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| 7/16/2011 12:00:00 AM

Los nuevos amos

El nacimiento de Sudán del Sur subrayó una realidad que pocos tienen clara: que los chinos se han apoderado del continente negro.

La semana pasada, Juba, la capital de Sudán del Sur, era una fiesta. Celebraban la independencia del país después de una guerra civil de más de cincuenta años contra los sudaneses del norte, que los oprimían bajo el liderazgo de Omar al-Bashir. En medio del jolgorio, Salva Kiir, el presidente de la nueva nación africana, recibió una inesperada llamada. Al otro lado de la línea estaba Hu Jintao, el presidente de China y, según la revista Forbes, el hombre más poderoso del mundo. El también secretario general del Partico Comunista lo saludó calurosamente y le dijo: "Aunque China y Sudán del Sur están lejos, a los dos pueblos los une una gran amistad".

No se trataba de una llamada casual. Con reservas petroleras de cerca de 500.000 barriles diarios, explotadas en gran parte por la empresa energética estatal china, las razones del mastodonte asiático para querer profundizar la amistad con uno de los países más pobres del mundo son más que evidentes. Una amistad que no existía en 2005, cuando los hoy nuevos ciudadanos de Sudán del Sur eran masacrados mientras la BBC revelaba que Beijing violaba el embargo contra el gobierno de Al-Bashir, requerido por la Corte Penal Internacional por genocidio.

Esa posición cambiante refleja el rol de China en África, donde hace grandes inversiones sin que les preocupen las violaciones a los derechos humanos. Así, el imperio asiático está redefiniendo el paisaje económico del continente y desplazando los antiguos poderes coloniales y las agencias de desarrollo.

En 1999, China anunció su ambición de volverse global. Y con ayudas del gobierno y millonarias inversiones, una década después es el principal socio de África. Entre 2001 y 2010, el comercio se multiplicó por seis y llega ahora a más de 120.000 millones de dólares anuales. Beijing, además, le presta al continente más que el Banco Mundial y se calcula que más de un millón de chinos trabajan en África en empresas de obras públicas, firmas mineras y energéticas y granjas agroexportadoras.

La ecuación para Beijing es simple. El gigante necesita materias primas para asegurar su crecimiento desbocado. Petróleo, madera, cobre, hierro, níquel, aluminio, carbón, oro, diamantes y otras piedras preciosas viajan a Asia para alimentar su economía. África, a cambio, se beneficia con préstamos, inversiones y desarrollo industrial.

En Kenya invirtieron 22.000 millones de dólares para construir puertos, autopistas y una vía férrea. En Mozambique acaban de entregar un estadio y un aeropuerto nuevo para los Juegos Panafricanos de septiembre próximo. En Nigeria van a construir la gigantesca represa de Mambila. En Zambia manifiestan que crearon más de 150.000 empleos. Y en toda África, agricultores y empresarios chinos son dueños de más de tres millones de hectáreas de tierra productiva. Cifras enormes, a la medida del gigante asiático.

Es cierto que el dragón asiático tiene a su favor el crédito de haberle apostado a un continente abandonado y lleno de enormes necesidades. Pero es creciente la preocupación porque los chinos no tienen el menor reparo en negociar con dictadores de la peor calaña, como con el propio Al Assad, de Sudán, o Robert Mugabe, de Zimbawe. Son también cada vez más frecuentes las quejas por la violación de las normas ecológicas y laborales más elementales. Hace menos de un mes, en un gira en África, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, dijo: "En la época colonial vimos cómo era de fácil venir, tomar los recursos naturales, corromper los líderes e irse. No queremos ver un nuevo colonialismo en África", en una referencia apenas maquillada a China.

Pero la preocupación de Occidente, más que por la democracia o corrupción de los chinos en África, refleja el miedo a perder un territorio rico en materias primas. Pues otros países con influencia como Francia, Inglaterra o Bélgica tampoco han tenido un comportamiento siquiera aceptable en materia de derechos humanos, como lo pueden atestiguar tragedias como las del Congo Belga en el siglo XIX o la de Ruanda, en el XX.
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