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| 7/4/1988 12:00:00 AM

MOSCU FUE TESTIGO

Fuera de confirmar un primer tratado de desarme y de firmar algunos secundarios, el impacto de la última cumbre fue más de imagen que de hechos concretos.

Desde el comienzo se sabía que no iba a suceder nada, y eso fue exactamente lo que pasó. Por eso, desde el momento mismo en que Ronald Reagan se subió en su avión el jueves pasado en Moscú en compañía de su esposa Nancy, el trabajo de los analistas fue buscarle sustancia a una cumbre que se destacó por no dejar ningún resultado en concreto.
Claro que no faltará quien diga que afirmar eso, es una exageración. Al fin y al cabo, cuando Ronald Reagan y Mikhail Gorbachov se encontraron la semana pasada hubo tratados que se firmaron entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Por ejemplo, ambos países acordaron incrementar los viajes de intercambio de estudiantes de colegio, llegaron a un acuerdo sobre radionavegación, a otro sobre seguridad marítima en el Pacífico norte y en el mar de Bering y a varios más relacionados con el uso de armas nucleares.
No obstante, es dudoso que todo eso justifique un viaje presidencial. Aún los más optimistas debieron reconocer que si esta cumbre va a pasar a la historia, no será gracias a que cambió el curso de la humanidad.
Ese hecho no evitó, sin embargo, que los ojos de la prensa mundial estuvieran colocados la semana pasada en Moscú. Según las estimaciones, más de 5.000 periodistas se dieron cita en la capital soviética para seguirle los pasos a un presidente que hace unos años calificó a la URSS como el "imperio del mal" en el mundo.
Claro que los tiempos cambian, incluso para un viejo actor de 77 años. Por eso, los televidentes norteamericanos no se sorprendieron de ver a Reagan hablando bajo la hoz y el martillo y la fría mirada de un busto de Lenin. De hecho, el actual inquilino de la Casa Blanca sólo estaba devolviendo la visita que Mikhail Gorbachov le hizo en Washington el pasado diciembre.
La diferencia radicó en que esta vez no hubo pretexto, diferente del estrictamente social. En el pasado encuentro ambos líderes firmaron el tratado INF sobre eliminación de misiles de rango intermedio, cuyo texto ratificado por los respectivos parlamentos fue intercambiado la semana pasada.
Ante la ausencia de un evento realmente importante, la atención se centró en seguirle los pasos a los huéspedes norteamericanos. Estos, obviamente, no desilusionaron a la prensa. En escasos cinco días Reagan y su esposa alcanzaron a generar suficientes noticias para justificar el envío de tanto periodista.
Las caminatas inesperadas por la calle Arbat, los paseos por la Plaza Roja y los encuentros entre Nancy y Raisa Gorbachov (ver recuadro) generaron el material esperado. También la pareja se alcanzó a ganar la reprimenda de sus huéspedes. El estado de los derechos humanos y la libertad religiosa en la Unión Soviética, se convirtieron durante los dos primeros días de la cumbre en el tema principal del presidente norteamericano. Para desmayo del Kremlin, Reagan se encontró con disidentes y refuseniks (personas a las que no se les permite emigrar) y los alentó en su lucha contra el régimen establecido. La simpatía norteamericana con los opositores del gobierno fue calificada como "un gesto de mal gusto" por Georgi Arbatov, miembro del Comité Central del Partido Comunista Soviético.
Ese ceño fruncido fue endosado por Gorbachov en sus primeras citas con Reagan. Aunque los encuentros fueron calificados de "cordiales" por los respectivos portavoces, lo cierto es que -tal como sucedió en cada una de las cumbres precedentes- ambos mandatarios volvieron a chocar duramente. En una comida que tuvo lugar el lunes por la noche en el Kremlin, Gorbachov se quejó de "las personas que vienen a darnos lecciones". Cuando Reagan le entregó una lista de catorce casos de personas víctimas de violaciones de derechos humanos, el soviético respondió fríamente que "ya tenemos demasiadas listas". Para que no hubiera dudas sobre la posición de la URSS, al día siguiente el diario Pravda publicó una foto de un mendigo harapiento en frente de la Casa Blanca, haciendo referencia a cómo se respetan los derechos humanos en los Estados Unidos.
