06 diciembre 2012

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Muere Óscar Niemeyer, el arquitecto de la audacia

BBC

MUNDOCreador de Brasilia y de edificios innovadores en todo el mundo, el arquitecto brasileño falleció a los 104 años.

Muere Óscar Niemeyer, el arquitecto de la audacia. "La vida es más importante que la arquitectura", solía decir Oscar Niemeyer.

"La vida es más importante que la arquitectura", solía decir Oscar Niemeyer.

Foto: EFE

Fue tal vez este apego al mundo lo que convirtió al arquitecto brasileño en un ser longevo y le permitió trabajar hasta casi el final en su pasión: los edificios de concreto con curvas libres de soportes, que sobresalen por su dinamismo y ligereza.

Niemeyer había nacido el 15 de diciembre de
1907 en Río de Janeiro. Fue junto con el urbanista Lucio Costa el diseñador de Brasilia, la moderna ciudad inaugurada en 1960.
De su tablero salieron el Congreso y los palacios Planalto (sede del Poder Ejecutivo), Alvorada (residencia oficial del presidente) e Itamaraty (Cancillería), además de la catedral.

Sus primeros encargos fueron, sin embargo, una iglesia y un casino a orillas del Lago de Pampulha, en Belo Horizonte. Las novedosas líneas de ese pequeño templo dedicado a San Francisco le dieron fama en todo el país. El casino fue transformado luego en un museo de arte contemporáneo.

"Este proyecto tuvo mucho éxito porque era distinto: una arquitectura más leve y suelta, cuya forma intentaba sorprender. Fue muy importante ese primer trabajo para mí", le dijo Niemeyer a BBC Mundo en una entrevista realizada en mayo de 2007.

De Nueva York a Argelia

El arquitecto brasileño también sorprendió con sus creaciones en el resto del mundo.

Por ejemplo, trabajó con Le Corbusier en el edificio de Naciones Unidas en Nueva York, e ideó la sede del Partido Comunista en Francia, la Universidad de Constantino en Argelia y la casa matriz de la editorial Mondadori en Italia.
Varias de estas obras las materializó durante su exilio en Europa, luego de abandonar Brasil en 1966 tras ser perseguido por los militares que habían tomado el poder. Volvió a su país en los años 80 y le devolvió la alegría con construcciones como el Sambódromo de Río de Janeiro.

Niemeyer llegó a ser considerado uno de los padres de la arquitectura moderna y uno de los mayores exponentes de este arte en el siglo XX, pero su camino no fue nada fácil.

"Al principio me criticaron mucho -nos contó-, decían que lo mío era demasiado revolucionario, pero eso me impulsaba a hacer mi trabajo con más empeño. Siempre he hecho lo que me gustaba".

Sólo en 1988, a los 81 años, Niemeyer fue distinguido con el premio Pritzker, el más prestigioso en la arquitectura, por el diseño de la catedral de Brasilia. Fue un reconocimiento tardío por una obra temprana.

En la intimidad

En ocasión de la entrevista con BBC Mundo, Niemeyer nos recibió en su casa en Río de Janeiro, ubicada en el último piso de un edificio de diez plantas construido por él frente a la playa de Copacabana. Desde los balcones curvos se apreciaba una hermosa vista del mar y de los morros de la ciudad.

El interior del apartamento era muy sencillo. Allí había varios tableros, planos por doquier, un escritorio flanqueado por una biblioteca y una sala de estar con una comodísima silla para reposar diseñada por Niemeyer.

En un sector, paredes en zig-zag donde el arquitecto había dibujado mujeres desnudas trazaban la separación entre un ámbito y otro. "Siempre me han atraído las curvas de los morros, los ríos y los cuerpos femeninos", le confesó a BBC Mundo en la intimidad de su casa.

Esas formas fueron, precisamente, su fuente de inspiración.

A pesar del deterioro de su salud, Niemeyer nunca dejó de trabajar con pasión, ayudado en su apartamento por un grupo de arquitectos.

En los últimos años se dedicó a diversos proyectos en Brasil, un museo en España y otro en Italia, en medio de un sinnúmero de homenajes a su persona.

Además incursionó en la canción: estando enfermo en una cama de hospital, le puso letra y poesía a una samba de los músicos Edu Krieger y Caio Almeida. El título, "Tranquilo con la vida", reflejaba su incansable optimismo.

Los pobres y la izquierda

Niemeyer siempre fue un idealista. En su juventud militó en el Partido Comunista de Brasil, que llegó a presidir entre 1992 y 1996, y nunca claudicó en su defensa de los pobres y de los gobiernos de izquierda en Brasil y en el resto de América Latina.

En las últimas elecciones brasileñas apoyó abiertamente a la candidata del Partido de los
Trabajadores, la actual presidenta Dilma Roussef.

"El papel del arquitecto es luchar por un mundo mejor, donde se pueda hacer una arquitectura que sirva a todos y no sólo a un grupo de hombres privilegiados", nos aseguró.

¿Pero, entonces, por qué él nunca hizo obras para los más necesitados?

"La arquitectura evolucionó a partir del progreso técnico. Pero en el aspecto social es mala, porque nuestro trabajo es para los gobiernos y los hombres ricos. El pobre no participa en nada", admitió.

"La arquitectura está ligada al régimen capitalista y eso va a continuar así, lo cual es pésimo".

Brasilia: ¿arrepentido?

Niemeyer lamentaba que Brasilia haya terminado dividida entre pobres y ricos, y que las favelas ocuparan más lugar que la ciudad proyectada originalmente.

"Construí Brasilia con tanto empeño y entusiasmo. Era algo diferente (...) Hay quienes dicen que, mirando hacia atrás, volverían a hacer todo lo que hicieron. Yo creo que no, que cada día es diferente".

Para él, las ciudades debían tener una densidad demográfica limitada y a su alrededor contar siempre con un cinturón verde.

Cuando le preguntaban qué pensaba de la arquitectura contemporánea, Niemeyer prefería no opinar.

En cambio, recordaba un frase que había quedado cimentada en su memoria: "Una vez un arquitecto amigo mío dijo algo bien cierto: que no hay arquitectura antigua y moderna, sino arquitectura buena y mala".

Concreto audaz

Para él, lo que marcaba la diferencia entre un proyecto bueno y malo era la invención, el probar algo diferente: "Cuando la arquitectura no busca esto, queda reducida a una escala menor. Si quiere tener el rango de obra de arte, debe ser audaz".

Con esta consigna, Niemeyer exploró la versatilidad del concreto armado, el material que le permitió hacer realidad sus fantasías onduladas y alejarse de la estricta línea recta hecha por el hombre, que confesaba odiar.

"Me gusta trabajar con las curvas porque aceptan más invención y sensibilidad", le dijo a BBC Mundo.

Le resultaba difícil saber si en el futuro habría algo mejor que el concreto para crear "sueños" arquitectónicos más allá de las clásicas estructuras rectilíneas: "Hasta ahora no hay nada que nos deje hacer lo que este material admite".

La fortaleza de ese elemento tan apreciado por Niemeyer contrastaba, en el tramo final de su vida, con la fragilidad de su salud. Diversos achaques lo obligaron a frecuentes estadías en el hospital y a someterse a varias cirugías.

Su puño tenía últimamente el temblor de los años, pero no importaba, porque ya había dejado un legado firme: verdaderos "santuarios" de la arquitectura.
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