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| 12/23/2016 12:00:00 AM

Berlín: el terror no tiene fronteras

La masacre de 12 personas en la ciudad alemana y el asesinato del embajador ruso en Turquía demuestran que las amenazas de Isis y de Al Qaeda siguen vigentes. El temor es que comiencen a actuar en forma coordinada.

El lunes en la noche, un camión negro conducido por un tunecino inspirado por Isis irrumpió a toda velocidad en un mercado de Navidad en la plaza Breitscheidplatz de Berlín. Allí zigzagueó durante unos 100 metros entre los puestos de artesanías y de comidas rápidas. Su carrera mortal acabó con la vida de 12 personas, hirió de gravedad a otras 50 y dejó una estela de sangre y destrucción. Desde la Segunda Guerra Mundial, la capital alemana no había visto una carnicería de esa magnitud.

El mismo día, el embajador ruso en Turquía, Andrei Karlov, inauguraba una exposición de fotos en el Centro de Arte Contemporáneo de Ankara. Cuando apenas llevaba algunos minutos hablando, un policía de civil que custodiaba el evento desenfundó su arma y le disparó nueve veces por la espalda. Mientras su cuerpo yacía en el suelo, el asesino exclamó “Allahu Akbar” (Dios es grande, en árabe) y repitió varias veces en turco: “¡No olviden Alepo!”. Las autoridades encontraron en su residencia documentos que lo vinculan con Al Qaeda y el miércoles su filial en Siria, el grupo Al Nusra, reivindicó por Twitter el asesinato.

Pese a sus diferencias evidentes, estos ataques yihadistas comparten algunos puntos en común. Por un lado, ambos marcan un antes y un después en sus respectivos países, que han vivido un año particularmente convulsionado y seguirán en el ojo del huracán en 2017. Por el otro, ambos se deben a los recientes reveses sufridos por Al Qaeda e Isis en Alepo y Mosul, y responden a la estrategia yihadista de extender las guerras de Oriente Medio a las ciudades de Occidente. Sin olvidar el hecho de que hayan ocurrido el mismo día a una hora semejante, lo que ha reavivado el temor de que ambos grupos hagan un frente común.

Merkel contra las cuerdas

Pese a su brutalidad, el ataque de Berlín no sorprendió a las autoridades. Aunque Alemania no había registrado atentados como los de Francia o Bélgica (o España y Reino Unido hace una década), desde febrero este país ha sufrido una creciente cadena de ataques terroristas, dos de los cuales fueron ejecutados por refugiados. De hecho, la inteligencia alemana ya tenía en la mira al principal sospechoso del ataque del lunes, Anis Amri, desde principios del año por posibles vínculos con Isis e inclinaciones terroristas y sus comunicaciones estaban interceptadas desde septiembre. A su vez, las autoridades ya habían identificado los mercados de Navidad como un blanco fácil para los islamistas, y habían incluso detenido a un niño iraquí de apenas 12 años que tenía planes contra otra feria decembrina al sur del país.

Aunque la mayoría de los alemanes no profesa religión alguna, los símbolos del catolicismo están profundamente arraigados en la cultura local. Ese es el caso de las ruinas de la icónica iglesia del Recuerdo del Emperador Guillermo, que los berlineses dejaron en ese estado para nunca olvidar la Segunda Guerra Mundial, y al pie de la cual sucedió la masacre. Como en el atentado del 14 de julio (el Día de la Bastilla) en Niza, el verdugo escogió un blanco con un alto valor simbólico para magnificar el efecto mediático de una matanza que buscaba dejar el mayor número de víctimas posible. Previsiblemente, el efecto no tardó en sentirse en la esfera política.

