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| 5/11/1992 12:00:00 AM

MILAGRO CONSERVADOR

Contra lo que decían las encuestas, los conservadores ganaron mayoría absoluta en Gran Bretaña.


SOLO 24 HORAS DE LAS elecciones generales de Gran Bretaña, las encuestas todavía daban como ganador en photo finish al partido Laborista y los observadores especulaban sobre cómo podría ser el gobierno de Neil Kinnock tras casi 13 años de hegemonía conservadora. Esa tendencia se mantuvo hasta bien entrada la votación y ya en la madrugada los insomnes que siguieron el proceso fueron los primeros en enterarse:
Contra todos los pronósticos el partido conservador del primer ministro John Major acababa de ganar la mayoría absoluta en el parlamento y de paso, se convertía en el único partido en ganar cuatro elecciones seguidas en el presente siglo.

Hasta entonces todo parecía jugar a favor de Kinnock y por eso el triunfo conservador no deja de ser un auténtico milagro político.
Kinnock asumió la tarea de devolver la credibilidad a los laboristas como fuerza política viable al tratar de desaparecer sus veleidades socialistas y favorecer n un giro de 180 gradosla participación plena de Gran Bretaña en la Comunidad Europea. En concreto, Kinnock se lanzó a la última oportunidad de su vida con una apuesta riesgosa: que la gente estaba dispuesta a pagar mayores impuestos al menos dejar que los ricos los pagaran a cambio de un mayor gasto en los servicios sociales y particularmente en el sistema de salud pública, que se financia con los ingresos fiscales. Kinnock atacó también las políticas sociales de los conservadores, a quienes acusó de urdir la privatización de la salud pública mediante "artimañas" como la introducción de un manejo orientado hacia el mercado.

Del otro lado, sus copartidarios criticaban el estilo de la campaña de Major, con su personalidad más parecida a la de un empleado bancario que a la de un triunfador. Pero al final, la franja de indecisos dio su veredicto favorable al Primer Ministro. John Major había ascendido al poder en noviembre de 1990 como jefe del Partido Conservador, cuando renunció la primera ministra Margaret Thatcher. El nuevo P.M. moderó la política dé la Dama de Hierro sin perder su espíritu, y ganó a los ojos de sus conciudadanos el derecho a encabezar un gobierno propio, esto es, que no fuera heredado.
Pero Major no había pasado por la prueba de las urnas y muchos temían que su personalidad tan amistosa fuera demasiado blanda ante un león como Kinnock. Su triunfo contundente adquirió mayor dimensión en la medida en que sus habilidades como político electorero son particularmente escasas y la situación económica del país está lejos de ser la ideal, con un desempleo del ocho por ciento y el crecimiento del Producto Interno Bruto bordeando los valores negativos.

Pero lo cierto es que a la hora de la verdad su plataforma siguió siendo más atractiva, por el conocido expediente de que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer. La franja de votantes indecisoso fue capaz de aventurar con un partido que no ha ganado una mayoría absoluta desde 1945, y eso que en ese momento las circunstancias eran muy especiales. A pesar de sus 10 años de esfuerzos, Kinnock no logró instalar a los laboristas en el círculo de los partidos "responsables" de Europa y borrar del electorado la imagen populista. Para muchos, Kinnock perdió la última oportunidad de su vida y deberá dar paso a un nuevo líder, probablemente quien hubiera sido su ministro de finanzas, John Smith.
La escena política británica se salvó de la inestabilidad que afecta a otras en Europa, pero eso no la excluye de ciertos temas que gravitarán sobre Major en el futuro. En el primer lugar está el "devolucionismo" escocés, que pretende la autonomía o hasta la independencia de Escocia del Reino Unido. Allí ganaron también los conservadores, pero eso no significa que el tema haya quedado definitivamente archivado.


Italia en el limbo
ROMA NO ES ETERNA, COMO tampoco el poder, aunque se haya manejado sin interrupción desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Eso debieron pensar los dirigentes de la coalición de cinco partidos que ha gobernado Italia durante más de 40 años y que la semana pasada recibió por fin el preaviso. Los Demócratas Cristianos, Socialistas, Socialdemócratas y Liberales fueron atropellados, en las elecciones del domingo y el lunes, por la ola de indignación popular por la ineficiencia, desgreño y corrupción que se ha apoderado de la administración pública. Lo que se inició en Italia con la disidencia del presidente Francisco Cossiga, quien abrió las críticas contra el establecimiento, parece abrirse paso a ambos lados del Atlántico y en Europa se siente en Gran Bretaña, Alemania y Francia con un patrón muy similar.
La participación de ese grupo en el Parlamento quedó reducida a 163 de los de los 315 senadores ya 333 de los 630 diputados, con lo que mantuvieron en forma muy precaria la mayoría absoluta obtenida en las últimas elecciones de 1987. La supervivencia numérica del primer ministro Giulio Andreotti no garantiza un gobierno estable. Como dijo el vocero socialista, "a nivel político, la gobernabilidad sigue siendo dificilísima ".

Entre una maraña de 11 mil candirdatos (que ilustra por sí sola el grado de desafecto por los partidos tradicionales), los vencedores claros se dieron a nivel regional. En el norte resultó venceora la Liga Lombarda, que tiene entre sus banderas la autonomía (si no la independencia) de la rica región norte del país y que, siguiendo la tendencia europea, se queja de la presencia de inmigrantes tercermundistas. En el sur el ganador fue el partido Rete, que obtuvo un triunfo sorprendente contra la mafia en su propia capital, Palermo.

La situación lleva a que Italia haya quedado literalmente en el limbo político. Como señaló un observador en Roma, el problema es que no existe una alternativa de poder que pueda desenredar el ovillo en unas próximas elecciones.
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