Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/04/21 00:00

Mañana sangrienta

La tragedia de la Universidad Virginia Tech vuelve a poner sobre el tapete la controversia sobre el control de armas en Estados Unidos.

A pesar de su apariencia aniñada, Cho era un personaje aterrador

Todo comenzó muy temprano. Eran apenas las 7 de la mañana del lunes pasado, cuando Cho Seung-Hui llegó al edificio de dormitorios West Ambler Johnston Hall, en el campus de la Universidad Estatal e Instituto Politécnico de Virginia, comúnmente conocida como Virginia Tech. Lo que haría ese día el estudiante surcoreano pasaría a los anales del horror y se convertiría en un nuevo motivo de controversia sobre las bases mismas de la sociedad norteamericana.

El muchacho, de 23 años, llegó vestido como un boy scout, con camisa caqui y pantalones cortos, y armado con dos pistolas, una Glock 9mm. y una Walter P22, armas semiautomáticas que en la mayor parte del mundo son de uso exclusivo de las autoridades, pero que había comprado fácilmente pocas semanas antes en una tienda especializada y en una casa de empeño. Asesinó primero a Emily Jane Hilscher, una muchacha atractiva, y a Ryan Clark, un consejero residente y miembro de la banda de guerra que aparentemente salió a ver qué sucedía y se encontró con una muerte inesperada.

Los disparos hicieron que la Policía del campus entrara en acción pero, como se demostraría muy pronto, sus movimientos resultaron lamentablemente equivocados. Unos testigos señalaron en ese momento que la muchacha asesinada había llegado poco antes al dormitorio con su novio, Karl D. Thornhill, estudiante en la cercana Universidad Radford, y se lanzaron a buscarlo, creyendo que la tragedia se limitaba a un problema pasional. Pero cuando por fin lo encontraron, y lo estaban interrogando, sonaron nuevos disparos. Esta vez los ruidos provenían de Norris Hall, el edificio de ingeniería. Habían pasado dos horas desde el incidente inicial. Comenzaba la mayor masacre en la historia de Estados Unidos.

Cho había tenido ese tiempo a su disposición para completar su plan. Al salir de West Ambler caminó hacia una oficina de correos para enviar un paquete a la cadena de televisión NBC. Se trataba de un video y varios documentos en los que dejó una especie de manifiesto en el que justificaba lo que estaba a punto de hacer. La cadena transmitió el material en una decisión que causó controversia, y su mensaje es sobrecogedor por el odio que demuestra hacia la sociedad norteamericana (ver recuadro). Hecho su macabro envío, regresó a su dormitorio en el edificio Harper Hall, listo para seguir con lo que evidentemente era un plan concebido con estremecedora frialdad.

Lo primero que hizo al entrar al Norris, a unos 400 metros de distancia, fue bloquear la puerta mediante una cadena que había comprado en Home Depot. Luego comenzó a recorrer el corredor, mientras asesinaba a todo el que se encontraba a su paso. No quería dejar sobrevivientes: cada una de sus 32 víctimas recibió dos o tres balazos, principalmente en la cara.

Cuatro salones de clase fueron atacados. En uno de ellos se desarrollaba una clase de alemán elemental. Los alumnos sobrevivientes contaron que llevaban un poco más de una hora de clase cuando alguien asomó la cabeza en la puerta, como si se tratara de un estudiante en busca de su salón. Pocos minutos después, irrumpió disparando. Los testimonios coinciden en que sus movimientos eran metódicos, que no musitó palabra alguna y que su rostro no mostraba la menor emoción. De pronto, el ruido de un disparo en la puerta del edificio le indicó que la Policía había llegado. Entonces procedió a suicidarse con un disparo en la cara. Hasta en eso su actuación pareció ensayada. Quedó tan desfigurado, que identificarlo tomó varias horas.

Los testimonios posteriores indicaron que a pesar de su apariencia aniñada, Cho era un personaje aterrador. Miraba con odio a todo el mundo, nunca hablaba con sus compañeros y sus escritos en la clase de literatura inglesa eran tan impresionantes, (ver recuadro) que muchos compañeros evitaban ir a clase para no encontrarse con él. Incluso por sus quejas estuvo momentáneamente en tratamiento siquiátrico en 2005, aunque nada fue suficiente para que fuera expulsado del claustro. Cuando supieron de los hechos, varios de sus compañeros pensaron que tenía que ser él.

Una sociedad armada

La tragedia ocurrida en Virginia Tech es una gota de vinagre sobre heridas ya abiertas, pues este tipo de hechos tiene un sello típicamente norteamericano. Como dijo a SEMANA Mike Males, investigador del Centro para la Juventud y la Justicia Criminal de San Francisco, California, "un individuo se siente alienado, irrespetado, rechazado, y explota masacrando gente inocente. Y al parecer, Estados Unidos sufre más de la mitad de este tipo de masacres en el mundo".

