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| 5/18/2002 12:00:00 AM

Mal perdedor

Carlos Menem se retiró de las elecciones presidenciales causando el mayor daño posible a la gobernabilidad del nuevo presidente, Néstor Kirchner. Sus retos son grandes

Ni la más previsible de las elecciones pudo terminar de modo previsible. La renuncia, el miércoles pasado, de Carlos Menem a participar en la segunda vuelta electoral precipitó la proclamación de Néstor Kirchner como nuevo presidente de la Argentina, quien asumirá el próximo 25 de mayo.

La sensación en las calles de Buenos Aires era de que la gente se quedó con las ganas. Menem no les dio el gusto de enterrarlo en una montaña de votos adversos. Las encuestas ya habían dado su veredicto: de realizarse el ballottage Menem perdería por más de 40 ó 50 puntos.

Demasiado para un hombre que no sabe perder. Demacrado y adolorido, hizo todo lo posible para que su último acto político fuera una larga tomadura de pelo, robándole los titulares al verdadero triunfador. Es la primera vez en el mundo que un ganador de primera vuelta se retira antes de la segunda.

Con su renuncia Menem le arrebató a Kirchner un triunfo espectacular, pues las últimas encuestas le daban un 78 por ciento de los votos, con el ex presidente perdiendo hasta los votos de la primera vuelta. Como dijo a SEMANA el analista Rosendo Fraga, el gobernador de Santa Cruz iba a obtener "el máximo porcentaje alcanzado en una elección, dado que sólo Irigoyen y Perón en sus reelecciones superaron el 60 por ciento".

Ahora Kirchner será el presidente con menos votos en la historia. "Desde el punto de vista institucional la decisión es gravísima: genera una situación de deslegitimación de Kirchner asumiría habiendo perdido la primera vuelta y con apenas 22 por ciento de los votos en un contexto de suma debilidad", opinó a SEMANA el decano de ciencias sociales de la Universidad de Buenos Aires, Federico Schuster.

Sin embargo el problema de la gobernabilidad no viene por ahí, porque es un hecho que Kirchner iba a ganar por goleada en el ballottage. Los problemas de la gobernabilidad son el 60 por ciento de pobres, el 30 por ciento de indigentes y el 17 por ciento de desempleados, el extremo desprestigio de las instituciones y la desconfianza generalizada en la vieja política. Estos son los desafíos que Kirchner deberá enfrentar.

SEMANA habló con el vicepresidente electo, Daniel Scioli, cuando se esperaba la renuncia de Menem y le preguntó por la "gobernabilidad": "La gente lo que quiere es ver para volver a creer, ver las primeras acciones del gobierno, eso es lo que va a dar la gobernabilidad y el respaldo. Aquí hubo gobiernos que ganaron con un porcentaje muy alto de votos y vieron diluido su poder rápidamente porque no dieron respuesta a las demandas de la sociedad, y también puede suceder lo contrario".

Kirchner pateó de entrada. Su discurso ante la renuncia de Menem desató la desaprobación de los medios financieros cuando dijo que la maniobra del ex mandatario era "funcional a los intereses de grupos y sectores del poder económico, que se beneficiaron con privilegios inadmisibles al amparo de un modelo de especulación financiera y subordinación política".

"Empezó con el pie izquierdo", expresó preocupado un empresario, que consideró el mensaje de Kirchner "sesentista". "Que sea como Lula, pero no como Chávez", formuló Cristiano Ratazzi, presidente de Fiat. "Es un discurso retrógrado y preocupante y para decir lo que dijo habría sido mejor que se callara", sentenció otro directivo..

La opinión no siente lo mismo. Por primera vez en años se empieza a notar cierto optimismo. Los pequeños empresarios, beneficiados con la sustitución de importaciones y el dólar alto, esperan que el nuevo gobierno los ayude y existe una cierta expectativa de la población empobrecida.

Una encuesta de Enrique Zuleta Puceiro indica que 76,7 por ciento de los interrogados cree que se terminó la política económica menemista. Según otro sondeo de opinión de Mora y Araújo, 42 por ciento de la gente piensa que la economía va a mejorar. Por último Kirchner, que hasta hace poco era una figura de poco peso nacional, lidera el ranking de políticos con imagen positiva.

El nuevo presidente deberá demostrar de entrada que el corte con la década anterior no es demagogia, tomando medidas inmediatas para combatir la desocupación y la pobreza, con un país en cesación de pagos y unos acreedores que muestran los dientes dispuestos a cualquier cosa para cobrar.

Kirchner lanzará un ambicioso plan de obras públicas en el norte del país, en la provincia inundada de Santa Fe y en el Gran Buenos Aires, los lugares con más altos índices de pobreza, y preparará una reforma educativa y una impositiva para controlar la evasión.

En política internacional se va hacia la creación de un polo alrededor del Mercosur, pues Luiz Inacio Lula da Silva, de Brasil; Ricardo Lagos, de Chile, y Kirchner, comparten la posición de fortalecer la región para negociar en otra relación de fuerzas con Washington y con los acreedores externos.

Lo fundamental serán las alianzas -tácitas o explícitas- que Kirchner deberá tejer para construir un gobierno, reflejando la mayoría virtual de esos dos tercios de la población que no pudieron votar contra Menem el 18 de mayo. Desde abajo, desde su modesto 22 por ciento, el nuevo presidente de los argentinos está obligado a buscar consensos para hacer el país gobernable y calmar las angustias de una sociedad que ha sufrido demasiado. Otros presidentes se durmieron en los laureles, despilfarraron sus votos de origen y licuaron su poder en poco tiempo. ¿Sucederá esta vez lo contrario?
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