Martes, 2 de septiembre de 2014

Nicolás Maduro. Aunque muchos venezolanos saben que Maduro nunca le llegará ni a los talones a Chávez, tiene opciones para ganar a pesar de sí mismo. La maquinaria del PSUV le garantiza el triunfo a él o a quienquiera que Chávez hubiera escogido. Foto: AFP / Catalina Lobo-Guerrero

| 2013/04/06 08:00

Maduro: me lo dijo un pajarito

Con su retórica, Maduro no ha convencido de que puede llenar los zapatos de Chávez.

Esta es una elección cantada. Así lo dicen los chavistas convencidos en Venezuela. Pero la otra mitad del país, desilusionada por las sucesivas derrotas que ha sufrido en las urnas en tantos años, está empezando a entusiasmarse en los últimos días, con la posibilidad de ganar por una única razón: Hugo Chávez Frías, el político popular que entonaba versos llaneros para deleitar a sus seguidores, ya no aparecerá en el tarjetón. Y Nicolás Maduro, el candidato del oficialismo, sabe silbar, pero no canta un joropo.


De eso no quedó duda el pasado martes 2 abril, cuando comenzó oficialmente su gira nacional en Sabaneta, un pueblo en el llanero y fértil estado Barinas, donde nació Chávez. Allá se reunió con los hermanos del fallecido presidente, quienes lo bautizaron “Nicolás Chávez Frías Maduro” en un show de televisión transmitido al país desde el patio de la casa donde creció el comandante, y desde donde dijo que el espíritu de Chávez se le había aparecido en forma de un “pajarito chiquitico”, para darle la bendición en esta campaña.


Al terminar el programa, Maduro se fue sin darse su bañito de pueblo, como se lo exigían molestos los habitantes de Sabaneta, y partió a Barinas, la capital del estado, a 30 minutos de allí, donde lo esperaban otros chavistas para un discurso. En la tarima, ayudado por un asistente que le recordaba los puntos a tratar, le pasaba una botella de agua y un pañuelo para secarse el sudor, recordó la historia del país, prometió más misiones y “la paz”. 


Tildó a Capriles de “caprichito, burguesito”, y con tono de profesor regañón, dio la orden de transmitir, dos veces, el video de Chávez nombrándolo como sucesor y luego pidió el de Lula, recomendándole a los venezolanos que votaran por él, en un portugués que sonaba a chino por los parlantes. Solo abandonó el “protocolo” cuando se arriesgó a zapatear a ritmo de joropo y silbó como pájaro, pero no cantó, a pesar de que la gente se lo pedía a gritos. Las comparaciones son odiosas, pero algunos de los chavistas que asistieron al acto, no pudieron evitarlo. “Chávez era inigualable”, dijo una mujer con la cara larga. 


Veinticuatro horas después del desinflado acto del candidato del gobierno, llegó Henrique Capriles a Barinas. Como toda una celebridad, recorrió seis cuadras a bordo de una pick-up, regalando besos y gorras por los aires. Al llegar a la tarima central, se puso la camiseta deportiva del equipo local, y luego de cantar el himno hizo lo de siempre: denunció las promesas incumplidas del chavismo.


No le faltaron los ataques a Maduro, a quien llamó “mentira fresca” y de quien dijo tenía pajaritos en la cabeza. (Antes de que su contrincante mencionara lo del pajarito ya lo llamaba “Toripollo”, cabeza de pollo y cuerpo de toro). Prometió acabar con los problemas económicos del país y la inseguridad, pero se cuidó de no atacar a Chávez en su tierra, donde reconoció que el presidente tenía muchos seguidores. “Vota con tu corazón, pero no cierres los ojos, mi hermano”, les dijo a los barinenses que lo aplaudieron, antes de despedirse bendiciéndolos con un apostólico “amén”, mientras estallaba una lluvia de papelillos tricolor y fuegos pirotécnicos.  


Si la energía de ambas concentraciones se tradujera en votos, Capriles tendría con qué ganar, al menos en Barinas, donde el amor por el presidente Chávez no se extiende ni siquiera a su familia de sangre, que ha gobernado el estado por más de diez años con resultados cuestionables. Pero si algo quedó demostrado en las pasadas elecciones es que el entusiasmo callejero no asegura el triunfo. Y aunque el candidato de la oposición esté dispuesto a dejar “hasta el pellejo” en esta “lucha espiritual”, como un mártir religioso, el más opcionado para ganar las elecciones es Maduro, a pesar de sí mismo.


Las encuestas le dan al oficialista diez puntos o más sobre Capriles. Estas mediciones recogen las percepciones tras la muerte del presidente y la Semana Santa, eventos que despertaron una mezcla de fervor religioso-político que puede haber influenciado en un inicio esta campaña, pero que podría decantarse. El problema, para la oposición, es que no habrá tiempo. Los votantes acudirán a las urnas el domingo 14 de abril, una fecha simbólica para el chavismo, porque conmemora el regreso de Chávez tras el golpe de abril de 2002. 


Y así, como en todas las elecciones de los últimos 14 años, estas terminarán siendo un referendo sobre el comandante y su legado, y serán la primera prueba para el chavismo sin Chávez. La maquinaria del partido de gobierno, el PSUV, debería garantizar el triunfo de Maduro, o de cualquier otro sucesor escogido por Chávez. 


El oficialismo se ha especializado en organizar a sus bases para que voten si no quieren perder los beneficios del gobierno o sus trabajos con el Estado, el principal empleador en muchas regiones. La oposición nunca ha podido contrarrestar esto, pues no ha logrado organizar testigos en todos los puestos de votación y porque las investigaciones que denuncian ante los organismos de control, regidos por chavistas, no prosperan. Esto es muy delicado si uno de los dos bandos no gana con amplia mayoría.


Por eso tanto oposición como oficialismo están haciendo un masivo llamado a votar y cuentan con que los abstencionistas del bando contrario colaboren a sus propósitos. Los chavistas están pidiendo 10 millones de votos como regalo para el comandante, que nunca logró esa cantidad, y esperan que ante el fervor por su muerte los opositores den la batalla por perdida. 


La oposición, a su vez, espera que como “Nicolás no es Chávez”, los chavistas menos ideologizados decidan no votar por alguien incapaz de calzar los zapatos del comandante. Calculan que el PSUV sin Chávez nunca ha logrado más de 6 millones de votos, y aspiran a mantener, al menos, sus 6 millones y medio de las pasadas elecciones.


Queda una semana para esta elección histórica, por muchas razones, pero sobre todo porque Chávez logró reducir la historia de su país a su biografía personal, como señala el ensayista Enrique Krauze. La otra opción, liderada por un hombre de 40 años que no se cansa de recitar “progreso y futuro” en su discurso, irónicamente representa, según el relato que el gobierno ha construido, el regreso al pasado. “No volverán” es la consigna contra el supuesto retorno a la Cuarta República, la era anterior a Chávez, que según el gobierno estuvo al servicio de oscuros intereses imperialistas y maltrató al pueblo. 


Pero esa misma historia es la que tiene anclados a millones de venezolanos en una revolución que lleva 14 años en el poder, que indiscutiblemente cambió al país porque reivindicó por primera vez los derechos de los más pobres, pero cuyas promesas de futuro hoy suenan a cantos de sirena. 

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