“Estos son muertos de Merkel”, trinó el martes el eurodiputado Marcus Pretzell de Alianza para Alemania (AfD), el partido ultraderechista que este año multiplicó su caudal electoral por cuenta del rechazo a la política de puertas abiertas promovida por la canciller, Angela Merkel. De hecho, este partido entró a los Parlamentos federales en las elecciones de este año, en buena parte, por los ataques del 31 de diciembre de 2014, en el que decenas de refugiados robaron y atacaron sexualmente a múltiples mujeres en Colonia. Tras la masacre del lunes, creció el temor de que en 2017 la ultraderecha consiga aún más fuerza electoral y consiga varios escaños en el Bundestag (el Parlamento federal).

Paradójicamente, ese sería justamente uno de los objetivos de Isis, cuyos dirigentes no solo buscan radicalizar a los musulmanes de todos los países, sino a sus potenciales enemigos, con el fin último de desatar la guerra santa que, según ellos, les ordena el Corán. El hecho de que el principal sospechoso de la masacre sea justamente un refugiado encaja perfectamente en esa estrategia.

Erdogan, en las manos de Putin

Aunque el asesinato del embajador ruso en Turquía no se puede comparar con el horror de la masacre de Berlín, lo cierto es que la muerte de un diplomático de un país como Rusia a manos de un agente del orden de otro país es un hecho gravísimo. Por un lado, se trata de un incidente con muy pocos antecedentes históricos, y que podría constituir un casus belli entre las dos naciones implicadas. En efecto, algunos comentaristas han llegado a comparar esa muerte con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, que desencadenó la Primera Guerra Mundial.

Y aunque la comparación suena exagerada, lo cierto es que Turquía atraviesa por un momento de gran inestabilidad política por cuenta de la guerra de Siria y del creciente autoritarismo de su presidente, Recep Tayyip Erdogan. De hecho, Ankara y Moscú estuvieron muy cerca de romper relaciones diplomáticas a finales del año pasado, cuando dos aviones turcos derribaron un caza ruso que había entrado brevemente a su espacio aéreo. Sin embargo, las sanciones comerciales que le impuso el presidente Vladimir Putin fueron tan desastrosas para la economía turca, que Erdogan tuvo que tragarse su orgullo y deshacerse en halagos en una visita oficial en San Petersburgo a mediados de septiembre.

De ahí que la respuesta de Moscú haya sido particularmente moderada y que las primeras declaraciones de ambos mandatarios apunten a reforzar el statu quo. Como dijo a SEMANA Henri Barkey, director del programa de Oriente Medio del Wilson Center, “el atentado no pudo ocurrir en un peor momento para Erdogan, que se encuentra en una delicada negociación con Putin sobre la guerra de Siria. En un periodo en que sus relaciones con Estados Unidos y Europa se han deteriorado, es claro que el líder turco necesita proyectar su cercanía con Rusia”. En ese sentido, es relevante que menos de 24 horas después Rusia, Turquía e Irán hayan publicado la Declaración de Moscú, un plan de paz para la región en el que no se incluye a Estados Unidos ni a ningún otro país de Occidente.

Aunque es claro que la masacre de Berlín y el atentado de Ankara no fueron coordinados, la coincidencia de los dos ataques reforzó la sensación de que nadie está a salvo, ni un embajador de una gran potencia en un país aliado ni unas familias disfrutando de la Navidad en una de las ciudades más seguras del mundo. Pero por otro lado, también mostró lo que puede lograr la sumatoria de fuerzas de Isis y de Al Qaeda al debilitar y dividir a las potencias que combaten a sus terroristas.

Pues si bien es claro que las dos organizaciones no se pueden ver ni en pintura, también lo es que sus problemas no se deben a discrepancias ideológicas ni tácticas, sino al odio personal que se profesan el líder de Isis, Abu Bakr al Bagdadi, y el de Al Qaeda, Ayman al Zawahiri. En efecto, uno de los mayores temores de los especialistas es que esas organizaciones superen sus diferencias y coordinen sus acciones. La coincidencia en los ataques de esta semana es una muestra de lo que podría suceder si esa realidad se concreta. 

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