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| 5/7/2017 2:44:00 PM

Francia y el malestar social que deberá enfrentar Macron

El nuevo presidente de Francia tendrá que atraer sectores que no lo apoyaron en las elecciones. Atacar el desempleo y recuperar el rumbo económico son los retos que demandan los franceses.

Las elecciones presidenciales que acaban de dar la victoria al joven Emmanuel Macron, un outsider sin partido y relativamente nuevo en política a pesar de su paso por el ministerio de economía durante el mandato del saliente François Hollande, constituyeron un sacudón sin precedente en la vida política de la República. Quedará una expresión para dar cuenta de ello: a pesar de que la primera vuelta fue organizada el 23 de abril de 2017, la fecha fue rebautizada como “42 de abril”, es decir, 21 de abril multiplicado por 2.

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El 21 de abril, era el del año 2002, cuando por primera vez, el Frente Nacional (FN) de extrema derecha logró calificarse para la segunda vuelta, eliminando el Partido Socialista (PS), la principal formación de la izquierda de gobierno que había representado este sector en la segunda vuelta desde 1974.

En la aquella ocasión, fue eliminado no sólo el PS sino también el partido de la derecha, Los Republicanos (LR), que bajo distintos nombres, había agrupado a los herederos del general De Gaulle desde la fundación del régimen en 1958.

A pesar de representar una corriente crítica de las orientaciones del presidente saliente en el seno del PS, su candidato designado por elección interna, Benoit Hamon, fue víctima de la impopularidad de un gobierno que no supo adoptar una dirección política clara para atacar el problema de un desempleo estructural, que sufre un 10% de la población, y hasta 25% de los jóvenes.

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Esta impopularidad ya había conducido François Hollande a renunciar a pelear por un segundo mandato al final de 2016, y a la derrota de su primer ministro Manuel Valls en la interna frente a Hamon. El PS terminó desmoralizado y dividido, con un muy bajo 6,4%, el peor resultado registrado por esta formación en una primera vuelta presidencial.

Por su parte, el candidato de la derecha, François Fillon, considerado como el favorito hasta tres meses antes del escrutinio, perdió mucho apoyo y credibilidad a raíz de revelaciones sobre presuntos empleos ficticios ocupados por su esposa y sus hijos como asesores parlamentarios suyos.

El asunto provocó mucho revuelo en su partido, pero a pesar de que varias personalidades le quitaron el apoyo, Fillon decidió seguir con su candidatura. Obtuvo finalmente un insuficiente 20% que no le permitió llegar a la segunda vuelta y deja su partido sin líder.

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Los que aprovecharon el fracaso de los partidos tradicionales son en primer lugar el no tan novedoso pero siempre crítico Frente Nacional, un partido activo desde los años 1970 que ha venido creciendo sobre la base de un núcleo duro de electores identificados con la derecha radical nacionalista y xenófoba, pero que ha sabido, bajo el liderazgo de Marine Le Pen, hija del fundador Jean-Marie Le Pen, abrirse a nuevos sectores descontentos con la clase política tradicional.

El FN llegó a su máximo histórico en primera vuelta con un 21,3% capitalizando los miedos y frustraciones suscitados por una situación económica mediocre y la ola de atentados que sufrió Francia por parte del terrorismo islamista. Sin embargo, vale la pena anotar que Marine Le Pen no logró del todo capitalizar el descontento y la voluntad de cambios. De hecho, las encuestas indican que estuvo cayendo en las intenciones de voto a medida que se desarrollaba la campaña, ya que llegó a registrar hasta 27% tres meses antes del escrutinio.

En el registro del voto protesta, Marine Le Pen tuvo en efecto que competir con la candidatura de Jean-Luc Melenchon, candidato de izquierda radical con movimiento propio y apoyado por el Partido Comunista y todo un conjunto de organizaciones y movimientos sociales. Melenchon logró recuperar un amplio sector de decepcionados de la izquierda, crítico de las orientaciones liberales en economía del gobierno PS. Con un 19,6% de los votos, Melenchon fue posiblemente la mayor sorpresa de las elecciones, gracias en particular a un buen desempeño en los debates.

