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| 1/29/2011 12:00:00 AM

Muerte en el aeropuerto

El nuevo atentado en Moscú recuerda al mundo que el conflicto separatista de Chechenia, lejos de solucionarse, se ha ampliado a todo el Cáucaso. Las implicaciones orbitales pueden ser enormes.

'Vulnerabilidad absoluta', tituló el periódico Nezavisimaya Gazeta su nota sobre la tragedia del aeropuerto Domodedovo, en Moscú, donde murieron 35 personas y más de cien resultaron heridas por un atentado terrorista cometido, al parecer, por separatistas del Cáucaso. No es para menos: el país que se dispone a albergar en tres años los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi -ubicado en las laderas del Cáucaso- y a recibir el Mundial de Fútbol en 2018 ha sufrido 1.107 ataques entre 1991 y 2008 con 3.100 muertos.

"El terrorismo es la principal amenaza de seguridad para nuestro Estado y para todos los ciudadanos", dijo el presidente Dmitri Medvédev tras el atentado, para luego anunciar las únicas medidas con las cuales los gobernantes rusos, desde épocas inmemoriales, creen resolver los problemas: represión, despidos y sanciones administrativas contra los responsables de turno.

Pero el ataque no fue culpa del vigilante de la puerta de los vuelos internacionales. Es la consecuencia de los métodos con los cuales Moscú viene combatiendo el separatismo checheno. Lo que empezó en 1994 como un conflicto con una diminuta república, se ha extendido a toda la cadena montañosa del Cáucaso, donde nueve millones de personas, la mayoría musulmanas, acumulan odios y resentimientos contra el Kremlin. De hecho, según el diario Kommersant ,de Moscú, las primeras sospechas no se dirigen hacia los chechenos sino hacia un eslavo, Vitali Razdobudko, de la ciudad rusa de Stavropol, perteneciente a la Brigada Nogai, un grupo terrorista wahabita.

El talón de Aquiles de Rusia es el Cáucaso desde que el zar Alejandro I conquistó a los musulmanes de la ladera norte para introducirlos en el imperio. Tras una fugaz esperanza de libertad en la revolución de 1917, los pueblos de la región volvieron a caer bajo la bota de Stalin, que obligó a la población de Chechenia e Ingushetia, cerca de quinientas mil personas, a emigrar a Siberia tras la Segunda Guerra Mundial.

En los años noventa, las ansias nacionalistas que pusieron fin a la Unión Soviética no se detuvieron en las fronteras de Rusia, sino que penetraron en el interior de este abigarrado conjunto de pueblos. Dzohar Dudaev, el héroe de la independencia de Chechenia, se alistó en un primer momento en la nueva democracia, pero se equivocó, porque los liberales eran, antes que nada, rusos.

En 1994, cuando Chechenia proclamó su independencia, el presidente Boris Yeltsin invadió Grosni la capital. La pequeña república se defendió y asestó una humillante derrota al segundo ejército más poderoso del mundo. En los años siguientes, el descontrol fue ganando la región, liberada de tropas rusas, y los comandantes de la resistencia se fueron radicalizando: adoptaron la sharia o ley islámica, y empezaron a extenderse por el Cáucaso.

En 1999, varias bombas hicieron volar cuatro edificios de apartamentos en Moscú y en el sur de Rusia, que dejaron 300 víctimas. Estos atentados fueron atribuidos a la resistencia chechena y sirvieron como excusa a Vladimir Putin, entonces primer ministro, para iniciar la segunda guerra de Chechenia. La región fue arrasada y Putin fue elegido presidente.

En la superficie, la política de Putin parecía un éxito: Grozni fue reconstruida, y el gobierno de Ramzan Kadirov, un checheno títere de Moscú, se fue encargando de la represión. Parecía que el cáncer había sido extirpado, pero en realidad estaba haciendo metástasis: en las montañas, los separatistas empezaron a extender el conflicto a todo el Cáucaso. Desde entonces, el terrorismo no deja de asolar a Rusia.