Pero aparte de ese día de roces, las cosas transcurrieron suavemente. A diferencia de lo que había sucedido la vez pasada en Washington, Reagan controló la batuta durante buena parte del tiempo y logró colocar el tema de los derechos humanos en la cabecera de la agenda. Esa posición fue cálidamente aprobada en los Estados Unidos donde incluso el cáustico The New York Times no ahorró adjetivos de alabanza para el presidente norteamericano.
Por su parte, los soviéticos vieron frustradas sus esperanzas de conseguir un nuevo acuerdo en el plano militar. A pesar de la continua presión de Gorbachov, Reagan se negó a aceptar las propuestas que se le hicieron tanto en el campo de las armas estratégicas, como en el de la iniciativa de "Guerra de las Galaxias" y en el de la reducción de fuerzas convencionales en Europa. Sin llegar a decirlo, el mandatario norteamericano dejó en claro que no venía a Moscú a hacer negocios de este tipo.
En cambio, Reagan se dedicó a predicar su credo cuantas veces pudo. Tal vez la ocasión más significativa tuvo lugar en la Universidad Estatal de Moscú donde tanto Mikhail como Raisa Gorbachov estudiaron en la década de los cincuenta. Enfrente de unos 600 estudiantes y profesores, el presidente de los Estados Unidos hizo uso de todas sus habilidades en el podio para enviar su mensaje al grupo que lo escuchaba. El resultado no fue bueno del todo. Si bien Reagan logró impresionar por su capacidad de expresión, sus palabras no tuvieron el impacto esperado.
El problema consistió en que el mandatario le dio nueva vida al refrán que dice: "El que mucho habla, mucho yerra". En la Universidad, Reagan alcanzó a citar a Gogol, Lomonosov, Dostoievski, Pasternak, Alisher Navoi (un poeta de Uzbequistán), Butch Cassidy y Michael Jackson. Semejante despliegue de erudición no convenció mucho a la gente que sabe que el presidente norteamericano se lee el periódico comenzando por la página de los "monitos" y que confiesa que su "obra" de cabecera son las selecciones del Reader's Digest. Pocos días antes en una entrevista con la televisión soviética, Reagan sostuvo que se había leído Perestroika, el libro de Gorbachov y las principales obras de Lenin. Al ser interrogado con precisión el jefe de Estado respondió que "no creo que pueda recordar y especificar aquí y allá" sobre sus fuentes bibliográficas.
Adicionalmente, una de sus respuestas le creó problemas en casa.
Cuando un estudiante le preguntó sobre la situación de los indios en los Estados Unidos (un tema recurrente en la prensa soviética), Reagan sostuvo: "Usted se sorprenderá. Algunos de ellos se volvieron muy ricos porque algunas de sus reservaciones se encontraban sobre piscinas de petróleo y uno se vuelve muy rico explotando petróleo".
El tono de las declaraciones disminuyó, sin embargo, a partir del miércoles pasado. En un gesto ampliamente conciliatorio, Reagan dijo que varias de las fallas del sistema soviético eran culpa de la burocracia y le dio todo su apoyo a las reformas impulsadas por Gorbachov.
Ese gesto debió justificar la visita desde el punto de vista del actual líder del Kremlin. Buena parte del protagonismo de Reagán se explicó por el hecho de que su colega soviético tenía y tiene la mente ocupada con la conferencia del Partido Comunista Soviético que tendrá lugar a finales de este mes y en donde las ideas de Gorbachov se someterán a una prueba de fuego. Ahora, el actual secretario general del PCUS puede asegurar -con razón- que es el portavoz de su país en lo que a asuntos internacionales se refiere. Si algunos delegados tienen dudas sobre Gorbachov, es probable que éstas se hayan escondido ahora, después de la cumbre.
El paso de ese obstáculo es definitivo para la Unión Soviética de los próximos años. A pesar de la promulgación de las campañas de Glasnost y Perestroika y de un cierto clima de liberalización en la prensa y las costumbres de la gente, lo cierto es que las prometidas reformas todavía no han traído una mejoría en el nivel de vida del ciudadano medio. Aunque todavía hay gente que duda que eso se pueda lograr dentro del sistema comunista, Gorbachov y sus asesores están convencidos de que con un margen de tiempo y la implantación de cambios graduales, las cosas pueden mejorar notoriamente.
