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| 3/3/1986 12:00:00 AM

MISION MORTAL

Drama humano y efectos políticos, económicos y sicológicos tras la catástrofe del transbordador espacial.

"Diez, 9, 8, 7, 6, 5... motor principal enciende 4, 3, 2, 1... despegue. Despega la 25ª misión del transbordador espacial", anunció por los altoparlantes el narrador oficial del Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral. "Se ha desprendido ya de la torre". Eran las 11:38 A.M. del martes 28 de enero: un día señalado para marcar el comienzo del que había sido calificado como el año más importante de una nueva etapa de la carrera espacial.
Bajo una inusual temperatura de menos de 6 grados centígrados, muy pocas veces vista en la Florida, y un cielo totalmente despejado, un selecto grupo de 350 invitados se había congregado en la mañana en el mirador de la plataforma de lanzamiento para ver el despegue. A una velocidad de más de 400 kilómetros por hora, el Challenger iniciaba finalmente su misión pospuesta ya en tres ocasiones anteriores y que en ese día había sido nuevamente retardada dos horas.
"Challenger continúa acelerando", ordenó el controlador de la torre. "Continúa acelerando", respondió el comandante de la nave.
"Obviamente algo está funcionando mal, no tenemos comunicación", señaló el narrador segundos más tarde, cuando ante la mirada estupefacta de los niños espectadores que desde el centro espacial o a través de la televisión estaban observando el lanzamiento, dos enormes serpentinas se desprendieron de una ráfaga de color rojo intenso. 74 segundos después del despegue, la nave se había convertido en una inmensa bola de fuego. Los espectadores, con la mirada fija en el cielo, y en silencio, aún no comprendían lo sucedido, cuando se escucho por el altoparlante: "Tenemos el reporte oficial de que el vehículo ha explotado".
Ante la mirada del mundo, el Challenger había desaparecido con sus 7 tripulantes: el comandante Francis Scobbe, el piloto Michael Smith, los ingenieros Judith Resnik, Gregory Jarvis y Ellison Onikura el físico Ronald McNair, y Christa McAuliffe, la profesora de secundaria que el año anterior había sido elegida para ser el primer ciudadano común en volar al espacio (ver recuadro). Por primera vez, los tripulantes de una nave espacial morían en pleno vuelo.
En el Centro Espacial Kennedy, los espectadores y entre ellos los familiares de los tripulantes, vieron con horror cómo la nave se convertía en una lluvia de proyectiles flameantes que habría de caer en el Océano Atlántico durante más de una hora.
En New Hampshire, los estudiantes y profesores del Concorde High School, donde Christa McAuliffe había enseñado ciencias sociales durante 3 ,años, se habían reunido para celebrar frente al televisor el inicio de esa aventura que le permitiría a millones de estudiantes norteamericanos recibir de la maestra una clase dictada desde el espacio. Con ellos, estudiantes y profesores de todos los rincones de Estados Unidos también se encontraban frente a sus televisores en plena mañana, para seguir los pormenores del viaje de la "Maestra Astronauta", como era conocida Christa en todo el mundo. La algarabía de los pitos y el baño de confetis no habrian sin embargo de durar mucho. En cuestión de segundos, la alegría y el júbilo que habían seguido al lanzamiento, habrían de dar paso a la tragedia.
En los centros espaciales de Cabo Cañaveral y Houston, los oficiales de la NASA que habían seguido lentamente lo que hasta ese momento parecía un despegue perfecto, aún no salían de su asombro.