En 2002, la brigada de mártires Riyad us-Saliheen, dirigida por Shamil Basáyev, tomó 800 rehenes en el Teatro Dubrovka de Moscú, donde, como resultado del intento de rescate, murieron 130 personas. En agosto de 2003, un suicida hizo estallar un camión en un hospital militar en la frontera con Chechenia y causó 50 muertos, y en diciembre una bomba estalló en un tren al sur de Rusia, con 46 víctimas.

En 2004, un atacante suicida mató 39 personas en el metro de Moscú, un ataque rebelde dejó 92 muertos en Ingushetia, y en agosto dos aviones de pasajeros estallaron simultáneamente con 90 personas a bordo. El primero de septiembre, primer día del año escolar, los suicidas de Basáyer tomaron una escuela en el pueblo de Beslan, que culminó con 334 muertos, incluidos 186 niños. Ante la indignación mundial, Doku Umarov, el presidente de la no reconocida República Chechena de Ichqueria, prometió que no volverían a atentar contra civiles. Durante algunos años, los hechos cedieron, pero en 2007 Umarov proclamó el Emirato del Cáucaso. Ahora ya no se trata del separatismo de la pequeña Chechenia, sino de la independencia de la región.

Umarov amenazó: "La guerra volverá a sus hogares". En 2009, murieron 29 personas como resultado de una bomba en los rieles del Nevsky Express, el tren de alta velocidad que une a Moscú con San Petersburgo, y, en marzo de 2010, dos mujeres suicidas, las famosas 'viudas negras', se hicieron volar en dos vagones del metro de Moscú, y causaron 40 víctimas. De esta manera, cuando los organismos de seguridad rusos (conocidos como 'siloviki') se encuentran en su apogeo bajo el mando del primer ministro y exespía Vladimir Putin, los atentados terroristas se suceden con una escalofriante continuidad.

El problema no es la inacción del Kremlin: las fuerzas rusas han dado de baja a casi todos los dirigentes separatistas, pero, como la Medusa, cada vez que les cortan la cabeza, aparecen nuevos y más radicales líderes. El problema es que, en un país secular, donde las religiones estaban adormecidas, en menos de 16 años el fervor islamista se ha adueñado del Cáucaso. La miseria, la corrupción y la crueldad de las élites locales sostenidas desde Moscú alimentan nuevas generaciones que nutren a los grupos fundamentalistas. El islam, con sus promesas de una vida mejor, ha suplantado al sueño comunista, convertido en pesadilla por Stalin, y al sueño de la democracia y la libertad, trastocado en nueva pesadilla por Putin. "Medvédev ha llegado a un momento crítico", dijo a SEMANA Nikolai Petrov, del Centro Carnegie de Moscú. Hasta ahora el gobierno ha intentado resolver el problema según la fórmula "matar a los terroristas o comprar la lealtad de las élites locales -dice Petrov-. Pero la única salida es cortarle el camino hacia la resistencia a la nueva generación de jóvenes del Cáucaso", concluye.

Medvédev intentó dar un giro a la política para la región, al nombrar a un administrador que promueve inversiones y centros de esquí. Pero la estrategia parece bastante alejada de la realidad: los turistas no van a donde los tiros vuelan por sobre las cabezas. El atentado de Domodedovo pone sobre el tapete la responsabilidad de los gobernantes frente a la sociedad rusa. "Putin y Medvedev no han cumplido su contrato con el pueblo, al cual prometieron seguridad", escribe un periodista en Moscú.

No hay muchas esperanzas de que los dirigentes cambien de política. Yulia Latinina, la analista de Radio Echo de Moscú, cree que "la tragedia de Domodedovo también será barrida debajo de la alfombra, de la misma manera que se hizo con los atentados anteriores, después de que los líderes hayan expresado sus condolencias, su furia y su pesar".

El zar Nicolás I definió su política hacia Chechenia así: "Represión de la gente de las montañas para siempre y exterminación de los intratables". El nuevo zar Vladimir Putin, amenazó: "Los vamos a matar hasta en el baño". La fórmula, repetida desde hace casi dos siglos, no funciona, como quedó demostrado en Domodedovo.
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