¿Se trató de un caso aislado o de una sociedad enferma? ¿Es ese sistema competitivo e individualista el caldo de cultivo para que el odio se apodere de personajes que descargan su frustración con una pistola? Lo cierto es que ninguno de los estudiantes que han perpetrado masacres de esta naturaleza pueden ser considerados un arquetipo de los millones de jóvenes estadounidenses, y que individuos perturbados existen en todas partes del mundo. Lo que diferencia a los desadaptados norteamericanos es que viven en una sociedad que venera las armas, que defiende su uso y que permite tenerlas prácticamente a cualquiera. Declaraciones como la de John Markell, dueño del almacén en el que Cho adquirió una de sus pistolas, resumen la argumentación imperante en el país: "Si las armas estuvieran permitidas en el campus, esto no habría ocurrido. Quizá habrían muerto una o dos personas, pero antes de que cayera la tercera, el asesino habría sido abatido por alguien".

Los estudios hablan de por lo menos 60 ó 70 millones de ciudadanos estadounidenses armados, que poseen un arsenal de más de 250 millones de armas, en un país que recientemente llegó a los 300 millones de habitantes. La cultura de las armas se remonta a los orígenes de la historia estadounidense, y el eterno debate en torno al derecho a tenerlas tiene como punto de partida una doctrina que está acreditada en la Constitución. La Segunda Enmienda, redactada en 1787, habla de "con una milicia bien regulada, necesaria para la seguridad de un Estado libre, el derecho de la gente a tener y portar armas no debe ser infringido". Doctrina que constituye el argumento fundamental del poderoso gremio armamentístico liderado por la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus iniciales en inglés)

Pero a pesar de que múltiples estudios estadísticos han señalado que la posesión de armas multiplica exponencialmente la posibilidad de una tragedia familiar, y de que actos como los de Virginia Tech suelen repetirse, los políticos de Estados Unidos rehuyen enfrentar el problema. Y detrás de ello está la poderosa NRA. Este lobby, cuyo presidente es el actor Charlton Heston y cuyo evangelio es la paranoia, se mantiene en una campaña permanente para convencer a los norteamericanos de que si no poseen un arma, están a merced de los antisociales.

Y la verdad es que la NRA tiene tanto éxito en la difusión de su mensaje, que el tema se mantiene al margen de la actividad legislativa. "La explicación es en parte económica y en parte resultado de un sistema político en el que la financiación es lo más importante. La NRA gasta mucho dinero en las elecciones y cultiva los candidatos desde el nivel más bajo", le dijo a SEMANA Rebeca Peters, directora de la Red Internacional Contra Armas Cortas (Iansa, por su sigla en inglés), desde su oficina en Londres. Males, autor del libro Niños y armas: cómo los políticos, los expertos y la prensa fabrican el miedo , sostiene que "los republicanos están muy unidos al 'lobby' pro armas y no irían en contra de sus intereses. Y los demócratas le tienen miedo al poder de este 'lobby' y se limitan a proponer reformas débiles". De hecho, durante el gobierno de Bill Clinton se puso en vigencia una restricción a la venta de rifles de asalto, del tipo del AK 47, cuyo uso civil es inconcebible. Y sus copartidarios demócratas atribuyen a esa medida no sólo la derrota de Al Gore en 2000, sino la pérdida del Congreso.

Iansa denuncia que también en instancias internacionales el clamor por reformas naufraga a causa de la intransigencia de Estados Unidos impulsada, de nuevo, por la NRA. El tema del control de armas cortas se discutió sin éxito durante junio y julio de 2006 en Naciones Unidas."Es una contradicción que Estados Unidos se oponga a todo, bloquee el proceso, y al mismo tiempo sea el país en el mundo desarrollado que más sufre el problema. Si ver 33 muertos en un día, y 30.000 muertos cada año no los convence, no sé qué los pueda convencer", agregó Peters.

Hace ocho años un país horrorizado reconstruía los hechos ocurridos en una escuela secundaria de Colorado y muchos pensaron que esa fatídica jornada propiciaría una profunda revisión a esta cultura de las armas. Nada significativo sucedió. La historia se repite y los canales de televisión se enlazaron la semana pasada para transmitir cómo el presidente George W. Bush se declaraba horrorizado. Pero en las palabras del hombre que dejó morir las tímidas restricciones impuestas durante el gobierno de Clinton no hubo una sola frase que cuestionara cómo Seung-Hui Cho, un muchacho grave y evidentemente perturbado, pudo comprar sus armas asesinas casi con la misma facilidad con la que se adquiere una camisa.

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