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Emmanuel Macron llegó finalmente a la cabeza de esta primera vuelta con un 24%. Frente al descalabro de los partidos tradicionales y el auge de los dos extremos del espectro político, su candidatura fue el refugio de los electores de centro-izquierda y centro-derecha. Supo presentarse como una opción nueva gracias a su juventud y su corta trayectoria política, manteniéndose en una posición estratégica del ajedrez político. Atrajo a muchos electores socialistas aterrados por el auge del Frente Nacional, y otros de centro-derecha, distanciándose del gobierno saliente del cual había sido ministro, y presentándose como un hombre que había querido hacer reformas económicas que sus colegas no le dejaron hacer. Este posicionamiento ambiguo entre la izquierda y la derecha logró el cometido de atraer a los decepcionados de ambos campos, que tampoco se reconocían en las opciones juzgadas demasiado extremistas de Le Pen y Melenchon.

En este contexto, la victoria final de Macron era la opción más probable desde la noche de la primera vuelta. Como Jacques Chirac en frente de Jean-Marie Le Pen en 2002, Macron recibió la adhesión de la casi totalidad de las fuerzas y personalidades políticas (incluyendo François Fillon y Benoit Hamon) ante la posibilidad de una victoria de Le Pen, cuyo posicionamiento radical sigue produciendo un rechazo en la mayoría de la sociedad francesa. No obstante, los resultados finales muestran el desgaste de la estrategia del “frente republicano” contra la extrema derecha. Si en 2002 el Frente Nacional había sido aplastado en segunda vuelta por 82,2% vs 17,8%, su derrota de domingo es clara pero no tan contundente como hace 15 años (35% contra 65% para Emmanuel Macron).

Al final, la estrategia de “desdemonización” del FN que Marine Le Pen emprendió desde su llegada a la presidencia del partido, evitando las declaraciones racistas o antisemitas que habían sido la marca de su padre, trajo indudables frutos. Ya las personas dispuestas a votar por cualquier opción para contrarrestar el Frente Nacional no constituyen una mayoría tan apabullante como antes. La actitud ambigua de Melenchon y sus partidarios, que llamaron a no votar Marine Le Pen, pero dejaron a sus electores sin posición fija entre la abstención, el voto blanco o el voto Macron, es muy ilustrativa de este desgaste. También lo fue la posición de Nicolas Dupont-Aignan candidato disidente de la derecha quien obtuvo 4,7% en primera vuelta, y anunció su apoyo a Marine Le Pen para la segunda vuelta, provocando una ola de críticas en su movimiento y en el conjunto de la derecha.

Si la victoria de Macron muestra que “el sistema” aguantó la embestida del radicalismo antisistema, deja muchos interrogantes para el porvenir del país.

En lo inmediato, las elecciones legislativas del próximo mes darán indicaciones sobre la forma en que se va a recomponer el paisaje político. Con un movimiento joven y poco implantado nacionalmente, Macron tendrá probablemente dificultades en encontrar una mayoría por sí sólo. Esto lo llevará a constituir coaliciones o con fuerzas de derecha o con fuerzas de izquierda. Los partidos tradicionales, por su parte esperan reponerse de su derrota gracias a un escrutinio legislativo que les favorece mucho más que el presidencial. La tarea parece más fácil para LR que para el PS, que sale profundamente dividido del episodio, y que tendrá que resistir al empuje del movimiento de Macron a su derecha y de Melenchon a su izquierda.

Dada la naturaleza del sistema mayoritario de las parlamentarias, la izquierda dividida está amenazada de una casi desaparición del espectro político. Finalmente, habrá que ver si el Frente Nacional es capaz de transformar su auge en una nutrida bancada en el Parlamento, en una elección que tradicionalmente no lo favorece.

A más largo plazo, el desafío de Emmanuel Macron es enorme. Se enfrenta a un malestar social profundo, y tendrá que convencer que tiene en efecto soluciones novedosas para reencontrar la senda del crecimiento económico y atacar el desempleo. Para eso, tendrá que desprenderse de la imagen de candidato del sistema que le pegó Marine Le Pen para demostrar que puede llevar a cabo reformas innovadoras para Francia, y también para Europa. Con las críticas de Le Pen y Melenchon a la Unión Europea, el bloque no puede quedar indiferente y tendrá que responder también a las inquietudes que se manifestaron en estas elecciones con profundas reformas.

*Profesor de la Universidad del Rosario.

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