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| 7/19/2014 9:30:00 PM

MH17: terror en el cielo

El derribo de un avión comercial por los rebeldes prorrusos en Ucrania convierte un conflicto regional en un peligro mundial.

Tierra carbonizada, piezas de metal retorcido, maletas en llamas, pedazos del fuselaje y fragmentos de cuerpos humanos dispersos por la amplia estepa del oriente de Ucrania. Ese horrible escenario fue lo que quedó del vuelo MH 17 de la compañía Malaysia Airlines, que el pasado jueves partió de Ámsterdam a las 11: 30 de la mañana con 283 pasajeros y los 15 miembros de la tripulación. Su destino era la capital de Malasia, Kuala Lumpur, a donde debía llegar unas 17 horas más tarde.

Las sospechas de que algo no iba bien comenzaron cuando la aeronave, un Boeing 777-200 ER, llevaba apenas tres horas de viaje y se encontraba surcando aún los cielos europeos. Eran las cuatro de la tarde (hora local) y, tras un trayecto sin contratiempos, los controladores aéreos notaron que el aparato había desaparecido de los radares. Menos de un cuarto de hora después, la aerolínea emitió un lacónico pero significativo trino: “Malaysia Airlines ha perdido contacto con el MH 17 proveniente de Ámsterdam. Su última posición fue en el espacio aéreo ucraniano”.

Las siguientes imágenes confirmaron los temores más sombríos, pues desde la localidad de Torez en la región de Donetsk, al oriente de Ucrania y a menos de 50 kilómetros de Rusia, comenzaron a llegar testimonios y videos según los cuales una densa columna de humo que se elevaba hasta las nubes correspondía a los restos de una gran aeronave. Según esas fuentes directas del accidente, el estruendo del choque había sido precedido por un destello luminoso y dos explosiones en el aire, tras lo cual sus restos cayeron desperdigados en la zona.

Por la magnitud del desastre, desde un principio se descartó que alguien hubiera sobrevivido, una posibilidad que se confirmó poco después, cuando se supo que habían muerto los 298 pasajeros, en su gran mayoría europeos.

Una zona de guerra


Salvo algunos bomberos que trataban de apagar los hierros humeantes, en el escenario de la catástrofe brillaron por su ausencia los organismos de socorro. Por el contrario, tras el accidente el grupo más visible estaba compuesto por hombres armados pertenecientes a las milicias separatistas prorrusas, que desde el 12 de abril se enfrentan al gobierno de Ucrania, al que acusan de estar dominado por golpistas de ultraderecha. Según escribió en su cuenta de Twitter el productor de la BBC Kevin Bishop, quien estaba el viernes en el lugar de la tragedia: “Los soldados armados de la República Popular de Donetsk están en gran medida a cargo de la situación. Les dan órdenes a los periodistas, se muestran suspicaces y dan su punto de vista de los hechos”.

Y es que el vuelo MH 17 cayó en una de las zonas donde los combates, que ya han dejado más de 1.000 víctimas entre civiles y militares, se han recrudecido, pues desde principios de julio, a algunos kilómetros al occidente de ese punto, las fuerzas ucranianas emprendieron una ofensiva con la que recuperaron el control de casi toda la región de Donetsk y obligaron a los rebeldes prorrusos a replegarse en la de Luhansk, que limita al norte, al oriente y al sur con la Federación Rusa.

Curiosamente, a comienzos de la semana los rebeldes derribaron en la misma zona y también a gran altura dos aviones militares –un Antonov AN-26 de transporte táctico y un avión de ataque Sukhoi Su-25–, lo cual no habría sido posible si no dispusieran de un armamento muy sofisticado. “Este es el tercer evento en los últimos días”, dijo el presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, quien insistió en que para su gobierno “no se trataba ni de un accidente ni de una catástrofe, sino de un acto terrorista”. Sus palabras recogen los resultados de las investigaciones de los organismos de inteligencia de Estados Unidos, según los cuales una señal de calor infrarrojo confirmaría el uso de un sistema de misiles tierra-aire.

