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| 12/23/2016 12:00:00 AM

“Los gobiernos de hoy son como Gulliver atado por los liliputienses”. Moisés Naím

El analista internacional habló con SEMANA sobre las causas del populismo, sus efectos en la democracia y las perspectivas de un cambio de rumbo a mediano plazo.

SEMANA: ¿Por qué está resurgiendo el populismo en el mundo?

Moisés Naím: No creo que se pueda hablar de un resurgimiento porque el populismo nunca desapareció. Este no es de izquierda ni de derecha, no es una ideología. Es sencillamente un instrumento para ganar apoyo popular. Y lo cierto es que los estímulos que el populismo les ofrece a algunos líderes siempre han estado allí. Lo que ha sucedido es que esas características se han potenciado debido a cambios tecnológicos, como el mayor acceso a la información que permite internet, pero también históricos, como el fin de la Guerra Fría y la caída de muchas fronteras. El resultado ha sido el fin del monopolio del poder.

SEMANA: ¿Y cuáles son entonces las especificidades del populismo en la actualidad?

M.N.: Los populistas contemporáneos polarizan al pueblo con un discurso que se basa en un sencillo mensaje de ‘nosotros contra ellos’. Por un lado, enfrentan a los votantes con los líderes tradicionales, que según ellos son ‘los que han gobernado mal’ y culpables de todos los problemas. Por el otro, insisten en que hay un enemigo externo que atenta contra los intereses nacionales. A su vez, demonizan a la oposición e incluso criminalizan las diferencias ideológicas y se ponen a sí mismos en el papel mesiánico de ser los únicos que pueden solucionar el escenario apocalíptico que describen en sus discursos. Recuerde que durante la Convención Republicana, al describir la situación lamentable en la que según él se encuentra Estados Unidos, Trump dijo: “Y soy el único que puede arreglarlo”.

SEMANA: Pero ahí no se acaba la cosa.

M.N.: Por supuesto que no. Dentro de la estrategia de los populistas también está militarizar las soluciones, enaltecer a los militares y poner a las Fuerzas Armadas en el centro del escenario político. Y al mismo tiempo, descalificar a los expertos y denigrar de la ciencia, de los datos, de la estadística. Sin olvidar la constante deslegitimación a la que someten a los medios de comunicación en general, y a los periodistas en particular. De hecho, Rafael Correa los llama sicarios de tinta. Trump no los dejaba entrar a sus mítines. Y Erdogan se ha convertido en el líder que más periodistas ha encerrado.

SEMANA: Sin embargo, todos esos líderes llegaron al poder gracias a la democracia. ¿No es eso paradójico?

M.N.: Por supuesto que sí. Y a mi juicio no solo es paradójico, sino también una de las tendencias peligrosas de estos tiempos. Pues esos políticos, tras triunfar en elecciones más o menos limpias, una vez en el poder eliminan los pesos y contrapesos con los que cuenta la democracia justamente para evitar que el poder se concentre en una sola persona. En pocas palabras, se trata de un proceso en el que la democracia está siendo socavada desde adentro.

SEMANA: ¿Qué tanto tiene que ver la economía con el resurgimiento del populismo?

M.N.: Mucho. Es cierto que siempre ha habido una brecha entre las expectativas de los votantes y el desempeño de los gobiernos. Sin embargo, en los últimos años esa brecha se ha ahondado, pues las expectativas han aumentado mucho, lo mismo que las decepciones. Y esto se debe a dos razones. Por un lado, gracias a la revolución tecnológica y de la información hoy los votantes saben más sobre la situación de otros países, pero también sobre el buen o mal desempeño de sus propios gobiernos. Por el otro, al mismo tiempo que las expectativas y escrutinio han aumentado, los gobiernos tienen un rango de acción cada vez más restringidos por razones fiscales, institucionales y políticas. En ese contexto, es comprensible que la crisis de 2008 haya tenido un gran impacto en la relación de los votantes con sus gobiernos.

SEMANA: ¿Por qué los gobiernos democráticos son impotentes para llenar las expectativas de sus ciudadanos?

M.N.: Yo comparo a los gobiernos de la actualidad con el capitán Gulliver atado por miles de hilitos al piso por los liliputienses. Aunque siguen siendo grandes y poderosos, hay una plétora de condiciones económicas, sociales, internacionales y militares que limitan su capacidad de cumplir con sus obligaciones habituales. De hecho, uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es que la gente no entiende que los gobiernos tienen limitaciones y que, en muchas ocasiones, pueden estar esperando más de lo que estos pueden dar.

SEMANA: Ese panorama no es alentador. ¿Está la democracia condenada a desaparecer?

M.N.: La primera respuesta es que no hay respuesta universal. Cada país va a sufrir estas tendencias a su modo. Algunos, de una manera muy profunda y demoledora, como Venezuela, que hoy es un Estado fallido. Pero otros van a encontrar los recursos y los antídotos para contrarrestar o por lo menos atenuar esa situación. Sin embargo, hay una encuesta muy reveladora que quiero traer a cuento. En esta, a la pregunta de si la democracia es el mejor sistema para gobernar, las respuestas en América Latina fueron sorprendentes, pues donde más personas respondieron ‘sí’ es Venezuela. La gente que sabe lo que significa perder la democracia es justamente la que más la aprecia. Y la que la quiere de regreso.

SEMANA: El ascenso del populismo ha coincidido con la decadencia de los partidos. ¿Son estos una institución anacrónica?

M.N.: Si uno quiere la democracia, debe querer que estos existan. Esta es imposible sin ellos. Sin embargo, es claro que en la actualidad los partidos son muy impopulares por su incompetencia, su corrupción y su falta de dinamismo. Muchos siguen siendo muy poderosos, como el Partido Republicano en Estados Unidos, las agrupaciones socialdemócratas en Europa o el peronismo en Argentina. Sin embargo, también es claro que la gente los ve como instituciones corruptas diseñadas para extraer recursos políticos. O como maquinarias diseñadas en torno a un solo personaje que solo busca llegar al poder. Lo que hace falta son partidos que enamoren a la gente, que la entusiasmen y canalicen su energía. En la actualidad, esa función la están cumpliendo las organizaciones no gubernamentales. Aunque estas cumplen un papel muy importante y sus aportes han sido maravillosos, no pueden reemplazar a los partidos políticos.

SEMANA: ¿Hay un péndulo en todo este proceso? ¿Es posible que todo esto sea un fenómeno pasajero?

M.N.: Sí. Sin embargo, esa posibilidad no es del todo positiva. A mí me preocupa muchísimo lo que está pasando con Trump, las personas que ha nombrado en su gabinete, las políticas radicales que está promoviendo y su influencia en los partidos populistas de Europa y también de Asia. Sin embargo, también me parece muy inquietante lo que puede pasar cuando venga la reacción en su contra. Es decir, que el péndulo se mueva con tanta fuerza que Estados Unidos caiga en el extremo contrario. Y, como sabemos, los extremos son siempre peligrosos e inapropiados.

SEMANA: Siempre se ha dicho que los países democráticos no se hacen la guerra. ¿El populismo nacionalista nos está acercando a un panorama bélico generalizado?

M.N.: Sí. Me preocupa mucho la militarización de las soluciones de las relaciones internacionales. También, que se desdeñen tanto la diplomacia como la búsqueda consensuada de acuerdos. Sin embargo, no estoy de acuerdo con las voces según las cuales ya estamos en la tercera guerra mundial.

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