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| 11/2/1987 12:00:00 AM

LOS MUERTOS QUE HABLAN

El periodista que destapó Watergate pone a hablar un muerto y su viuda lo desmiente

Una cosa es tumbar un presidente vivo y otra es escribir sobre un funcionario muerto y Bob Woodward, reportero estrella del diario The Washington Post, lo está aprendiendo en carne propia. El periodista que junto con su colega Carl Bernstein, fuera la personalidad clave para descubrir el escándalo de Watergate que terminó con la renuncia de Richard Nixon es, otra vez, centro de polémicas en los Estados Unidos.
En esta oportunidad todo se debe a un libro llamado "VEIL: las guerras secretas de la CIA 1981-1987", en el cual Woodward hace un retrato de William Casey, el director de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana, muerto de complicaciones posoperatorias en mayo de este año. Reputado como uno de los hombres más extraños entre los que han tomado parte en la administración Reagan, Casey era sospechoso de haber conducido una serie de operaciones non sanctas a escondidas del Congreso norteamericano, con el único fin de complacer a la Casa Blanca.
Es sobre ese tema que se ocupa el libro de Woodward. Al cabo de cerca de 50 entrevistas con el difunto director de la CIA y de unos 250 encuentros con otras personalidades más, el periodista acaba contestando algunas preguntas, pero deja ciertos cabos sueltos. En particular, no hay ninguna luz definitiva sobre el rol de Casey dentro del escándalo del Irángate. Aunque a nivel de rumor, se cree que el número uno de la CIA jugó un papel definitivo tanto en el proceso decisorio como de puesta en marcha de la operación que le acabó entregando armas norteamericanas a Irán y el dinero de esa venta a los contras nicaraguenses, todo parece indicar que la verdad quedará en el misterio.
En cambio, el libro sí deja en claro el gusto de Casey por las operaciones a escondidas. En esta materia, quizás la denuncia más escandalosa contenida en VEIL (palabra código que describía a las acciones secretas dentro de la administración Reagan) es el intento de asesinar al jeque Muhammad Huseein Fadlallah, jefe de la organización chiíta libanesa Hezbollah, después de los bombardeos suicidas en Beirut contra la embajada norteamericana y las barracas de los marines. Obsesionado por la sed de venganza después de las 300 vidas norteamericanas perdidas, Casey habría convencido al príncipe Bandar de Arabia Saudita de "invertir" 3 millones de dólares para eliminar al jeque. Como resultado, Fadlallah fue víctima de un atentado en Beirut (en el cual perdieron la vida 80 personas y 200 más resultaron heridas), del cual salió ileso. Como resultado, los árabes le acabaron pagando 2 millones de dólares y el problema se resolvió.
Ese es quizás el ejemplo más claro de la disposición de Casey para lograr sus objetivos, sin importar qué normas se estaba saltando. En particular el entonces director de la CIA parecía ser especialmente efectivo para engañar y despistar al Congreso norteamericano sobre lo que estaba sucediendo. En el caso de los contras nicaraguenses, el difunto funcionario logró financiar sus operaciones en épocas en las cuales había prohibición expresa de hacerlo. En el Congreso de los Estados Unidos todavía se recuerda el escándalo creado por la colocación de minas a la entrada de los principales puertos de Nicaragua. Es esa disposición al engaño lo que lleva a Woodward a concluír que Casey tuvo que ser definitivo en el diseño y operación de las entrega de armas a los iraníes.
No obstante, no son estas revelaciones las únicas del libro. Entre otras cosas, Woodward sostiene que Reagan estuvo mucho más cerca de la muerte después del atentado del que fuera víctima en 1981, dos meses después de llegar a la Casa Blanca. Así mismo indica que Bashir Gemayel, quien murió en un atentado siendo presidente del Líbano, fue agente de la CIA y que los partidos políticos de José Napoleón Duarte en El Salvador y de Eugenia Charles en Dominica, recibieron fuertes sumas de dinero.
De la misma manera, las oficinas de algunos aliados como Hissene Habré, del Chad, o Mohammad Zia ul-Haq, de Pakistán, fueron llenados de micrófonos.
Aunque tal cadena de revelaciones es suficiente para producir algún tipo de conmoción, el libro de Woodward la produjo, pero no en el sentido que éste esperaba. Aparte de una escueta declaración de la CIA diciendo que ese tipo de acciones no se estaban adelantando en el presente, el mayor escándalo recayó sobre el ex reportero y actual editor de Washington Post. Por una parte, la viuda de Casey negó dos apartes del libro. En uno, Casey supuestamente habría tildado a Reagan de "desinteresado, perezoso y distraído", cita que fue incluso descalificada por el propio presidente norteamericano.
La verdadera polémica, sin embargo, se concentra en torno a la otra afirmación. Según Woodward, su último encuentro con Casey habría tenido lugar cuando éste se encontraba en su hecho de muerte. El libro sostiene que Casey contestó afirmativamente a la pregunta del reportero sobre si conocía sobre la desviación de dinero a los contras de Nicaragua.
Ese encuentro fue imposible, en opinión de Sophia Casey, viuda del personaje. Según la señora, Woodward intentó entrar una vez al cuarto del enfermo pero fue detenido por los guardias de seguridad que custodiaban su habitación. Adicionalmente, alguno de los miembros de la familia estaba siempre junto al lecho del director de la CIA.
Por su parte, Woodward insiste en que se ratifica en lo publicado. Supuestamente, "una fuente" en el hospital de Georgetown le habría permitido entrar sin que ni la señora Casey ni nadie más estuviera en los cuatro minutos que duró el encuentro.
Pero ese no es el único ataque que ha recibido el libro. Según una columnista del diario rival The New York Times, Woodward escribió para su periódico sobre temas relacionados con la CIA durante la misma época. Si en esos momentos el periodista ya conocía ciertas revelaciones, ¿cómo hizo para escoger cuáles iban destinadas al libro y cuáles a la información diaria del medio? Adicionalmente hay inquietudes sobre la famosa escena en el hospital. Las investigaciones indican que Woodward pensó que el encuentro era muy débil periodísticamente para incluirlo en una información del Post, pero no lo era tanto para su obra.
Esas eran tan sólo algunas de las polémicas que se habían levantado en torno a un volumen que se suponía iba a aclarar la luz sobre el enigmático William Casey. El hecho de que al final de la semana la discusión se hubiera desviado no sobre el tema de la obra sino sobre el supuesto rigor periodístico de un reportero que hasta la fecha estaba exento de toda sospecha, es suficiente para pensar que hasta Casey se debe estar riendo en su tumba. Al fin y al cabo, para alguien experto en operaciones encubiertas, ¿qué cosa mejor que el libro que lo describa acabe enterrado bajo la polvareda formada sobre la supuesta veracidad de un periodista?--
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