"¿NOS VAMOS?"
Esa mañana, desde las 9:07 A.M., los tripulantes del Challenger habían estado esperando dentro de la nave el lanzamiento, programado inicialmente para las 9:38. Sin embargo, fallas en el sistema antifuego de la plataforma de lanzamiento y una acumulación de hielo en la estructura del soporte de tierra de la nave habían retrasado nuevamente la hora 0.
El día anterior había sido el cerrojo de una de las puertas de la nave el que había impedido la salida del Challenger, que en esta misión colocaría en la órbita terrestre 100 millones de dólares representados en un satélite de telecomunicaciones y otros 5 millones en equipos para el estudio del cometa Halley.
"Buenos días Christa, espero que hoy sí nos vayamos", le había dicho el controlador de tierra a la maestra de New Hampshire, a su entrada a la nave. "Yo espero lo mismo", respondió ella. Esas fueron sus últimas palabras conscientes. Unas horas más tarde las imágenes de la explosión del Challenger, captadas por la televisión, recorrían el mundo.
En la Casa Blanca, el presidente Reagan se encontraba en la oficina oval, discutiendo con sus asesores el discurso que habría de pronunciar esa noche ante el Congreso, el informe sobre el Estado de la Unión, cuando su director de comunicaciones entró en la habitación y le dijo que el transbordador había explotado.
"¿No es ese aquel en el que va la profesora?" preguntó, e inmediatamente se dirigió al televisor para contemplar, con el vicepresidente George Bush y una docena de sus asesores, las tomas del desastre. "El Presidente se mantuvo de pie ante el televisor, en silencio", diría más tarde Larry Speakes, el vocero oficial de la Casa Blanca. "Uno podía ver verdaderamente la preocupación y la tristeza en su rostro a medida que observaba la televisión", agregó.
Inmediatamente se empezaron a tejer especulaciones sobre las posibles causas del accidente y a conocer las primeras reacciones, a través de la radio y de las tres cadenas de televisión que, desde el momento de la explosión hasta entrada la noche, mantuvieron la transmisión de noticias alrededor del desastre.
Desde el Capitolio, en Washington, el senador John Glenn, quien fuera el primer americano colocado en la órbita de la Tierra, dijo: "Creo que desde siempre supimos que llegaría un día como éste. Pero siempre pensamos en poder posponerlo indefinidamente".

DEBILES Y BRAVIOS
Sólo hasta las 4:30 de la tarde se conoció el primer informe oficial, a través de Jesse Moore, administrador de vuelos espaciales de la NASA. "No especularemos acerca de la posible causa de la explosión basados solamente en las tomas de televisión. Será necesario reunir todo los datos y revisarlos cuidadosamente antes de que podamos encontrar conclusión alguna sobre esta tragedia nacional", manifestó Moore en una rueda de prensa desde Cabo Cañaveral, al tiempo que anunciaba la formación inmediata de un comité interino para la investigación preliminar del accidente y la suspensión de todo tipo de operaciones hasta que las causas fueran plenamente identificadas.
Detrás de él, se izaba la bandera de los Estados Unidos a media asta. Aunque inicialmente la Casa Blanca había dicho que el Presidente no suspendería su discurso ante el Congreso, entrada la tarde, se anunció que Reagan, siguiendo el consejo de algunos congresistas, suspendería el informe en señal de duelo.
A cambio de esto, Reagan se dirigía a la nación en una breve alocución televisada. "Estamos ante una pérdida nacional. Hoy es un día para recordar y lamentar la muerte de siete héroes. Los lloramos como una nación unida", manifestó Reagan ante los millones de norteamericanos que a las 5 de la tarde ya se hallaban de regreso en sus casas y seguían paso a paso los acontecimientos a través de la televisión.
"El futuro no pertenece a los débiles, sino a los bravíos", dijo, no sin antes recordar con orgullo típicamente anglosajón, que en ese mismo día, 390 años antes, el pirata Francis Drake había muerto en su búsqueda por descubrir los confines del océano, y 19 años antes, otros 3 astronautas habían muerto en tierra, antes del lanzamiento del Apolo 1.
"Continuaremos nuestra búsqueda en el espacio. Habrá más vuelos del transbordador y más tripulaciones, y más voluntarios, más civiles y más maestros en el espacio. Nada termina así", agregó el Presidente despejando el futuro de la carrera espacial, que con el accidente se ponía sobre el tapete.
"La época del heroismo no ha pasado aún", habría de decir el viernes en el Johnson Space Center de Houston, donde con las 7 familias se celebró una conmemoración especial. "No podemos desilusionarnos. Hoy le prometemos a esa tripulación que su sueño vivirá. Que el futuro por el que ellos trabajaron, será una realidad (...) Continuaremos la carrera en el espacio y alcanzaremos nuevas metas, nuevos logros. Esta es la forma como debemos conmemorar a nuestros 7 héroes del espacio", dijo, mientras un escuadrón de aviones de la Fuerza Aérea recorría los cielos en "formación de compañeros perdidos".

