Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/11/09 00:00

Mis memorias en la República Democrática Alemana

Carlos Lozano, quien fuera embajador de Colombia en la RDA, narra su experiencia en los años de la división política.

Carlos Lozano presenta credenciales como embajador de Colombia ante Erich Honecker, líder de la República Democrática Alemana.

Parte 1
 
En 1956 llegué por primera vez a Alemania Oriental. Era verano y despuntaba el mes de agosto. Once años atrás había terminado la Segunda Guerra Mundial, y la República Democrática Alemana (RDA) había sido fundada tan sólo siete años antes de mi arribo. Venía de Roma, donde acababa de clausurar un doctorado de Derecho. En Colombia hervía la guerra civil no declarada entre conservadores y liberales. El partido azul gobernaba, y mi partido, el Partido Liberal, se encontraba en la oposición. Como otros cientos de jóvenes de mi generación yo había tenido que abandonar el país. Y a pesar de que incluso en la misma Italia seguíamos sintiendo los coletazos de la persecución política tuve la fortuna de recibir una beca que ofrecían los países del Bloque Oriental. Se me dio la libertad de elegir la ciudad de mi predilección para hacer un posgrado. Decidí viajar a Berlín Oriental y estudiar en la Universidad Humboldt.
 
Cuando llegué a la RDA fui llevado a la ciudad de Leipzig, donde aprendí el idioma alemán. Hacía parte de un grupo de más de 150 becarios provenientes de los más variados confines de la Tierra. Conocí polacos y vietnamitas, rusos y sirio-libaneses, norcoreanos y chinos.
 
Leipzig, como todas las metrópolis de Alemania en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, era una ciudad en ruinas. La Gewandhaus, la orquesta sinfónica de Leipzig, tenía que ofrecer sus conciertos en un salón de sillas móviles que también servía de restaurante y de sala comunal. Me encantaba pasarme las horas escuchando al Thomanerchor en la Iglesia de Santo Tomás. En las noches salía con mis amigos al Ring, un bulevar muy popular entre los jóvenes. La Universidad Karl Marx de Leipzig era la más grande del Estado de Sajonia y una de las más reconocidas del joven país socialista.
 
Después de unas vacaciones en la Unión Soviética llegué a Berlín. La Facultad de Economía de la Universidad Humboldt no estaba lejos del Alexander Platz, el corazón de Berlín Oriental, una plaza muy transitada y rodeada, entonces, como casi todo en esa época, por las ruinas de la guerra. Como muchos berlineses, mis compañeros becarios y yo en nuestro tiempo libre colaborábamos con la remoción de los escombros. Era nuestro gesto de agradecimiento. Fui testigo de la febrilidad con que se construyeron la avenida más suntuosa de la ciudad, la Stalinallee, así como las colosales torres que entonces fueron símbolos del socialismo y hasta hoy resaltan entre Strausberger Platz y Frankfurter Tor.
 
En la Universidad predominaba un ambiente politizado, pero se estudiaba. Los profesores, por supuesto, eran marxistas, leninistas y, además, estalinistas. Y no era fácil. Recuerdo que una estudiante de mi Facultad fue condenada a un mes de trabajo forzoso por admitir ser católica. A las facultades de Economía y de Derecho sólo podían ingresar los militantes de la Freie Deutsche Jugend, una organización oficial de juventudes que servía de antesala a todo quien quería convertirse en miembro del Partido Socialista Unificado (SED), que poseía el poder absoluto sobre el Estado.
 
Pero más allá de experiencias como esta, el ambiente general que se percibía en esos primeros años de la RDA era de fraternidad y solidaridad. El Muro de Berlín aún no existía. La división de Alemania se definía apenas por los debates ideológicos de las elites políticas. El SED aún gobernaba en alianza con la socialdemocracia de Otto Grotewohl. Todavía había un margen para la crítica.
 
Regresé a Colombia en 1959. En una carta, mi padre, desde el Tolima, me anunció que estaba gravemente enfermo y me pidió regresar para hacerme cargo de su última voluntad.
 
