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| 10/11/2014 10:00:00 PM

Malala, una niña muy grande

La paquistaní Malala Yousafzai, de 17 años, es la ganadora del Nobel de Paz más joven de la historia.

Con apenas 17 años Malala Yousafzai ha vivido más que un viejo de 70: a los 14 sobrevivió a un intento de asesinato; a los 16 publicó un best-seller y esta semana se convirtió en la galardonada más joven en recibir el Nobel de Paz. Con semejante historial, cualquier pensaría que la niña paquistaní tuvo que renunciar a la muñecas para madurar a la fuerza, pero la verdad es que para ella la lucha por la educación de las mujeres es irrenunciable, casi como una obligación con la que nació. “Estoy entregada a esa causa y creo que puedo dedicarle mi vida entera. No me importa el tiempo que me lleve”, le dijo al diario El País de Madrid en un reportaje de octubre pasado, cuando también estuvo en la baraja de candidatos al premio.

Este año el comité noruego finalmente decidió otorgarle ese reconocimiento por “demostrar con su ejemplo que los niños y jóvenes también pueden mejorar sus propias situaciones aun bajo las circunstancias más peligrosas”. Malala comparte el honor con el activista indio Kailash Satyarthi, quien ha liderado varias manifestaciones pacíficas en su país para oponerse a la explotación infantil (ver recuadro). Ambos, según el jurado, están contribuyendo a que la “fraternidad entre naciones” sea una realidad, uno de los criterios que Alfred Nobel, el creador del premio, menciona en su testamento.

Si bien Malala ha tenido que lidiar con la presión mediática desde muy joven, llevar a cuestas un Nobel de Paz no es un asunto de poca monta. Desde que se empezó a entregar en 1901, la edad promedio de los ganadores era de 61 años, pues se necesitaba toda una vida dedicada a un solo objetivo. La joven paquistaní ni siquiera ha sacado la cédula de ciudadanía y ya tiene asegurada una página en la historia. A ella, sin embargo, la fama la tiene sin cuidado. “Cuando veo a toda la gente de Paquistán que está sufriendo el terrorismo, entonces no puedo dejar de pensar, ‘Malala, ¿por qué esperas a que otro se haga cargo? ¿Por qué no lo haces tú, por qué no hablas tú a favor de sus derechos y de los tuyos?’ Yo empecé mi lucha a los 10 años”, añade.

Su historia efectivamente comenzó en 2007 cuando decidió escribir un diario para denunciar las arbitrariedades que cometían los extremistas en su comarca, el valle del Swat, al noroeste del país. Porque, como ella misma lo ha descrito, si a los niños de cualquier parte del mundo los asustan los monstruos o los vampiros, a ella y sus compañeras las aterraban los talibanes. “Hoy han emitido una fatua que prohíbe ir a la escuela a todas las niñas. Solo asistieron a clase 11 de las 27 alumnas”, se lee en uno de los fragmentos que luego publicó en forma de blog la página de la BBC, en urdu, bajo el pseudónimo de Gul Makai. No tardó en difundirse su identidad y a los 12 años, Malala ya era una activista reconocida por el gobierno que se dedicaba a dar conferencias por todo el país.

Pero la notoriedad, en lugar de blindarla, por poco le cuesta la vida. Sus frases a favor de la educación de las mujeres enardecieron a los talibanes y exactamente hace dos años, el 9 de octubre de 2012, intentaron asesinarla en el bus del colegio que la llevaría de vuelta a casa. Ese día le dispararon en la cabeza y el cuello, y tuvo que someterse a varias cirugías reconstructivas. En una muestra de resiliencia y coraje, la niña regresó a estudiar apenas cinco meses después del atentado en una escuela de Birmingham, adonde se mudó con su familia.

En lugar de silenciarla, los extremistas lograron el efecto contrario. Malala se volvió un ícono internacional con portadas en las revistas más prestigiosas y reuniones con los hombres más poderosos del planeta. Los homenajes tampoco han faltado y el año pasado la Asamblea General de la ONU declaró su cumpleaños, el 12 de julio, el día de Malala. Hija de una pareja de profesores, cuando era más pequeña, soñaba con ser médica. Ahora está determinada a cambiar el mundo y por fortuna, como ella misma dice, ahora su voz se escucha en “todos los rincones”. “Yo no solo quiero ser política, sino líder también –le reveló a El País–. El pueblo en Paquistán anda descaminado, están divididos en muchos grupos (…). Quiero hacer que toda esa gente se una, quiero que Paquistán sea uno solo, quiero ver la igualdad entre todos y la justicia”.

Su historia, además de ser la de una niña que con su voz aún infantil se enfrenta a los malos, es sobre todo la de un país que lucha por conciliar fuerzas opuestas como los islamistas radicales y aquellos con una visión más progresista. Por eso, para Malala más que un enorme peso sobre los hombros, el Nobel es una oportunidad. “Este premio no es solo un pedazo de metal que recibes para luego guardar en tu habitación –dijo poco después de la entrega–. Es un reconocimiento que me anima a seguir adelante, a creer en mí”. Menos mal, el mundo ya cree en ella.

El Gandhi de los niños

El indio Kailash Satyarthi fue reconocido por sus esfuerzos contra la esclavitud infantil durante 28 años. El activista gestó y lidera el movimiento Global March, que lucha para terminar con el trabajo infantil. En India, Satyarthi creó el movimiento Bachpan Bachao Andolan que ha rescatado a más de 80.000 niños del yugo de la explotación, de la servidumbre forzada y de la trata. Ingeniero informático de profesión, Satyarthi lideró varias campañas para hacer de la educación un derecho constitucional en la India, de manera que todos pudieran acceder a ella gratuitamente a partir de 2009. El comité Nobel destacó su liderazgo en “varias formas de protesta y manifestación, todas pacíficas, centrándose en la grave explotación de los niños para obtener beneficios financieros”.
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