EN BUSCA DE EXPLICACIONES
Las verdaderas causas de la explosión del Challenger muy posiblemente sólo serán conocidas dentro de varios meses, según lo han anticipado los expertos de la NASA. Los escombros de la nave quedaron repartidos en un radio tan amplio que su recolección será bastante larga y dispendiosa. Hasta ahora, las patrullas aéreas terrestres y marítimas que se han desplegado por la región, cubriendo un rectángulo de aproximadamente 15 mil kilómetros cuadrados en el Océano Atlántico, al este de Cabo Cañaveral, han encontrado cientos de escombros que podrían contener pistas para el establecimiento de la causa del accidente. Su inspección minuciosa, sin embargo, tomará muchos meses antes de los cuales no se podrá llegar a una conclusión definitiva, si es que ésta puede encontrarse algún día.
Existen no obstante, varias teorías respecto a lo que podría haber originado el accidente del Challenger. Las mayores sospechas recaen sobre el tanque externo del combustible, en el cual se encontraban más de medio millón de galones de hidrógeno y oxígeno, colocados en compartimientos separados, los cuales se utilizan como combustible para los 3 motores principales de la aeronave. Los dos líquidos, cuya mezcla entre sí o con el aire ocasionaría una inmediata explosión de gran magnitud, se hallan separados el uno del otro por un intertanque.
Teniendo en cuenta esta teoría existe la posibilidad de que algusso de los dos tanques, el de oxígeno o el de hidrógeno líquidos, tuvieran un tipo de escape que originara la explosión.
Así mismo, ésta podría haber sido causada por una ruptura o escape en los conductores de las paredes del intertanque que permitiera la mezcla de los dos líquidos y generara una gigantesca bomba. Otra posibilidad podría radicar en alguna falla en las válvulas del intertanque que se encargan de eliminar durante el tanqueo de la nave cualquier residuo gaseoso. Según esta teoría, el Challenger habría dejado escapar oxígeno gaseoso. Algún residuo de éste habría podido quedar en el interior de la cabina, mezclado con el aire para detonar a la menor chispa. Cualquier tipo de presión extra sobre el tanque externo en los momentos del despegue, cuando el combustible que contiene estalla de por sí ejerciendo una gran presión, podría haber perforado las paredes del tanque. Por ejemplo, una avería en uno de los soportes con que el tanque se amarra a la nave. Existe así mismo la probabilidad de que el tanque externo hubiera chocado con algo lo suficientemente grande para haberlo perforado.
Una teoría diferente, sostenida por uno de los expertos, ubica el daño en los cohetes de propulsión, los cuales son reusables. Después de cada lanza miento y una vez separados de la nave, estos cohetes caen en el Océano Atlántico de donde se recuperan.
Aunque son cuidadosamente revisados y cada una de las partes averiadas reemplazadas, algún desperfecto habría podido dejar escapar gas caliente que traspasara las finas paredes del tanque externo. Y finalmente, existe la posibilidad de sabotaje, el cual, sin embargo, dadas las estrictas medidas de seguridad que protegen la nave y la mantienen fuera del alcance inclusive de los mismos empleados de la NASA, parece casi totalmente descartada.
Aunque al final de la semana se habían encontrado ya piezas de tamaño considerable que podrían ser de gran utilidad para la investigación, la inspección de las mismas se encontraba apenas en su etapa primaria. El nombramiento de un comité permanente que asuma la responsabilidad total de la investigación, es esperado para los primeros días de febrero.
Pero lo cierto es que ninguna explicación, por convincente y completa que resulte, será capaz de llenar el vacío que lo sucedido generó en el espíritu de millones de norteamericanos, especialmente niños. Se necesitará mucho más para que los Estados Unidos terminen de reponerse de esta tragedia, que ha venido a demostrar una vez más, ahora que la "Guerra de las Galaxias", parece estar a la vuelta de la esquina, que las máquinas no son ni serán nunca infalibles.