Parte 2
 
Quise volver de inmediato a la RDA, pero la situación política en Colombia me lo hizo imposible. La discriminación contra quienes habíamos estudiado en los países de la Cortina de Hierro era muy fuerte. Una solicitud que presenté a través de un amigo para trabajar en la Federación Nacional de Cafeteros, por ejemplo, fue rechazada con el argumento de que mi “ideología de izquierda” podría desestabilizar a la empresa. Decidí no volver a presentar mi certificado de estudios de la Universidad Humboldt.
 
Con el tiempo, mi carrera como abogado sin embargo empezó a dar frutos. Fui designado Visitador del Ministerio de Justicia y enviado a Manizales. La situación en Colombia era en extremo particular. El Frente Nacional había establecido la alternación de dos partidos en el poder; la burocracia estaba en manos de liberales y conservadores; y el Partido Comunista se encontraba completamente aislado. Era apenas comprensible que lo que para partes de la población era una democracia tuviera para otros sectores el valor de un régimen represivo y discriminatorio. Quienes habíamos vivido en Europa, en donde el enfrentamiento entre capital y trabajo estaba a la orden del día, en donde los partidos socialistas y marxistas reunían mayorías, y en donde había democracias avanzadas, tuvimos que construir un grupo disidente y de izquierda dentro del liberalismo. Fundamos el Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, a cuya cabeza brilló el talento de Alfonso López Michelsen.
 
A partir de 1964 trabajé como abogado para la Siemens. Mi tiempo libre lo dediqué al proselitismo, fui muy activo en el MRL y todos los fines de semana viajaba al Tolima a hacer política. Recuerdo una conversación que tuve un día con mi jefe, un tal Dr. Oberniedermayer. Él me había pedido mi opinión acerca de la inversión de capital extranjero en Colombia, y yo le respondí diciéndole que el país la requería para sus actividades productivas, pero que debía exigir que las empresas del exterior reinvirtieran en Colombia una parte de sus utilidades. Supongo que la respuesta no le disgustó, ya que pude seguir trabajando por más de un año.
 
Pero un buen día el mismo Dr. Oberniedermayer me mostró una correspondencia del gobierno que había llegado a sus manos. Se me acusaba de ser mentor intelectual de la guerrilla. Yo le expliqué que el Movimiento tan sólo planteaba cosas que en naciones desarrolladas ya se habían hecho mucho tiempo atrás y que por esa razón parecían revolucionarias. Pero a finales de noviembre de 1965 el Ministerio del Interior le informó a la Siemens que el gobierno consideraba mi presencia en la empresa como un acto inamistoso. Decidí renunciar antes de crear mayores problemas.
 
Un año más tarde las cosas dieron un vuelco. En 1966 fui elegido al Congreso y designado Gobernador del Departamento del Tolima. Me desempeñé como tal hasta 1974 y clausuré mi gobierno con la inauguración del Centro Turístico del Tolima en la represa del Prado, un acto al que el Presidente López asistió. Pronto él mismo me ofreció la Embajada en la RDA. Me dijo que consideraba importante conocer el sistema socialista imperante en Europa Oriental. Entretanto habían transcurrido 18 años desde mi regreso a Colombia. Acepté la oferta.
 
Parte 3
 
Regresé a Alemania Oriental en 1976. Las cosas habían cambiado. Ya al día siguiente de mi llegada tuve una primera experiencia inolvidable. Fui a hacer compras al supermercado mejor dotado de la república socialista, ubicado en Alexander Platz. Pregunté dónde podía encontrar el queso. La respuesta que me dieron fue: “Hier ist alles Käse.” Lo cual traducido literalmente quiere decir: “Aquí sólo hay queso.” Pero en realidad se trata de una expresión que significa: “Aquí sólo hay basura.” Me quedé pensativo y más tarde le conté la anécdota a mi cuñado alemán, que era abogado. Él prudentemente calló.
 
De las cosas que más me impresionaron a mi regreso a la RDA fue el imponente muro blanco que había sido erigido durante mi ausencia y que dividía a las dos Alemanias. La explicación que me daban los oficiales del gobierno era que no había otra alternativa para parar el desangre económico que le representaba al país la libre circulación de personas de un lado al otro de la ciudad. Por un lado, era imposible no advertir la gran cantidad de berlineses occidentales que venían a Berlín Oriental a comprar alimentos, vestuario y papelería porque les resultaba más económico. Pero por otra parte, los jóvenes profesionales graduados en las Universidades de la RDA abandonaban masivamente su país. Las perspectivas económicas en Occidente eran más prometedoras, y allá había libertad. Eso sucedía en todas las profesiones y en todos los oficios.
 
