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| 4/28/1986 12:00:00 AM

LOS RECURSOS DE REAGAN

Derrotado en la Cámara, el Presidente norteamericano se saca a Honduras de la manga en su decisión de acabar con los sandinistas

No muy original, pero estrictamente ajustado a la verdad, fue el comentario de Patrick Buchanan, director de comunicaciones de la Casa Blanca, sobre la derrota sufrida por su gobierno en la Cámara de Representantes en torno a la ayuda a los "contras" nicaraguenses: "Hemos perdido una batalla, pero no hemos perdido la guerra", dijo Buchanan. La votación en la Cámara había sido de 222 en contra de los 100 millones de dólares ofrecidos por el presidente Ronald Reagan a los "contras", y sólo 210 a favor. Pero en 48 horas todo había cambiado.
Porque, tal como lo preveía Buchanan, la guerra siguió. Sólo que esta vez reventó inesperadamente por el lado de Honduras, donde los "contras" tienen sus campamentos.
Según la Casa Blanca, el Ejército sandinista invadió con 1.500 hombres el territorio hondureño para atacar tales campamentos, y de inmediato los Estados Unidos concedieron a Honduras un crédito especial de 20 millones de dólares para repeler a los sandinistas, y anunciaron la organización de un "puente aéreo" en aviones norteamericanos para llevar tropas desde Tegucigalpa a la región afectada, El Paraiso, sobre la frontera con Nicaragua. Según la administración norteamericana, la ayuda de emergencia se otorgó en respuesta a un "urgente pedido" del presidente hondureño, José Azcona. Azcona negó que hubiera pedido nada, pero agregó que de todos modos aceptaba el dinero. Nicaragua, entre tanto, negó enfáticamente que su Ejército hubiera pasado la frontera, y aseguró que se trataba de una "provocación artificial" y de una "nueva mentira" del gobierno de Reagan .
No sería, en efecto, su primera mentira en los cinco años de la crisis centroamericana. Es precisamente por haber abusado de ellas que sufrió en la Cámara el revés de la semana pasada. Así como hace un año el presidente Reagan afirmó que el Papa le había pedido personalmente que ayudara a los "contras" con 27 millones de dólares, y el Vaticano se vio obligado a desmentirlo esta vez acumuló tal número de inexactitudes en su discurso por la televisión para forzar al Congreso a apoyar su política que los desmentidos le llovieron hasta de su propia administración. Dijo que todos los páises latinoamericanos aprobaban el proyecto-saltándose a la torera la posición de los países del Grupo de Contadora y del Grupo de Apoyo, que representan a la mayoría del continente. Afirmó que Nicaragua armaba guerrilleros en media América Latina, citando países en donde hoy no existen las guerrillas -como Uruguay y Argentina-, citando a Colombia-el caso, desmentido por el Canciller, de las armas del Palacio de Justicia-, y citando al Brasil, cuyo gobierno salió de inmediato a decir que eso no era verdad. Y en cuanto a la denuncia, dirigida a la fibra sentimental de los padres de familia norteamericanos, de que el gobierno nicaraguense participaba en el tráfico de drogas, quien se encargó de desvirtuarla fue nada menos que la propia DEA norteamericana.
Pero se trata solamente de una batalla, no de la guerra. La guerra sigue, y el presidente Reagan está dispuesto a darla, con todas las probabilidades de salirse con la suya. El episodio de la invasión sandinista a Honduras, por ejemplo, ya ha empezado a rendirle dividendos: el presidente de la Cámara, Tip O'Neill, que había encabezado la oposición a la ayuda a los "contras", lo calificó escandalizado de "agresión de una nación contra otra". Este nuevo estado de espíritu se reflejará sin duda en la votación sobre la ayuda en el Senado, y en la segunda vuelta que debe hacer la Cámara a mediados de abril. A Reagan le basta con que cambien de opinión siete parlamentarios para que su iniciativa sea aprobada, y ya la ha endulzado con la promesa de una demora de noventa días en la entrega de dos tercios del dinero para los "contras" .
Por lo demás, los recursos de un Presidente de los Estados Unidos son muchos, como lo acaba de mostrar una vez más la repentina ayuda a Honduras, que no requiere la aprobación parlamentaria. Y tampoco sería la primera vez que un Presidente adelanta una guerra a espaldas del Congreso, o inclusive mintiéndole: así empezó la del Vietnam, y los Estados Unidos llegaron a tener allá una fuerza expedicionaria de medio millón de hombres sin que el Senado llegara nunca a hacer una declaratoria formal de guerra: era una guerra presidencial.
Pero lo más importante es que en lo que toca al fondo del problema nicaraguense los parlamentarios norteamericanos están de acuerdo con su Presidente, y la población también.
Como señala el New York Times en un reciente editorial a raíz del voto en la Cámara, "lo que une a los norteamericanos es el miedo de que una segunda tiranía comunista eche raíces en el hemisferio. Lo que los divide es lo aconsejable de usar la fuerza en una región en donde las intervenciones del pasado son un feo recuerdo". No son los fines que persigue Reagan -acabar con los sandinistas- los que despiertan resistencias, sino sus métodos.
Por una parte, su retórica: acusar de "procomunistas" y de "antipatriotas" a quienes critiquen a su gobierno, y comparar a los "contras" con "el equivalente moral de los Padres Fundadores" de los Estados Unidos (Washington, Jefferson, Franklin...) cuando son los esbirros de la dictadura de Somoza (doce de los trece comandantes de la "contra" son antiguos oficiales de la Guardia somocista) que, por añadidura, no han ganado una sola batalla. Y por otra parte, la obstinación presidencial en no ver otro camino que el militar.
A sabiendas de que los "contras" son incapaces de ganar su propia guerra, por muchos millones de dólares que reciban, muchos norteamericanos temen que la intervención directa de sus tropas resulte a la larga inevitable. Y no quieren que, por evitar una "segunda Cuba", Reagan los embarque en un "segundo Vietnam".
Por todo eso -la obstinación de Reagan, sus recursos presidenciales, el acuerdo en torno a sus fines- tiene razón el presidente nicaraguense Daniel Ortega cuando declara a la revista Time, comentando el voto contra los "contras": "Nada ha cambiado. No tenemos razones para aplaudir. La amenaza contra Nicaragua sigue estando ahí".


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