Lunes, 16 de enero de 2017

| 2005/11/22 00:00

Momento crucial

El referendo sobre la Constitución medirá las fuerzas de los grupos políticos. Sin importar el resultado, la estabilidad y la salida de las tropas de ocupación están lejanas.

George W. Bush radicalizó su discurso en torno a la guerra en Irak, y anunció que no retirará sus tropas hasta no obtener la 'victoria'.

El presidente norteamericano George W. Bush pronunció el jueves uno de sus discursos más importantes de los últimos tiempos. "Nunca nos retiraremos, (de Irak) ni aceptaremos nada menos que completar la victoria", dijo ante un auditorio compuesto por miembros de un grupo de activistas de derecha. Las palabras del Presidente se produjeron cuando se acerca un momento crucial de su campaña en ese país. Mientras en las últimas semanas se ha extremado el terrorismo, que cada vez afecta menos a los soldados norteamericanos y más a la población iraquí, se acerca el referéndum para aprobar la nueva Constitución. Bush, con su popularidad llegando a las cotas más bajas, necesita reforzar la posición de su gobierno a nivel de su propia opinión pública y al mismo tiempo asegurar al gobierno iraquí que no lo dejará solo en este momento. Para eso cambió el tono del discurso que justifica la ocupación en Irak, pues caracterizó a los radicales islámicos como un movimiento religioso-ideológico decidido a imponer un proyecto de dominación mundial para crear el Califato desde España hasta Indonesia. Bush incluso llegó a usar la expresión islamo-fascismo, en un esfuerzo por equiparar su guerra contra el terrorismo como una nueva versión de la segunda conflagración mundial. Y es que las palabras del mandatario vienen en un momento en que como resultado de la guerra han perdido la vida 1.943 soldados estadounidenses y 26.323 civiles iraquíes. Un baño de sangre que se incrementa día a día como resultado de los incontenibles ataques terroristas, un reflejo de la fragilidad política y social del país. De ahí que la aprobación de la nueva Carta constitucional iraquí adquiera ahora, más que nunca, una importancia crucial para el gobierno norteamericano, pues mostraría el primer éxito real hacia la democratización del país. De ser aprobada la nueva Constitución, el país iría a elecciones generales el 15 de diciembre. Sin embargo, para que la Carta sea aprobada, la mayoría de los electores debe votar por el sí sin que dos tercios de los votantes se pronuncien en contra en más de tres provincias. Si es rechazada, la Asamblea Nacional tendrá que ser disuelta y se harán elecciones para escoger sus nuevos miembros, con lo que el proceso deberá volver a empezar. El problema es que los comicios del 15 de octubre serán un pulso entre los grupos de la población, dividida entre una mayoría chiíta del 60 por ciento, y sunitas y kurdos que se reparten el 40 por ciento restante. Chiítas y kurdos entraron en conflicto luego de que los últimos, que tienen como más alto representante al presidente Jalal Talabani, acusaron a la facción chiíta, liderada por el primer ministro, Ibrahim Al Jaafari, de querer monopolizar el poder. La minoría sunita, que regía en tiempos de Saddam Hussein, ahora depende de la voluntad de sus adversarios, con el agravante de que las zonas que ocupan mayoritariamente no tienen grandes reservas petroleras. La mayor preocupación para el gobierno de Estados Unidos es que los representantes sunitas decidan no participar en el referendo, pues han denunciado manipulaciones y no aprueban el borrador constitucional. Michael O'Hanlon, del Instituto Brookings y experto en política iraquí, dijo a SEMANA que "hay mucha preocupación por los sunitas: su enfado y su apoyo a la insurgencia y su sentido de enajenación. Creo que la situación podría tornarse peor, a menos que se suavicen las políticas supervivientes del Baath (antiguo partido de Hussein) dentro de la Constitución, y las entradas del petróleo sean repartidas de manera equitativa entre todos los grupos". Pero la Constitución iraquí no es, de ninguna manera, la garantía de un régimen democrático para Irak. Está lejos de ser la carta posmodernista proyectada por Estados Unidos. Aunque efectivamente garantiza el 25 por ciento de las curules del Parlamento a las mujeres, los chiítas impusieron el artículo segundo, que establece que "ninguna ley podrá contradecir los principios indisputados del Islam", lo que dejará a Irak por fuera de los estándares internacionales. Por ejemplo, la edad a partir de la cual puede haber consentimiento sexual no podría ser superior a los 9 años, pues Mahoma tuvo una esposa de esa edad. De lo cual se sigue que las niñas que tienen esos años podrían ser sujetas a la responsabilidad penal e incluso a la pena de muerte. Ese artículo permitiría también a los chiítas usar esa disposición para que sus ayatollas tengan prelación sobre el poder elegido democráticamente, pues sólo ellos tienen el derecho de determinar qué es lo correcto según el Islam. Si bien los liberales se preocupan por todo lo anterior, la oposición sunita tiene otra queja: el federalismo que los dejaría lejos del petróleo, y la prohibición del antiguo partido Baath, el de Saddam Hussein, pues la inmensa mayoría perteneció a él. Y hay chiítas, como el líder miliciano Moqtada al Sadr, que resienten la presencia de los ayatollas iraníes, con quienes no puede competir en autoridad religiosa, ante lo que ha asumido una posición nacionalista contra la Constitución. Todos ellos, junto con las mujeres, que han visto perdidas sus libertades, las mayores del mundo árabe en épocas de Hussein, podrían descarrilar la Constitución. Bush estaría entonces partiendo de nuevo de cero, pero con una carga de soldados norteamericanos muertos que se acerca peligrosamente al límite sicológico de los 2.000. El 15 de este mes, en suma, las apuestas podrían ser del todo por el todo.

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