Sábado, 25 de octubre de 2014

| 2013/09/14 02:00

Merkel es la mujer de teflón

Con una popularidad intacta y rivales débiles, Angela Merkel se perfila como la segura ganadora de las elecciones en Alemania. Gobernar a su país y a Europa, sin embargo, ya no le quedará tan fácil.

El socialdemócrata Peer Steinbrück podría ser un buen canciller. Y ha hecho todo para quitarle votos a Angela Merkel: el jueves apareció en la portada de una revista haciendo pistola. Pero ella es más fuerte y ha logrado algo inédito en Alemania: el 60 por ciento de aprobación tras ocho años en el poder. Foto: AFP

Todo el mundo conoce a Angela Merkel, la mujer que gobierna Alemania desde 2005. Sostiene el timón de Europa y ha liderado a un continente hoy escéptico de las figuras de poder. Su papel le ha granjeado adeptos y enemigos, pero pocos negarían su reputación. Disciplinada, efectiva y exitosa, a sus 59 años no solo ha mantenido a flote al Viejo Continente, sino que ostenta el no poco envidiable título de ser la mujer más poderosa del planeta.

Pero no todo el mundo conoce a Angie, la mujer que el 22 de septiembre probablemente ganará las elecciones en Alemania. Hija de un pastor evangélico, criada en Alemania Oriental, doctorada en Física y reservada hasta la médula, es la antítesis del político tradicional: ignora la retórica, descree del carisma y rechaza el cálculo y la vanidad. Con base en una mezcla de método, modestia y moderación, las críticas le resbalan y hoy parece imbatible. Sus paisanos la llaman Teflon-Kanzlerin: la canciller de teflón. Y así ha logrado algo inédito para Alemania: mantener una aprobación del 60 por ciento después de ocho años en el poder.

Su contrincante, el socialdemócrata Peer Steinbrück, ha quedado relegado al segundo plano. Muchos lo lamentan, pues este economista de 66 años habría podido ser, en sí, un buen canciller. Es un tecnócrata competente, un político sofisticado y un orador mordaz, que entre 2005 y 2009 brilló como ministro de Finanzas de la propia Merkel. La opinión pública le agradece haber salvaguardado la economía de los embates de la eurocrisis y haber acabado con la pésima costumbre de los ricos de sacar su dinero a Suiza para evadir impuestos.

Pero tampoco él supera a Merkel. Si bien ella lidera una coalición de partidos conservadores, pero neoliberales en lo económico, lo ha hecho todo para atraer admiradores de otros bandos. Merkel ha sido verde, al apagar varios reactores nucleares tras la catástrofe de Fukushima. Ha sido intervencionista, al aumentar el rol del Estado para controlar la banca tras la crisis de 2009. Y ha sido social, pues lleva años negándose a podar el estado de bienestar. Alemania cobija a 84 millones de personas, de las cuales una de cada cuatro recibe algún apoyo estatal.

Lo irónico es que la buena salud del Estado alemán ha desvirtuado a los representantes de la casta política. Las actuales elecciones han sido las más aburridas que recuerde toda una generación. Los candidatos fuertes no se atacan entre ellos, y los débiles, pero influyentes Die Grünen (verdes), Die Linke (izquierdistas) y FDP (liberales) van a la deriva, en la incertidumbre de no saber si aliarse con Merkel cuando gane.

Las alianzas tienen también preocupada a la canciller, pues además del estrés que estas generan (se definen tras días o semanas de arduas negociaciones), ninguno de sus posibles aliados le garantizan un gobierno fácil. La FDP es impopular. Los verdes son fuertes, pero muy pequeños para Merkel. Lo más probable es que se alíe con el enemigo, la socialdemocracia, y reivindique así a Peer Steinbrück con un manojo de ministerios.

Merkel tampoco la tendrá fácil en Europa. Los analistas ya advierten que los alemanes pronto sentirán cómo se aprieta el cinturón, y los afectados no dudarán en culpar a la canciller. Además, los habitantes de otros países de la región sienten que ella no ha sabido liderar. Hace dos semanas, el filósofo alemán Jürgen Habermas vapuleó a la elite política de su país, incluida Merkel, por ser “la muestra de un fracaso”, perderse “en campañas llenas de banalidades” e ignorar las problemáticas globales.

Pero Merkel sabe dónde está parada. Al alemán promedio no le interesan mucho los embates de la economía mundial, sino más bien la certeza de tener un buen sistema de salud, una educación barata, una pensión garantizada y calles seguras. Merkel representa esta actitud. Y en su campaña ha sabido conservar a sus electores con un solo y sencillo mensaje: “Alles ist gut!” ¡Todo está bien! 

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