Investigar las causas del desastre en una zona de guerra ha supuesto dificultades de gran magnitud para los inspectores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), que el viernes llegaron al lugar del siniestro. Ese día, en un tenso pulso con los rebeldes prorrusos, los 30 especialistas tuvieron que dar media vuelta cuando el líder de los insurgentes, el comandante Glum, disparó al aire, según trinó la periodista británica Harriet Salem, quien ha estado presente en la zona. Un hecho que ha encendido las alarmas de que los prorrusos estén destruyendo evidencias clave del siniestro.

¿Qué sigue?

Por las implicaciones que este evento puede tener, los analistas han sido cuidadosos. No obstante, desde un principio han coincidido en señalar que el Boeing de Malaysia Airlines no pudo ser derribado por un simple lanzamisiles portátil antiaéreo (o Manpads, por su sigla en inglés), pues ese tipo de dispositivo solo puede abatir blancos que vuelan a una altura máxima de 4.000 metros, mientras el vuelo MH 17 se encontraba a 10.000 metros.

Por eso se ha consolidado la hipótesis según la cual el avión fue derribado por un sofisticado sistema antiaéreo de misiles –tipo Buk, de fabricación rusa– que habría sido suministrado por Moscú, y cuyo empleo requiere conocimientos complejos, entre ellos la manera de usar un radar o cómo acoplar el arma con el objetivo correcto.

Las evidencias señalan que los rebeldes prorrusos dispararon el misil con la ayuda técnica y logística de las Spetsnaz, como se conoce a las fuerzas de elite rusas. Varios indicios recabados justo después del derribo del MH 17 así lo señalan. Por un lado, apareció un sitio web de un líder separatista –que fue borrado el mismo día de la catástrofe–, en el cual los milicianos afirmaban “les advertimos que no volarán en ‘nuestro cielo’” y a continuación presentaba el video de la columna de humo que habían visto algunos habitantes de Torez. Por el otro, en tres conversaciones entre separatistas y militares rusos, cuyos audios fueron difundidos por el Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU), los implicados reconocen asombrados que lo que habían tomado por un avión militar ucraniano era en realidad un vuelo comercial lleno de civiles.

El viernes el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se refirió al evento y, aunque se mostró prudente a la hora de sacar conclusiones y descartó una intervención armada, dirigió sus palabras al presidente de la Federación Rusa, a quien su país acusa de respaldar a los rebeldes que luchan contra el gobierno de Kiev: “Si Putin decide impedir la entrada de armamento pesado y de combatientes al este de Ucrania, entonces la violencia parará”. El jueves, en una entrevista con el periodista Charlie Rose de la cadena PBS, su exsecretaria de Estado Hillary Clinton se mostró mucho más severa al considerar que la tragedia “debería inspirar a los europeos a hacer mucho más” para castigar a Rusia y ayudar al gobierno de Ucrania.

Putin, sin embargo, ha negado cualquier responsabilidad, y al contrario ha señalado a Kiev por haber escalado la guerra en el este del país. Ese argumento tiene detractores, pues como le dijo a SEMANA Paz Zárate, investigadora de la consultora Oxford Analítica, “Putin no tiene razón pues él sabe que, según la reglamentación mundial, en este caso el responsable es el grupo que tiene el control del territorio, así como también es responsable quien le haya entregado a ese grupo el armamento empleado en el acto terrorista”. En ese sentido, si los rebeldes prorrusos lanzaron el misil y el cohete les fue entregado por Rusia, ese país tendría que asumir la responsabilidad por lo ocurrido.