LA MAESTRA QUE PASO A LA HISTORIA
Cuando en agosto de 1984 el presidente Ronald Reagan anunció que promovería la educación de los niños norteamericanos por medio de un maestro que sería enviado al espacio, Christa McAuliffe, profesora de ciencias sociales en el Concord High School de New Hampshire, entonces de 36 años de edad, jamás imaginó que ella sería seleccionada entre los 11 mil maestros que se inscribieron al concurso.
Graduada en historia americana y con un máster en educación, esposa y madre de dos hijos, Spot de 9 años y Carolina de 6, Christa veía la posibilidad de completar sus habilidades como educadora con su interés por la historia y el espacio, como "una oportunidad única para llenar sus primeras fantasías", tal como lo escribiera en el ensayo que presentó a la NASA para concursar.
Fue con esa ingenuidad que la acercaba tanto a sus alumnos y con el dinamismo que le conocieron y le admiraron siempre, que Christa consiguió convencer primero a la NASA y después a todos aquellos que la trataron personalmente y a través de la televisión, de su capacidad y firmeza en el propósito que se había impuesto: humanizar la tecnología de la era del espacio.
"Es perfecta", había dicho un día una de sus estudiantes del Concord High School, el año pasado: "Sabe cómo poner las lecciones sobre la Tierra". Todos los demás alumnos estuvieron de acuerdo.
Y era esa, precisamente, la misión que Christa McAuliffe tenia en el Challenger. Transmitir a la Tierra desde el transbordador, lecciones televisadas a través de las cuales los estudiantes pudieran comprender mejor las complejidades de la era espacial. Cuando supo, por boca del vicepresidente George Bush en julio de 1985, que había sido elegida, Christa empezó a prepararse para la misión con entusiasmo. "Siento que el hecho de que se haya abierto la puerta y se permita que una persona ordinaria como yo pueda volar, dice mucho del futuro", había dicho en una reciente entrevista a la prensa. Durante 6 meses, Christa se sometio a todo tipo de pruebas médicas y a un riguroso entrenamiento que incluyó vuelos en avión con gravedad cero, centrífugas humanas y tácticas de escape de emergencia, todo lo cual afrontó con entusiasmo y alegría.
Eran ese mismo entusiasmo y esa alegría las que embargaban a los estudiantes de los Estados Unidos, en particular a los de Concord, cuando perplejos tuvieron que presenciar la tragedia.
"Estábamos disfrutando el lanzamiento. Estábamos exaltados y lo celebrábamos con ella. De pronto, todo terminó. Eso es todo, terminó", dijo el rector del Concord High School, Charles Soley, con voz temblorosa. "No hay nada que sea perfecto, no hay nada que sea predecible", añadió. "Así como quienes lo vivieron recordarán siempre qué estaban haciendo cuando Kennedy fue asesinado, así mismo nadie podrá olvidar cuándo se incendió el Challenger", comentó en Chicago un profesor de 38 años.

LOS ACCIDENTES DEL PASADO
Los riesgos inherentes a explorar el universo se han visto en los accidentes y las muertes de astronautas tanto de la Unión Soviética como de los Estados Unidos a lo largo de toda la carrera espacial. Los desastres han reducido invariablemente las exploraciones, mientras los técnicos e ingenieros modifican los vehículos en un intento por evitar futuras tragedias. Los Estados Unidos lanzaron 16 misiones antes de la primera catástrofe. En enero 27 de 1967 -19 años y un día antes de la explosión del Challenger- la tripulación de lo que hubiera sido la primera misión Apolo murió incinerada dentro de la nave antes del despegue. El fuego comenzó y en sólo 15 segundos, tres astronautas estaban muertos.
Las investigaciones fueron incapaces de determinar la causa del fuego, pero concluyeron que éste había sido alimentado por algunos materiales inflamables utilizados en la construcción de la cápsula y por la atmósfera de 100% de oxígeno puro que respiraban los tres astronautas: el teniente coronel Virgil I. Grissom de la Fuerza Aérea, el teniente coronel Edward H. White, segundo de la Fuerza Aérea y el teniente comandante Roger B. Chaffee de la Marina. El accidente fue inevitable debido a lo anterior y además a un agravante: la puerta de la tripulación requería 90 minutos para abrirse.
El resultado del fuego fue una crisis de inseguridad y una serie de reevaluaciones del programa Apolo de 23 mil millones de dólares. Después de un año, el programa avanzó lentamente y el próximo Apolo despegó en octubre de 1968, sin problema.
El desastre también llegó a la Unión Soviética en 1967, cuando la primera nave Soyuz empezó a experimentar problemas en el manejo después de su treceava órbita. El coronel Vladimir M. Komarov reinició los procedimientos en la órbita 18. Los expertos del Oeste asumen que la nave se enredó en las cuerdas de su paracaídas. Cualquiera que haya sido la causa, lo cierto es que el astronauta murió instantáneamente cuando la nave tocó la tierra a una velocidad de 400 millas por hora. Al igual que en el caso de las muertes americanas, el episodio concluyó con el rediseño del Soyuz, nave que fue mejorada ostensiblemente.
El más arriesgado episodio no fatal en la historia de los viajes espaciales ocurrió en abril de 1970, cuando un tanque de oxígeno explotó en el Apolo 13, dos días después de iniciar el viaje a la luna, colocando a los tres astronautas en grave peligro.
Debido a los accidentes, las misiones Apolo cesaron sus actividades durante un año, mientras su sistema era rediseñado. Al año siguiente, en junio de 1971, el desastre golpeó nuevamente el programa soviético cuando tres astronautas rusos en el Soyuz 11 retornaron a la órbita terrestre con un nuevo récord de más de tres semanas en el espacio. La nave espacial aterrizó, pero cuando los auxiliares abrieron la cápsula descubrieron que los cosmonautas habían muerto, víctimas del mal funcionamiento del sistema de control del medio ambiente.