A su vez, Reagan también puede estar contento. Aparte de sus lapsus intelectuales, el presidente norteamericano fue hasta la misma cueva del oso soviético y expuso su retórica capitalista cuantas veces quiso.
Adicionalmente, Reagan se aseguró lo que los especialistas llaman el "legado histórico". Si en el futuro las relaciones con la URSS siguen tan cordiales como ahora, es indudable que el crédito le corresponderá al actual jefe de la Casa Blanca.

En el campo de los resultados concretos, en cambio, todo indica que hay que esperar un poco. Si bien ambos mandatarios dijeron estar dispuestos a reunirse una quinta vez en caso de que se logre un acuerdo sobre reducción de armas nucleares estratégicas, la verdad es que el camino por recorrer es todavía complicado. Ninguna de las dos partes se ha puesto de acuerdo sobre temas claves como los eventuales mecanismos de verificación o las armas sujetas a discusión. Más aún, las condiciones políticas en los Estados Unidos hacen difícil que un presidente saliente firme un acuerdo tan importante.
Eso, sin embargo, no quiere decir que la cumbre haya sido un fracaso. Los norteamericanos insistieron que lo más importante de todo fue la "estabilización de la relación" y lo más probable es que tengan razón. A pesar de que ideológica y económicamente los Estados Unidos y la Unión Soviética siguen kilómetros aparte, lo cierto es que la última cumbre demostró que se puede seguir hablando así subsistan las diferencias. Ese, por abstracto que parezca, es un buen comienzo para un mundo que durante años ha vivido bajo la sombra de la guerra fría. Por eso, al final de la semana pasada la mayoría de los observadores estaban convencidos de que la cita en Moscú fue uno de esos raros eventos en los cuales, aunque no pasó nada, ambos lados acabaron ganando.-
DE LAS MECHAS
En este caso las apariencias no engañan: Nancy y Raisa se detestan. Por más diplomacia y sonrisas, es imposible negar que por lo menos a nivel de las primeras damas, la guerra fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos continúa.
Esa impresión volvió a ser comprobada la semana pasada con ocasión de la cumbre entre Reagan y Gorbachov. Las "puyas" volvieron a formar parte de la escena y una que otra sonrisa forzada se insinuó ante las preguntas de la prensa.
No obstante, todo indica que Nancy logró salir airosa. Aparte de que Raisa estuvo más diplomática, la primera dama norteamericana se benefició del hecho de que durante algún tiempo su huésped y guía fue Lidia Gromiko, la esposa de Andrei, quien es el jefe nominal del gobierno soviético. A pesar de su investidura, la señora Gromiko encarna a la típica matrona soviética -gruesa, simple y mal vestida- que nada tiene que ver con la esposa del actual secretario general del PCUS. Fue precisamente Lidia quien recibió a Nancy en el aeropuerto de Vnukovo y quien la condujo por el Palacio de Invierno en Leningrado el martes pasado. En las demás ocasiones, ese "honor" le correspondió a Raisa.
En un primer momento, los observadores pensaron que las primeras damas habían enterrado el hacha de guerra. Para delicia de los fotógrafos, las supuestas rivales salieron tomadas de la mano al cabo de su primer encuentro en la sala de San Jorge en el Kremlin. La impresión se disipo rápidamente. Nancy le preguntó a Raisa sobre las actividades religiosas en la Unión Soviética y ahí comenzaron los líos. La soviética respondió fríamente y cuando ambas entraron en la catedral de la Asunción otra pregunta indiscreta llevó a que la norteamericana fuera dejada en manos de la intérprete.
El segundo "mechoneo" verbal ocurrió el miércoles en otra visita turística, cuando Raisa -que estaba manejando la visita- trató de impedir que Nancy contestara preguntas de la prensa. "Quiero decir algo, quiero decir algo ahora, O.K. ?", dijo enojada la norteamericana, mientras la soviética miraba su reloj impaciente. "Son de dos mundos diferentes", comentó resignada la secretaria de prensa de la señora Reagan.
