) estallaba el 22 de septiembre movilizando millones de personas en todo el Reino Unido contra la política laboral de la Thatcher.
La chispa fue la lucha que desde hace cuatro meses adelantan los trabajadores de la salud por un incremento salarial de 12%. La oferta del gobierno, que no ha superado un topede 7.5%, ha sido recibida con disgusto por otros sectores laborales, quienes han realizado una serie de "días de acción" en solidaridad con las enfermeras, desafiando incluso las disposiciones legales que prohiben ese tipo de acciones.
El reto al gobierno de los Torys se había calentado desde comienzos de agosto, cuando los sindicatos de la salud llamaron a una "semana de acción", la cual fue acogida por las bases de algunos gremios, en especial de los trabajadores electricistas, pese a las presiones desmovilizadoras de los dirigentes sindicales.
Semanas antes, los trabajadores de los ferrocarriles habían también apelado a la huelga para presionar una reducción de los ritmos de trabajo, lucha que pudo finalmente ganar el gobierno mediante el activo sabotaje de la huelga por parte de la cúspide del respectivo sindicato.
Tal contexto de disponibilidad de lucha por parte de los trabajadores de la salud y el aumento del militantismo en favor de la solidaridad con esa lucha sindical, dio lugar a la idea de realizar el 22 de septiembre un paro general de una hora.
El día de tal demostración, la respuesta al llamado de la TUC fue masiva sobre todo en el sector de la industria nacionalizada y del sector público, donde el paro no fue de una hora sino de todo el día. Por otra parte, cerca de 600.000 personas pararon una hora o más en Escocia y casi otro medio millón hizo otro tanto en Gales. En Londres 120.000 manifestantes se tomaron las calles, e igual cosa hicieron otros 25.000 en Liverpool, 30.000 en Sheffield, y 300.000 en otras seis ciudades.
Lo que explica este ascenso en la radicalidad de los grupos laborales es la política económica del gobierno, el cual, aunque hace avances en la lucha contra la inflación --que es hoy de 8%-- ha llevado a que uno de cada 7 trabajadores no tenga empleo.
En agosto la cifra de desempleados llegó a los 3.3 millones, según datos oficiales, o sea, 350.000 más que hace un año. Lo interesante del caso es que aunque semejante nivel de desempleo ha deprimido la onda reivindicativa en algunas fábricas, la disponibilidad de lucha de los grupos obreros continúa en pie.
Sin embargo, la ofensiva del gobierno Tory contra la resistencia laboral ha tenido resonancia incluso dentro del Partido Laborista, cuya dirigencia, en una ultrajante maniobra, está tratando de echar la culpa de sus propios errores sobre los hombros de su ala izquierda. De acuerdo a esto, el líder del partido, Michael Foot, quien internamente registra índices de impopularidad muy altos, respaldado por la dirección ejecutiva, ha emprendido una "caza de brujas" dentro del laborismo que apunta a decapitar los nuevos dirigentes que emergen de la base y preparar así el terreno para revestir los derechos democráticos que esas capas han logrado dentro del Partido Laborista en los últimos tres años. Estos nuevos dirigentes son el producto de la derrota electoral laborista en las elecciones de 1979, derrota que creó un movimiento pro reforma del Partido en el sentido de que su liderato reflejara más las aspiraciones de la base.
Las víctimas propiciatorias de los errores de Foot serían esta vez los sectores nucleados alrededor del periódico "Militant" --patrocinado por un grupo ex trostskista dirigido por Ted Grant. Roy Hattersley, un aliado de Foot, decía hace poco: "La tendencia Militante es, o debe ser, ideológicamente inaceptable para los socialistas democráticos. El trotskismo no es compatible con el socialismo democrático. Son una organización rival que viven como parásitos del laborismo. Quien sienta respeto por nuestro partido debe votar a favor de que sean expulsados".
Esta historia se da a pesar de que Grant se alineó con la derecha del Partido Laborista para oponerse a cualquier acción contra el gobierno de la Thatcher en repudio de la guerra en las Malvinas. Pero no todos los delegados al próximo congreso laborista comparten las tesis de Foot y Hattersley. Una conferencia de defensa, organizada por el grupo Militant que será efectuada poco antes del congreso del Partido Laborista, ha ganado amplio apoyo por parte de los líderes de los mineros, de los ferrocarrileros, portuarios y algunas figuras parlamentarias de la izquierda del laborismo como Tony Benn. Los "militantes" se han hecho fuertes en los últimos dos años y el mes pasado más de 3.000 de ellos se reunieron en Londres para iniciar la resistencia contra las maniobras de Foot. Todo hace pensar que si llega a haber expulsión de la izquierda laborista tal medida sólo será aprobada después de una dura lucha.--
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