LA PESADILLA DE LOS NIÑOS
Los expertos en salud infantil expresaron su preocupación sobre el impacto sicológico que la muerte televisada de Christa McAuliffe puede tener en los colegiales norteamericanos que se preparaban a ver el triunfo de una maestra en el espacio y en vez de eso fueron testigos de un desastre desgarrador.
Los especialistas suponen que algunos niños pueden empezar a sufrir de miedos exagerados, pesadillas, incapacidad para concentrarse y ansiedad con respecto a la seguridad de sus padres o maestros o la suya propia. Muchos sicólogos infantiles en todo el país aconsejaron a los padres y maestros que hablen abiertamente con sus hijos y alumnos sobre el desastre, para darles la oportunidad de exteriorizar sentimientos que podrían de otro modo, "envenenarlos" y causarles stress emocional.
La NASA compartía esta preocupación y por ello diseñó planes para llevar apoyo sicológico a los niños norteamericanos a través de la televisión y de otros medios. A mediados de la semana pasada, la división de asuntos educativos de la agencia espacial se reunió para estudiar las medidas que deberían tomarse, incluyendo la selección de especialistas en niños para que la asesoren en la toma de las medidas que deben ayudar a reparar las tensiones emocionales que muchos niños pueden haber sufrido.
Cuando el vehículo espacial estalló matando a la profesora y a los seis astronautas, fue un momento estremecedor para millones de niños que habían sido preparados en sus escuelas para seguir la aventura de la primera maestra espacial. Los casos mas parecidos, según los especialistas, serían los asesinatos de figuras públicas como el presidente John F. Kennedy y el reverendo Martin Luther King, acontecimientos que marcaron toda una generación. Pero la explosión del Challenger, afirmaron, puede tener un impacto particularmente fuerte sobre los niños por dos razones: la señora McAuliffe, en calidad de maestra, era alguien con quien podían identificarse estrechamente como si fuera un miembro de su propia familia; por otra parte, millones de niños vieron la tragedia en directo por la televisión. Ser testigo de la muerte de alguien cercano, especialmente cuando es inesperada, puede significar una marca indeleble en las mentes infantiles.

Y DE LA "GUERRA DE LAS GALAXIAS", ¿QUE?
Para medir el impacto que la catástrofe del Challenger tendrá a nivel científico-tecnológico, hay que distinguir dos aspectos: el programa espacial propiamente dicho de la NASA y los planes particulares que el Pentágono tiene sobre el uso de los transbordadores espaciales.
Respecto del primero, las evaluaciones iniciales no son alentadoras. Como ocurrió en enero de 1967, cuando los astronautas Grissom, White y Chaffee perdieron la vida durante un ensayo en tierra de una cápsula espacial, lo que entrañó el retardo de un año en los planes del programa Apolo, el accidente del pasado martes 28 de enero ocasionará probablemente la suspensión de los vuelos de transbordadores durante todo 1986.
No podría ser de otra forma, pues la investigación para conocer las circunstancias exactas del hecho, será complicada. Además, tendrán que revisar, según los expertos, el proceso mismo de fabricación de tales naves de los instrumentos de control, de los depósitos de combustible para el despegue inicial, etc.
La experiencia soviética también confirma este temor. En abril de 1971, cuando los cosmonautas Dobrovolski, Patsaiev y Volkov murieron por una brutal despresurización de la estación Saliut-1, los vuelos fueron suspendidos durante 27 meses mientras se realizaban las investigaciones.
Por otro lado, la ausencia de advertencias por parte del sistema de computadoras instaladas a la nutrida red de sensores del Challenger, abre notables interrogantes para todos los sistemas instalados en los otros tres transbordadores espaciales y para la industria de aviación misma.
La NASA tenía previsto realizar 15 vuelos este año. Algunas de las tareas que iban a ser confiadas a los transbordadores eran de gran valor científico. Dos operaciones fechadas para mayo lanzarían la sonda norteamericana Galileo con destino a Júpiter y la sonda europea Ulises, que estudiará las regiones polares del Sol. Fuera de eso debían poner en órbita el gran telescopio espacial Hubble. Nada de esto puede ser llevado al espacio en navíos diferentes al Challenger o a sus hermanos el Columbia, el Atlantis y el Discovery. Es obvio que para cuando los vuelos se reinicien, las prioridades serán para los satélites comerciales y militares.