A pesar de esos roces, Nancy logró anotarse puntos importantes. En las visitas que hizo con su esposo y en encuentros con diferentes mujeres soviéticas, la primera dama se desempeñó bien y le hizo eco a las palabras del presidente norteamericano en relación con los derechos humanos y religiosos en la URSS. En opinión de los observadores, el desempeño de Nancy alcanzó a corregir un poco la imagen de "bruja" que le crea el reciente libro de Donald Regan en el cual se describe su pasión por la astrología. Al igual que su esposo, la primera dama sabe que una buena imagen vale más que mil palabras.
ENCUESTA EN LAS DOS ORILLAS
La era Gorbachov trajo consigo para los soviéticos toda una nueva gama de sensaciones, entre ellas la creciente libertad para opinar sobre la forma como marcha el país. El mismo secretario general, al otorgarle importancia a las tendencias de la opinión pública, le dio carta de naturaleza a los sondeos o encuestas muy al estilo occidental. Hoy en día incluso hay un programa de televisión de Leningrado que pregunta en vivo a los transeúntes sobre sus opiniones acerca de tal o cual tema de la vida diaria en el país, y se han creado dos organismos especializados, que vienen a reforzar al Instituto de Investigación Sociológica, decano del tema entre los soviéticos.
Con un campo tan abonado como ese, resultaba difícil que los medios de comunicación norteamericanos resistieran la tentación de efectuar una encuesta previa a la Cumbre de Moscú, que sondeara las opiniones de los soviéticos sobre aspectos claves de sus relaciones con los Estados Unidos e inclusive de su nivel de vida, para comparar los resultados con las opiniones que, al otro lado del mundo, tuvieran los norteamericanos sobre los mismos temas.
Pero a pesar de perestroikas y glasnosts, la encuesta debió superar diversas dificultades provenientes de la falta de familiaridad que aún existe en la URSS acerca de ese tipo de procedimientos. El periódico The New York Times y el noticiero de televisión CBS News contrataron los servicios del Instituto mencionado, y allí, a pesar de la buena voluntad de los funcionarios soviéticos, comenzaron los escollos.
El primer obstáculo fueron los encuestadores mismos, que se resistieron a hacer algunas preguntas demasiado atrevidas para su gusto, sobre todo cuando se trataba de políticas oficiales o de la dirigencia política. El segundo apareció cuando los impresores del cuestionario examinaron su contenido y exigieron el sello de Glavlit, el organismo central de censura, sólo para que éste expresara que ese sello era innecesario.
Pero el verdadero obstáculo, que sin embargo no alcanzó a desvirtuar los resultados, fue la actitud de los encuestados mismos. Los escogidos fueron 939 residentes de Moscú -la única ciudad con suficiente cantidad de teléfonos como para hacer confiable el muestreo, que se llevo a cabo entre el 7 y el 15 de mayo del presente año. Las preguntas fueron hechas por funcionarios soviéticos que no mencionaron a los encuestados el objeto del cuestionario. A pesar de esa precaución, algunas de las respuestas dejaron traslucir la verdad oficial, lo que no es raro si se tiene en cuenta que hasta hace poco expresar opiniones demasiado personales era el tiquete para unas vacaciones en Siberia. Pero a pesar de escollos y dificultades, la encuesta fue todo un éxito.
Si algo se logró demostrar, fue la veracidad de las palabras de Gorbachov cuando en una entrevista reciente describió su país como "una sociedad enormemente deliberante". En efecto, los resultados muestran actitudes diversas y hasta divergentes en puntos tan claves como los cambios que se están operando en la sociedad soviética y el papel del Partido Comunista en los destinos de esa sociedad. En ese sentido llamó poderosamente la atención el crecimiento de una brecha generacional, con el segmento más joven mucho más abierto al cambio, y algo sorprendente: las mujeres resultaron ser mucho más conservadoras que sus contrapartes masculinos y exhibieron actitudes impensables en otros países, como cuando expresaron su aprobación mayoritaria al envío de tropas rusas a zonas de conflicto .
Pero tal vez lo más impactante fue la actitud de los soviéticos ante las figuras de su historia reciente que refleja la reinterpretación histórica de Gorbachov, Stalin y Brezhnev resultaron muy mal parados mientras el recientemente rehabilitado Bukharin Nikita Khruschev y el todavía anatematizado Trotsky se vieron acogidos favorablemente.
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