Un ‘casus belli’

Lo cierto es que el derribo del MH 17 marca un nuevo rumbo en el conflicto. El asesinato de sus casi 300 pasajeros puede tener consecuencias insospechadas, que probablemente harán que las potencias revisen a fondo sus relaciones con Rusia. Y que miren con mayor recelo la carrera armamentista que el Kremlin inició hace siete años y le ha permitido mantener grandes contingentes de tropas con equipos de punta. En ese sentido, Europa y Estados Unidos no podrán mirar con pasividad la nueva diplomacia emprendida por Putin en los cinco continentes, en particular en los países donde explícitamente ha expresado su deseo de construir bases militares, como las islas Seychelles (al suroriente de África), Vietnam, Singapur, Cuba, Nicaragua y Venezuela. Sin olvidar los acuerdos de cooperación nuclear que el gigante euroasiático quiere desarrollar en países como Argentina y Brasil, donde la semana pasada, en visita oficial, se reunió con tal fin con los presidentes de esos países.

Como le dijo a esta revista la analista del Centro Carnegie de Moscú Lilia Shevtsova: “Occidente debe responder a este hecho de terrorismo internacional con un paquete de medidas políticas, económicas y militares, pues de lo contrario se crearía un precedente peligroso. Si se confirma la responsabilidad de los separatistas, no habrá ninguna legitimación para que sus líderes participen en las negociaciones con Kiev. Este acto terrorista termina a su vez con el modelo de guerra no declarada, así como con el doble juego de agresor-pacificador que Moscú ha venido aplicando en la región”. Una práctica que el presidente Putin –quien hizo carrera como agente de la KGB antes de entrar a la política– ha venido aplicando con diferentes grados de éxito en otros países de la ex Unión Soviética, como Moldavia, Georgia y Azerbaiyán.

Del mismo modo, el derribo del avión del 17 de julio de 2014 puede cambiar diametralmente la percepción mundial del conflicto en Ucrania, que pese a su resonancia ha sido considerado una cuestión local, por lo que la mayoría de los líderes de Occidente se han mostrado reacios a tomar medidas que hagan efectivamente cambiar de estrategia a Putin. La espantosa muerte de casi 300 pasajeros que nada tienen que ver con el conflicto podría ser un factor determinante para cambiar la escala de valores con la que se ha medido la intervención de Rusia en su antiguo satélite, de modo que la posibilidad de perder algunos negocios o de tener que pagar algunos euros más por el gas que ese país exporta deje de ser un factor de tanto peso en el análisis, como lo ha sido hasta ahora. En particular en países como Alemania –pero también en muchos ámbitos de América Latina–, donde los reflejos de la Guerra Fría han llevado a muchos a pensar que el modelo de Moscú es una alternativa al imperialismo de Washington. Como dijo Damon Wilson, experto en Ucrania del think tank Atlantic Council, “es muy difícil seguir jugando el juego si uno tiene las huellas digitales de Rusia en el derribo de un avión civil”.

Para Michael Werz, experto del Center for American Progress, “la destrucción de la aeronave va a producir un mayor aislamiento de Putin y de los rebeldes prorrusos, y más presión de la Casa Blanca para que los europeos actúen contra Moscú, ya que hasta ahora la canciller federal alemana no ha sido tan receptiva, quizá por los intereses comerciales de su país en Rusia, y viceversa”.

La destrucción del vuelo MH 17 deja a las potencias de Europa y Estados Unidos en una encrucijada. Por un lado, la inacción avalaría el ‘todo se vale’, pero por el otro, una intervención bélica de envergadura le abriría las puertas a un conflicto de talla mayor, que tras la Segunda Guerra Mundial la humanidad se comprometió a no repetir. En ese sentido, toda la arquitectura de defensa de Occidente después de la Guerra Fría está en entredicho, pues ni los organismos internacionales que buscan la paz –como las Naciones Unidas– ni los sistemas defensivos multilaterales –como la Otan– han logrado disuadir al Kremlin de reconstruir el antiguo Imperio soviético. De las decisiones que en las próximas semanas tomen los líderes europeos podría depender que la cuestión ucraniana no se convierta en equivalente del siglo XXI del asesinato del archiduque Francisco Fernando, que hace exactamente un siglo sirvió como detonante de la Primera Guerra Mundial.
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