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| 4/12/2008 12:00:00 AM

Los piratas del siglo XXI

El ataque a un lujoso yate francés recordó que ningún barco está a salvo en los mares del mundo.

El Ponant no es un ga- león cargado de oro, ni sus asaltantes tenían parches, patas de palo o llevan un loro a bordo. Los 10 asaltantes no estaban armados con espadas, sino con fusiles AK-47. Pero el secuestro del lujoso velero francés, que el pasado 4 de abril pasaba por el Golfo de Adén, entre Yemen y Somalia, recordó a quienes no están conectados con la realidad de los mares que los piratas todavía existen.

París hizo todo lo posible para conseguir la libertad de los rehenes: El presidente, Nicolas Sarkozy, se reunió con sus familiares; se establecieron negociaciones e incluso se envió un grupo elite de la gendarmería francesa por si estas llegaban a fracasar. La odisea de los 30 miembros de la tripulación, franceses en su mayoría, apenas duró una semana, pues fueron liberados el viernes. Al cierre de esta edición se especulaba con el pago de un rescate, como suele ocurrir en este tipo de situaciones.

Casi tres cuartas partes del globo están cubiertas por agua y la mayor parte del comercio mundial transita por rutas marítimas. A diferencia del aire o la tierra, el mar sigue siendo un territorio salvaje donde es difícil establecer controles. Los piratas, que se creían extintos a comienzos del siglo XX, nunca desaparecieron del todo y el número de ataques se ha incrementado dramáticamente en la última década. La piratería ha llegado a su máximo nivel en la historia moderna. Sólo en 2007, la Organización Marítima Internacional (OMI), el organismo de la ONU dedicado a la seguridad marítima, contó 263 ataques.

No es gratuito que el Ponant fuera abordado en aguas somalíes. Debido a la guerra entre clanes que sufre este país, varias de sus regiones costeras han declarado una independencia de facto, y no existe una armada capaz de velar por la soberanía. Allí es común que los barcos sean secuestrados para pedir un rescate con dilatadas negociaciones de por medio. A finales del año pasado, por ejemplo, fue necesaria la intervención de la Marina de Estados Unidos para poder liberar un pesquero taiwanés después de casi seis meses.

El Cuerno de África es una de la regiones más peligrosas, pero no la única (ver infografia). Hay lugares donde ninguna embarcación está a salvo, ni yates de lujo ni cargueros. El botín va desde mercancía o efectivo, hasta el dinero del rescate o el bote mismo, para convertirlo en un "barco fantasma" (embarcaciones robadas que pintan y rebautizan). Hasta un envío de Naciones Unidas con arroz para las víctimas del tsunami fue atacado en 2005.

A grandes rasgos, hay dos formas de piratería. La más primitiva ocurre cerca de las costas y es ejecutada por pandillas en lanchas rápidas, armadas de pistolas y machetes. Estos ataques suelen estar mal planeados y simplemente aprovechan una oportunidad. Incluso, técnicamente no se trata de piratería, pues no ocurre en aguas internacionales. Pero la más preocupante se realiza en altamar por redes de crimen organizado muy bien equipadas, que se valen de Sistemas de Posicionamiento Global, se comunican entre sí con teléfonos satelitales, hacen sus ataques en varias lanchas rápidas y llegan a utilizar armas automáticas, misiles antitanques, lanzacohetes y granadas, en operaciones de precisión militar.

Terrorismo en alta mar

Piratas y terroristas han operado durante mucho tiempo en los mismos territorios, como el mar Arábigo, el sur de China o África occidental. En algunos casos, la piratería también se ha contaminado de ideología al convertirse en una táctica de los grupos terroristas, bien sea para financiarse o para alcanzar su agenda política.

Sin ir muy lejos, uno de los antecedentes directos de los atentados del 11 de septiembre de 2001 fue el ataque suicida contra el USS Cole, perpetrado por Al Qaeda en lanchas de alta velocidad en octubre del 2000 en Yemen, muy cerca del problemático mar de Somalia. Aquel ataque costó las vidas de 17 marinos norteamericanos y, según reportes de las agencias de inteligencia, muchos otros han sido evitados. En Indonesia, el Movimiento para la liberación de Aceh, un grupo islámico separatista, aprovecha la baja velocidad a la que pasan los barcos por el Estrecho de Malaca para secuestrarlos y cobrar rescates de unos 100.000 dólares, para financiar su lucha.

Este paso, que separa Indonesia de Malasia, es un lugar especialmente vulnerable. Se calcula que un cuarto del comercio mundial pasa diariamente por esa franja que en algunos pasajes no supera los 2,5 kilómetros. Es un territorio infestado de piratas y ha habido reportes de cómo Jemaah Islamiyah, otro grupo terrorista indonesio ligado a Al Qaeda, ha estudiado un ataque. En términos estratégicos, algo similar se podría afirmar del estrecho de Ormuz, en el golfo pérsico, por donde pasan a diario 15 millones de barriles diarios de petróleo, o de Bab el Mandeb, la entrada al mar Rojo, por donde navegan los barcos que cruzan el canal de Suez.

El mar puede ser el talón de Aquiles para el comercio global. Como alertaba un artículo de Foreign Affairs, "Este nexo entre piratería y terrorismo es especialmente peligroso para los mercados energéticos: la mayoría del petróleo y el gas en el mundo es enviada a través de las aguas más infestadas de piratas en el mundo". Quizás el mejor ejemplo es Nigeria, el mayor productor de petróleo de África y el quinto proveedor del mercado estadounidense. Sus costas son otra de las 'zonas rojas' de la piratería mundial. Desde hace tiempo, los analistas han advertido que estos estrechos, o algún puerto importante, se podrían atacar con una nave cargada de explosivos u otro tipo de arma de destrucción masiva, lo que daría un golpe brutal a la economía mundial. En el mundo hay unos 4.000 buques tanqueros. Atacar uno solo es insignificante, pero la gran mayoría tiene que pasar por estos cuellos de botella, donde un barco ardiendo, o derramando petróleo, podría ser suficiente para bloquear toda una ruta comercial. En este contexto, la piratería, con el secuestro y el robo de embarcaciones, constituye una seria amenaza. Eso sin contar la posibilidad de ataques simultáneos, un escenario que hoy puede parecer ciencia ficción. Tal como los ataques a las torres gemelas lo podían parecer la víspera del 11 de septiembre de 2001.
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