Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1987/03/30 00:00

MATAR A GADAFI

Una investigación periodística revela que el objetivo del bombardeo a Tripoli era matar a Gadafi y a su familia

MATAR A GADAFI

Como si fuera poca el agua sucia que ha caido sobre la Casa Blanca en los últimos días, otro escándalo enturbió la semana pasada el manejo que de la, política exterior norteamericana han hecho el presidente Reagan y sus más inmediatos asesores. El objetivo principal del ataque a Libia en abril del año pasado, era asesinar a Gadafi y su familia, operación que fue planeada por tres de los hombres más estrechamente vinculados con el Contra-lrangate: el coronel Oliver North, el vicealmirante John Poindexter y Howard J. Teicher, el experto en el Medio Oriente de la Agencia Nacional de Seguridad.

Las revelaciones realizadas por Seymour Hersh en el New York Times Magazine, son la conclusión de tres meses de investigación en los que Hersh entrevistó a más de 70 oficiales de la Casa Blanca, el Departamento de Estado, la CIA, la Agencia Nacional de Seguridad y el Pentágono.

La misión plenamente autorizada por la Casa Blanca, fue el resultado de cinco años de esfuerzos clandestinos por parte de la administración Reagan para eliminar al líder libio.
Desde comienzos de 1981, la CIA estuvo detrás de los esfuerzos de varios grupos de libios en el exilio y de gobiernos como los de Egipto y Francia, por provocar un golpe de Estado en Tripoli y acabar con el legendario Gadafi. El "perro rabioso del Medio Oriente", como lo llamó Reagan en más de una ocasión, sobrevivió sin embargo a los diversos intentos de desestabilizar su gobierno y acabar con su vida. Por ello finalmente a comienzos de la primavera de 1986, en el seno de un pequeñísimo comité integrado por los más cercanos asesores del Presidente, la administración Reagan decidió encomendarle a los jóvenes pilotos de los supersónicos F-111 de la Fuerza Aérea, la misión que la CIA no había podido cumplir: eliminar a Gadafi.

Previamente, North, Poindexter, Teicher y el entonces director de la CIA, William Casey, llevarán a cabo una cuidadosa labor de convencimiento frente a Reagan, que incluyó la invención de supuestos complots de Gadafi contra el Presidente y algunos de sus asesores.

Aunque la participación directa de Reagan en la operación es aún poco clara, según Hersh "se sabe que confiaba ampliamente en la labor de inteligencia de Casey y que era un fuerte partidario de las acciones encubiertas contra Gadafi". Aun así, en un principio el Presidente se opuso al bombardeo, al cual accedió finalmente gracias a los argumentos que esgrimieron en su favor North, Poindexter y compañía.

Los aviones, según fuentes de la Fuerza Aérea, tenían un 95% de probabilidades de dar en el blanco. Aunque la localización de Gadafi era lo más difícil de la misión, porque el coronel acostumbra cambiar constantemente de residencia y de lugar de trabajo, tal como estaba concebida se presumía que lograría por lo menos alcanzar a gran parte de su familia.

Lo que jamás imaginaron North y sus hombres fue que la avanzada tecnología de sus modernos aviones equipados con sistemas láser para la localización de los objetivos, pudiera fallar. Después de un estrecho seguimiento de todos y cada uno de los movimientos de Gadafi, hasta 2 horas y 45 minutos antes del ataque, a la hora del bombardeo los equipos de cuatro de los nueve aviones no funcionaron y los pilotos tuvieron que abandonar la misión. El resultado, como se sabe, fue funesto. Los ocho hijos de Gadafi y su esposa Safiya tuvieron que ser hospitalizados y su hija adoptiva de 15 meses, Hana, murió.
La tienda en que Gadafi trabajaba y su casa de dos pisos quedaron prácticamente destruidas, pero el coronel salió ileso, física y políticamente.

La administración Reagan, por el contrario, con las revelaciones de Hersh queda doblemente herida. No sólo mintió en el escándalo de la venta de las armas a Irán y el desvío de dinero a los "contras", sino que también lo hizo con respecto a Libia. Primero, al inventar toda clase de estratagemas, incluida la aseveración de que existían pruebas suficientes de que Libia estuvo detrás del atentado terrorista en la discoteca La Lelle de Berlin, cuando fuentes cercanas a la Agencia Nacional de Seguridad consideran que las grabaciones de transmisiones de radio presentadas como evidencia, tuvieron una sospechosa interpretación. Luego, al negar que el óbjetivo era Gadafi, tal como entonces lo afirmó el Washington Post y ahora lo corrobora Hersh. Y finalmente, al tratar de convencer a los norteamericanos de que quien maneja la política exterior de los Estados Unidos es el propio presidente Reagan, cuando, una vez más, ha quedado comprobado que quienes lo han hecho, con plena conciencia del Presidente o sin ella, han sido los hombres que como North, Poindexter y Casey se dieron cuenta a tiempo de dónde ponen las garzas, en un gobierno a cuya cabeza parece estar un hombre cuya mano derecha no sabe qué está haciendo la izquierda. --

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