La NASA, duramente afectada en sus economías por la destrucción del Challenger, cuyo costo superaba los mil millones de dólares, no podrá relegar los contratos que ya tiene firmados para poner en la órbita geoestacionaria una serie de satélites destinados a comunicaciones telefónicas y televisivas este año. Este tipo de actividad, como la destinada a reubicar satélites perdidos o reparar los averiados, reporta valiosas ganancias a dicha agencia. Además, los expertos europeos estiman que la potencial competidora de los transbordadores norteamericanos, la sociedad Arianespace, que en enero de 1985 decidió construir el Hermes, un avión espacial pequeño, se verá también afectado por el accidente del Challenger.
Menos deprimidos que los científicos, los militares norteamericanos han hecho saber que los planes espaciales del Pentágono no han de sufrir necesariamente un gran revés por lo acontecido. Dueño de una tercera parte de los vuelos programados para los transbordadores espaciales, cuya tarifa por misión es de 50 millones de dólares, el Departamento de Defensa norteamericano se ha convertido en el mayor usuario de los sofisticados aparatos.
No era un secreto que el ambicioso programa del presidente Reagan de un sistema antimisiles basado en el espacio denominado por las siglas SDI y popularmente conocido como "Guerra de las Galaxias", iba a ser experimentado e instalado a través de los transbordadores. Es por eso que un amago de discusión ha empezado a aflorar entre quienes afirman y niegan que ciertos programas de defensa, incluido el programa SDI, van a ser seriamente afectados por el drama del Challenger. Bob Sims, un portavoz del Pentágono, declaró, por ejemplo, al diario Le Monde, que el accidente causaria un "serio impacto" sobre los programas de defensa, pues las investigaciones sobre el SDI "arriesgan ser afectadas".
En cambio, fuentes del Washington Post en la administración y en el Congreso norteamericanos sostenían una tesis menos pesimista: "A menos de que la investigación del accidente del Challenger determine que se requieren cambios fundamentales en las tres naves que quedan, no se espera que la parte del programa espacial del Pentágono sea retrasada seriamente".
La razón es que el Pentágono dispone de medios adicionales para lanzar al espacio sus artefactos. El viejo cohete Titán, con algunas modificaciones que ya han sido aprobadas por el Congreso, estaría en capacidad de cumplir esas labores.
Prudentes, los militares norteamericanos no se la jugaron toda a una sola carta. Las reservas que tenían sobre la capacidad de los transbordadores para poner en órbita los satélites militares fueron dramáticamente confirmadas por la tragedia del Challenger.
El Challenger, con el Columbia, el Discovery y el Atlantis (el Enterprice, la primera nave de esa serie, ya fue fetirado del servicio) era quizás la maquinaria más sofisticada de los Estados Unidos. Su explosión, y los varios incidentes menores ocurridos desde abril de 1981 en los transbordadores; arrojan una lección que desafía la filosofía de la "Guerra de las Galaxias" como arma que pondrá fin a la guerra atómica: la ultramoderna tecnología espacial tampoco está exenta de riesgos. Probablemente nunca llegará al nivel -desconocido hasta ahora en el desarrollo humano- donde el error este descartado. En consecuencia, las dimensiones a que podría llegar un accidente en los sistemas diseñados para desatar en el cosmos el fuego nuclear, serían impensables, demasiado onerosos para jugar con ellos.

LOS CINCO PASOS DE LA CATASTROFE

1. 7 SEGUNDOS: La torre de lanzamiento es dejada atrás por el transbordador espacial.
2. 9 SEGUNDOS: El transbordador gira sobre su espalda.
3. 35 SEGUNDOS: Los motores principales reducen su potencia para
evitar un exceso de velocidad que podría causar temperaturas demasiado altas en la cubierta exterior del transbordador.
4. 52 SEGUNDOS: Los motores principales aumentan potencia en la medida en que el cohete se acerca a la barrera del sonido. Tensiones extremas se presentaron en este punto del trayecto.
5. 74 SEGUNDOS: El control de tierra pierde contacto con el transbordador.
El tanque de combustible externo adherido al transbordador explota, envolviendo el cohete en una bola de fuego. Los dos cohetes auxiliares se desprenden, avanzan y son automáticamente destruidos desde el control de tierra.
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