La Facultad de Economía en la que años atrás había estudiado no se había movido de su sitio. Pero el mobiliario había sido modernizado. Se había erigido una elegante cafetería, las paredes estaban decoradas; los salones bien dotados. Y más allá de las aulas, la ciudad había crecido y el país se había desarrollado. Habían aparecido inmensos asentamientos de vivienda, la industria alimentaria satisfacía las necesidades de la población, la producción química mostraba un alto grado de tecnificación. Vi por primera vez un computador, tan grande como una habitación, pero eso era lo último en tecnología. Y si bien con inmensa insuficiencia, también se fabricaban automóviles: el Wartburg y el Trabant. En el campo de la óptica, la RDA había logrado destacarse en el nivel europeo a través de la Zeiss. La industria pesada respondía con suficiencia a las necesidades del desarrollo.
 
Y sin embargo, Alemania Oriental ya entonces perdía paulatinamente su capacidad de competitividad. La calidad de sus productos no era la mejor y la tecnología utilizada no era moderna. Con el fin de estudiar las causas de este fenómeno asistí durante todo un año a seminarios en la Universidad Libre de Berlín Occidental. Cruzaba todos los días el Muro para escuchar las clases magistrales dictadas por H. Arendt y H. E. Haase y para analizar el porqué de la crisis de la economía del Oriente. Observamos que en el transcurso de más de 20 años los aportes para el subsidio del Estado había aumentado notablemente, mientras que las partidas para la educación, la investigación y la vivienda no habían crecido al mismo ritmo. Concluimos que el gran error del sistema socialista consistía en el desconocimiento de la ley del valor y del mercado. Se luchaba en contra de este principio para mantener precios fijos para el consumidor en ramas tan fundamentales del consumo masivo como los alimentos, el carbón para la calefacción y los útiles escolares. Esto, además de ser una de las diferencias más esenciales con el sistema capitalista, fue la causa fundamental de la caída del socialismo. El Muro de Berlín, que no desaparecería sino mucho años después, cayó sin que lo empujaran. El socialismo, en la forma como fue concebido en la RDA, estaba condenado a morir por asfixia económica.
 
Esto lo supe ya en 1978, y es una lección de la historia que no puede ser olvidada.
Mi experiencia como Embajador de Colombia en un país socialista fue sumamente especial. La vida del cuerpo diplomático era intensa. Visitábamos fábricas, frecuentemente organizábamos encuentros culturales y reuniones con gerentes de la industria y del comercio.
Recuerdo con gratitud que el gobierno de la RDA tenía una actitud sumamente fraterna hacia Colombia. Durante mi labor diplomática se logró duplicar las exportaciones de banano y café. Abrimos nuevos renglones de comercio para nuestros textiles. En los mercados de la RDA se vendían especialmente jeans y calzado deportivo fabricados en Colombia. ¿Y qué recibimos en devolución? ¡Educación! Con la asesoría de expertos de Alemania Oriental se logró iniciar en Colombia los Inem. Además, muchos jóvenes colombianos recibieron becas para formarse profesionalmente en carreras técnicas y científicas.
 
En 1979 consideré terminada mi misión. Sentí que me había empapado suficientemente del proceso socialista del Oriente europeo y que debía regresar a mi país para prestarle mis servicios. Regresé con la convicción de que el socialismo precisaba un replanteamiento. La RDA había desconocido las leyes más importantes del capital, socialista o capitalista; había minusvalorado los daños del monopolio del poder; y había impuesto la intolerancia como un método de inteligencia. Todo esto, no me cabe la menor duda, dio al traste con la esperanza de una sociedad mejor.
---------------
Carlos Eduardo Lozano Tovar nació en 1930 en Ortega, Tolima. Tras doctorarse en Derecho en Italia, viajó con una beca a Berlín Oriental, donde completó una maestría en Economía en la Universidad Humboldt. De regreso en Colombia, trabajó unos años para la Siemens. Luego se dedicó a la política: fue Gobernador del Departamento del Tolima, Embajador de Colombia en la RDA y Embajador de Colombia en Bolivia. Hoy reside en Bogotá.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.