Sábado, 21 de enero de 2017

| 2006/12/08 00:00

Misterio tenebroso

El caso del ex espía ruso Alexander Litvinenko impresiona al mundo. Con su novelesca historia, los envenenamientos de Estado parecen haber reaparecido en Rusia.

El presidene Vladimir Putin trata por todos los medios de disipar las sospechas que inculpan a su gobierno en la muerte del ex espía ruso Alexander Litvinenko

Hasta el día en que envenenaron a Alexander Litvinenko, ex espía de la KGB, poca gente había oído hablar del polonio 210. Pero este elemento altamente tóxico y radioactivo alcanzó fama mundial cuando se supo que causó la muerte por envenenamiento del ex espía el pasado 23 de noviembre, en el University College Hospital de Londres.

Esa dolorosa muerte tiene toda clase de implicaciones internacionales. La semana pasada llegó un equipo de investigadores británicos invitado por el presidente ruso, Vladimir Putin. Su decisión tiene por objeto tratar de disipar la sospecha, que corre por el mundo entero, de que su gobierno es el responsable del crimen.

Los hechos que rodearon la muerte de ese acérrimo opositor de Putin conforman una verdadera novela policíaca. El primero de noviembre, el día en que Litvinenko fue envenenado, se había puesto una cita con el empresario italiano Mario Scaramella, hoy uno de los principales sospechosos del asesinato. Su interlocutor le iba a mostrar unos correos electrónicos en los que ambos aparecían como parte de una lista negra que los ponía en la mira de la KGB.

El ex espía, que vivía en territorio británico, tomaba toda clase de precauciones. Mantenía bajo estricto secreto su domicilio, cambiaba con regularidad su número telefónico y escogía metódicamente sus lugares de reunión. Por eso prefirió un lugar concurrido para el encuentro.

El magnate y el ex espía se encontraron en un restaurante de comida japonesa en Londres, Litvinenko tomó sopa y sushi ,y su compañero, una botella de agua. En los platos y el recipiente se hallarían luego restos de polonio 210. En el restaurante, el italiano no sólo le contó a Litvinenko sobre los correos electrónicos, sino que le informó de los posibles implicados en el asesinato de Anna Politkovskaya, periodista rusa y ferviente opositora de Putin, asesinada en su residencia en Moscú en octubre pasado.

Litvinenko no lo sabía, pero Scaramella se había reunido en la sede de la Policía secreta de Moscú con su director, Víctor Kolmogorov. Ese extraño italiano tiene un historial amplio. Aparece como protagonista en denuncias de tráfico de armas y de uranio, descubrió misiles soviéticos en las aguas del golfo de Nápoles e incluso recibió el encargo de la CIA de "ir a Colombia para investigar los lazos entre narcotraficantes y espías rusos", según dijo en algunas de sus declaraciones a Scotland Yard.

Después del encuentro en el restaurante japonés, Litvinenko se fue al hotel Millenium y se reunió con otros dos compatriotas, uno de ellos Andrei Logovoi, también ex agente. El otro acompañante, Dimitri Koutun, era un hombre de negocios que había conocido dos semanas atrás. Allí también podrían haberlo envenenado, pues en las pesquisas se han encontrado restos de polonio en los baños y en algunas habitaciones.

En su lecho de muerte, Litvinenko sólo podía recordar que Vladimir, un acompañante de Logovoi, le insistía en que tomara té. Después de esto, Litvinenko cayó enfermo. Scaramella y Logovoi niegan haber sido los asesinos, con el argumento de que estaban a favor de Litvinenko. Para Scotland Yard, el enigmático Vladimir es considerado una pieza clave en el misterioso deceso.

Las hipótesis

Los analistas de la política rusa dan por sentado que la muerte de Litvinenko hace parte de la lucha encarnizada que se libra por el poder del Kremlin, que será sometido a elecciones en 2008. Las sospechas se dirigen al gobierno de Putin, que estaría interesado en silenciar al ex agente que amenazaba con revelar muchos secretos poco presentables, entre ellos la participación oficial en la muerte de Anna Politkovskaya, la periodista asesinada hace dos meses en Moscú. Aunque tampoco se descarta que este asesinato haga parte de una jugada maestra de la oposición para desacreditar al gobierno.

Litvinenko se había declarado enemigo del Kremlin desde 1998, cuando apareció en una rueda de prensa en Moscú para acusar de acciones ilegales a los dirigentes del Servicio Federal de Seguridad, (FSB), sucesor de la tenebrosa KGB, la Policía secreta soviética. El organismo era liderado entonces por el actual presidente de Rusia, Vladimir Putin, él mismo un ex agente de la KGB. Por esta razón se vio obligado a huir con su familia e instalarse bajo asilo político en Londres.

Sin embargo, resulta absurdo que un Estado tan sofisticado como el ruso haya recurrido a un procedimiento tan burdo, a sabiendas de que todos los indicios apuntarían en su dirección. En ese sentido, se dice que muchos por fuera del Kremlin tendrían interés en la muerte de Litvinenko. El rotativo británico dominical The Observer cita a una académica rusa: "Litvinenko me dijo que iba a chantajear o vender información sobre todo tipo de personas poderosas, entre ellas, oligarcas, funcionarios corruptos y contactos en el Kremlin".

Según ella, "él mencionó una cifra de 10.000 libras que ellos pagarían para impedirle difundir los documentos del servicio federal de seguridad rusa". Con esta estrategia, el ex espía pretendería remediar su mala situación económica. Pero con ello se puso en la mira de personajes muy peligrosos.

Por eso, Scotland Yard maneja dos hipótesis. La primera es que el asesino dejó rastros del veneno para confundirla, y la segunda, que se trató de un siniestro plan cometido por muchas personas para garantizar el silencio de un personaje potencialmente peligroso.

Este caso encendió las alarmas en el Viejo Continente. Hace unos días, la aerolínea British Airways anunció el hallazgo de restos de una sustancia radiactiva en tres de sus aviones. Según la Policía, esos aparatos, que sirvieron rutas a Madrid y a Barcelona, pueden guardar alguna relación con el caso. Por tal motivo, la compañía decidió contactar a 33.000 de sus clientes que pudieron volar en ellos para evaluar un posible contagio.

En cualquier caso, el envenenamiento no fue extraño al Kremlin en la época de la Guerra Fría. Un ejemplo siempre recordado es el del búlgaro Gueorgui Markov, quien murió en 1980, en Londres, después de ser pinchado con la punta envenenada de un paraguas mientras caminaba por la calle. Y en épocas 'democráticas', hace apenas tres años, el gobierno ruso empleó una carta envenenada para aniquilar al saudí Habib Jatab, uno de los comandantes de la guerrilla chechena más odiados por las fuerzas militares rusas. En ese mismo año, el primer ministro de Chechenia, Anatoli Popov, sufrió un misterioso envenenamiento. Poco después, el entonces líder opositor y hoy presidente ucraniano, Víctor Yúschenko, fue envenenado durante una cena con altos cargos soviéticos. Ambos casos se le atribuyen al gobierno ruso.

La comisión de investigadores de Scotland Yard es un nuevo y excepcional elemento en este caso de intriga internacional. Pero dado el secretismo que sigue imperando en la sede del poder de Rusia, nada garantiza que la terrible muerte del ex espía jamás sea aclarada.

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