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| 11/4/1996 12:00:00 AM

MUERTE A LA TV

Kabul, bajo el grupo Talibán, presencia la imposición brutal de la ley islámica y el regreso a la edad media.

La caída de Kabul, capital de Afganistán, era cuestión de tiempo. Desde meses atrás era claro que la guerrilla Talibán estaba en condiciones de ocupar la ciudad luego de tener bajo su control más del 70 por ciento del territorio nacional. Para el millón de habitantes de la ciudad la presencia de esos guerrilleros de etnia Pashtún era ciertamente una esperanza de paz, luego de una guerra desatada desde que los comunistas tomaron el poder con apoyo soviético en 1988. Una guerra que no terminó cuando los soviéticos abandonaron a su suerte al régimen de Mohamed Najibullah, en 1989, ni cuando éste entregó el poder a una coalición opositora en 1992. Porque aun entonces las hostilidades continuaron, esta vez entre los múltiples grupos de mujaheidines que, con el apoyo abierto de Estados Unidos, habían sacado a los comunistas del poder. El país, que hasta la presencia comunista había superado todas las rivalidades regionales en función de una fuerte identidad afgana, quedó dividido en múltiples facciones y se convirtió en un escenario de anarquía, muerte y destrucción generalizadas bajo el poder nominal del último en ganar la mano, Burhanuddin Rabbani.
El grupo que acaba de tomar Kabul surgió recién en septiembre de 1994 como respuesta contra la violación de mujeres y niñas por parte de uno de los grupos en guerra. Bajo la dirección de un clérigo de 35 años llamado Maulavi Mohamed Omar, buscaban un solo objetivo: destruir una a una las facciones rivales, cuyos líderes describían como "parásitos disfrazados de musulmanes" y unificar a Afganistán bajo la Sharia, o ley islámica. Su nombre, Talibán, que corresponde en arábigo a "estudiantes islámicos", se refiere a la composición inicial de sus cuadros, que en menos de cuatro meses ya controlaban una tercera parte del territorio con apoyo de algunos países árabes.
Los habitantes de Kabul, una ciudad que disfrutó por muchos años de un estilo de vida casi occidental, comenzaron a considerar que cualquier cosa era mejor que una guerra de todos contra todos que destruyó el 70 por ciento de la urbe y costó más de 30.000 vidas. Pero la tan esperada llegada de Talibán comprobó que el precio por la paz sería extremadamente costoso.
La razón es que, en cuanto obtuvieron el control de la capital, los vencedores se entregaron a una desenfrenada carrera para castigar a sus enemigos. Najibullah, quien desde que dejó el poder estaba refugiado en un edificio de la ONU y desechó la oferta de abandonar la ciudad con las tropas de Rabbani, fue torturado y asesinado junto con su hermano, antes de que sus cuerpos fueran puestos en la picota pública, sus narices y bocas llenas de billetes. Similar destino corrieron varios de sus lugartenientes y decenas de otros enemigos de los Talibán.
Una oscura junta de seis mullahs, o clérigos islámicos, puso en vigencia varios decretos destinados a cambiar radicalmente la vida de los ciudadanos. Las salas de cine fueron cerradas definitivamente, la estación de televisión dejó de funcionar, fueron clausuradas todas las antenas de satélite y se prohibió tocar cualquier clase de música (mientras se escenificaba la 'ejecución' de miles de televisores, videograbadoras y equipos de sonido 'idolátricos'). Otro decreto exigió a todos los funcionarios estatales dejarse, en los próximos 45 días, 'barbas apropiadas', esto es, sin ninguna clase de corte, los trajes masculinos occidentales fueron prohibidos y los colegios e instituciones femeninas de educación fueron cerrados. Como complemento, ninguna mujer podrá volver a salir a la calle sin su chaderi, una vestimenta que las cubre totalmente, salvo los ojos, ni sin algún miembro masculino de su familia. Por supuesto, las mujeres recibieron una prohibición total de trabajar fuera de sus casas so pena de ser sometidas a lapidación. La venta y consumo de alcohol quedó castigada con azotes, generalmente mortales, el adulterio y el uso de drogas quedaron sujetos a la pena de muerte, y los robos a la mutilación.
A pesar del choque cultural los guerrilleros del Talibán ciertamente han logrado detener los mayores males del país, como el tráfico de heroína, los robos y el bandolerismo en las carreteras. Pero su brutalidad ha escandalizado a todos los países limítrofes, que comenzaron a temer que su influencia atraviese las fronteras. En Pakistán -cuyo gobierno apoyó a Talibán no sólo porque cuya etnia Pashtún es la misma de muchos pakistaníes, sino en busca de abrir su lucrativo comercio- se elevaron voces periodísticas de protesta. Rusia, que apoya a Rabbani, teme la militancia islámica en los países recientemente independizados y de mayoría musulmana, que obran como zonas de seguridad en su frontera sur. India teme que la situación afgana influya sobre su propio problema del separatismo de Cachemira. El gobierno iraní, que apoyaba al presidente Rabbani por razones étnicas y culturales, considera la victoria de Talibán como un desastre, porque sus integrantes son sunitas, separados de los chiítas de Teherán por un cisma milenario.
Por eso muchos esperan que el grupo Talibán modere su posición, al menos hasta lograr el control total del país. Para ello tiene que derrotar a dos facciones aún en liza: las fuerzas de Rabbani y su general Ahmed Massoud, que son étnicamente tajik, y las del general Abdul-Rashid Dostum, que son uzbekas.
Dado el meteórico avance de los Talibán, es de esperar que consigan el poder sobre la totalidad del país, aunque para ello deban esperar la terminación del invierno que se avecina. Ese resultado será un subproducto irónico de la guerra fría. Estados Unidos y Occidente apoyaron la insurrección anticomunista, pero ésta, a largo plazo, ha dado lugar a un nuevo estado fundamentalista y rabiosamente antioccidental. Podría decirse que ha sido cambiado un mal por otro.
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