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| 6/21/2011 4:00:00 PM

Megaciudades: el reto urbanístico de China

El crecimiento económico ha ido acompañado de una migración a las ciudades sin precedentes en la historia de la humanidad. Acomodar a esos millones implica más edificaciones, más emisiones y crecer sin destruir el planeta.

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BBC
Para escribir sobre urbanización en China hay que hablar en superlativos.
 
Tres décadas de crecimiento económico sostenido, concentrado en una costa en pleno auge, ha atraído a millones de personas desde el empobrecido campo a las ciudades.
 
Esta enorme migración, sin precedentes en la historia de la humanidad, ha hecho que 46 ciudades chinas (de un total de 102) sobrepasen el millón de habitantes desde 1992.
 
Y esto es sólo el comienzo.
 
Actualmente, sólo un 40 por ciento de la población de China vive en las ciudades, aproximadamente como en Estados Unidos en 1885.
 
Se cree que otros 350 millones de chinos estarán viviendo en los centros urbanos en el año 2025, lo que elevará el número total a mil millones.
 
Hacer sitio para acomodar a toda esa gente ha significado construir a una escala que el mundo nunca antes había visto.
 
En los primeros 20 años de la revolución económica china, que comenzó en la época de Deng Xiaoping a finales de la década de los 70, China construyó 6.500 millones de metros cuadrados de nuevas viviendas, el equivalente a más de 150 millones de apartamentos de tamaño medio.
 
Destruye tanto como construye
 
En Shangái no había rascacielos en 1980, hoy tiene el doble que Nueva York. Entre 1990 y 2004 se levantaron 85 millones de metros cuadrados de espacios comerciales en la ciudad, aproximadamente 334 edificios como el Empire State de Nueva York.
 
En todo el país, la industria de la construcción emplea a unos 37 millones de trabajadores.
 
Alrededor de la mitad del acero y del cemento que se consume en el mundo, los devora China y la mitad de la maquinaria pesada de construcción del planeta se ha trasladado a la República Popular. Las grúas por ejemplo, se han convertido en el símbolo omnipresente de la China urbana.
 
Pero la revolución urbana en China también ha destruido tanto como ha construido. La calle Qianmen en uno de los barrios más antiguos de Pekín es ahora una atracción turística. En su obsesión por ser rico y moderno, el país se ha privado a sí mismo -y al mundo- de un valioso patrimonio.
 
Pekín, que una vez estuvo entre los grandes tesoros urbanos del mundo, se está convirtiendo en otro núcleo de consumismo globalizado, lleno de reconstrucciones absurdamente asépticas de un pasado cada vez más perdido, inalcanzables para los trabajadores y lacerado por autopistas de ocho carriles.
 
El desarrollo urbanístico en China también ha provocado más desplazados que ninguna otra nación en época de paz.
 
Sólo en Shangái los proyectos de reurbanización en la década de los 90 desplazaron a más residentes que los que provocaron 30 años de renovación urbana en Estados Unidos.
 
El crecimiento de la panqueca
 
Debido a que las ciudades en China están creciendo hacia lo alto, pero también hacia lo ancho, el fenómeno también ha consumido una asombrosa proporción de territorio rural.
 
Entre 1985 y 1995, la base de Shangái creció de 144 kilómetros cuadrados a más de 1.200.
 
La "propagación de la panqueca" del crecimiento urbano en China "tan da bing", la popular expresión china para la expansión, ha consumido cerca de 72.400 kilómetros cuadrados de campo agrícola productivo en los últimos 30 años, casi la mitad de la superficie del Reino Unido.
 
El desarrollo suburbano chino está ahora mucho más concentrado que en EE.UU. Las grandes viviendas unifamiliares, propiedad de una sola familia (el estándar estadounidense) son relativamente raras.
 
Las viviendas básicas de los suburbios chinos, con sus torres de apartamentos de mediana altura, centros comunitarios y espacios públicos compartidos está a medio camino entre el maoísta "wei dan" (la unidad de trabajo) y una urbanización cerrada de California.
 
Sin embargo, tal desarrollo en la periferia urbana está convirtiendo rápidamente a China en una nación motorizada.
 
El mercado nacional de automóviles de China es ya más grande que el de Estados Unidos y las principales ferias de autos del mundo ya no son en Houston o Los Ángeles, sino en el gigante asiático.
 
Acomodar la nueva flota de flamantes carros -la media en Pekín y Shangái es de 1.000 nuevas matriculaciones por día- implica tener una red nacional de carreteras que está a punto de eclipsar al sistema interestatal estadounidense como el mayor artefacto humano sobre la Tierra.
 
Y con los autos y las autopistas han llegado todos los espacios de consumo suburbano como los "para llevar", los gigantes centros comerciales, los moteles de carretera económicos e incluso el icono casi ya desvanecido en Estados Unidos, el autocine.
 
Salvar el planeta
 
Nada de esto le viene bien al planeta Tierra. Resulta irónico que justo cuando Occidente ha empezado a poner en orden el asunto medioambiental, tomando por fin decisiones serias para reducir sus emisiones contaminantes, combatir el cambio climático y terminar con su adicción al petróleo, ahora llegan millones de chinos que quieren precisamente ese estilo de vida que nos ha puesto casi al borde del colapso medioambiental.
 
China ha invertido miles de millones de dólares en industria de energía limpia en los últimos años. Si el país fuera a igualar la propiedad de autos por persona que hay en EE.UU., significaría más de mil millones de vehículos nuevos en el mundo.
 
El planeta, en una palabra, se freiría. Y eso sin tener en cuenta a India, que pronto superará a China como el país con más población del mundo.
 
Expertos como Paul Gilding han medido nuestro impacto en el medio ambiente y los recursos. En su libro "La gran irrupción" concluye que nuestra economía opera a un 150% de su capacidad, es decir, necesitaríamos entre un planeta y un planeta y medio para sostener la forma en que vivimos.
 
Esto no es sólo insostenible, es una catástrofe.
 
Y quiénes somos nosotros para decirle a China: "Nosotros ya tuvimos nuestro momento de jugar, nuestro día de perder el tiempo y ahora ustedes tienen que conservar".
 
Por suerte, no necesitamos hacerlo. Los chinos se lo están diciendo a sí mismos.
 
Incluso aunque se extiende, China está construyendo más transporte público que todas las naciones juntas y está muy por delante de Estados Unidos en el desarrollo de tecnologías de construcción sostenible y energías limpias alternativas como la solar, la eólica o la de biomasa.
 
Según un estudio realizado por el Pew Charibable Trusts, China invirtió US$34.600 millones en la industria de energía limpia entre 2005 y 2009, casi el doble que EE.UU.
 
Es posible que hayamos enseñado a China a conducir, a comer y a comprar según un modelo dirigido a la ruina, sin embargo, China nos puede mostrar la forma de salvar el mundo.
 
Thomas J. Campanella es autor de "El dragón de cemento: la revolución urbana de China y lo que significa para el mundo". En la actualidad es miembro en residencia en la Academia Estadounidense en Roma.
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