Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/09/18 00:00

Muerte submarina

La tragedia del Kursk, cualquiera sea su desenlace, es un desastre para los intentos del presidente Putin de devolver su estatus a Rusia.

Muerte submarina

Eran los ejercicios navales más grandes de los últimos años. El sábado 12 de agosto, la Flota rusa del norte maniobraba en el mar de Barents, cuando se produjo lo inesperado. Los buques norteamericanos que monitoreaban las acciones detectaron dos grandes explosiones. Aún no lo sabían, pero aparentemente provenían del Kursk, el submarino estrella de la flota rusa, con 116 tripulantes a bordo.

Dos días después los rusos tuvieron que reconocer que el buque se encontraba inmóvil a unos 100 metros de profundidad y 60 grados de inclinación y que todavía se podían oír los S.O.S. que alguien desde el interior enviaba golpeando el casco. Los esfuerzos de los marinos rusos por conectar módulos de rescate resultaron infructuosos. Sólo el miércoles el comandante de la Armada, almirante Vladimir Kuroiedov, aceptó la ayuda de Noruega, Gran Bretaña y Estados Unidos. Para el jueves, sus sofisticados equipos de rescate intentaban llegar a toda prisa mientras las posibilidades de que algunos de los tripulantes siguieran con vida disminuían. Al final de la semana, el optimismo se había esfumado.

El Kursk era el orgullo de la Armada rusa, el único submarino nuclear construido después de la era soviética. Era movido por dos reactores y estaba equipado con armas tan nuevas que motivaron en parte la renuencia a aceptar la ayuda extranjera. Su hundimiento, cuyas causas se desconocían al cierre de esta edición, se convirtió en un descalabro no sólo para la fuerza política del presidente Vladimir Putin al frente del país más extenso del mundo, sino para la recuperación de la autoestima de Rusia, que era uno de los objetivos principales del líder del Kremlin.

Los ejercicios formaban parte de una ofensiva iniciada el año pasado, cuando todavía estaba en el poder Boris Yeltsin, destinada a intentar convencer a los países de la Otan de que Rusia seguía siendo una gran potencia militar. En agosto de ese año, por ejemplo, un submarino de la clase Oscar, la misma del Kursk, entró por primera vez en cuatro años en el Mediterráneo y simuló un ataque contra una flota norteamericana. Y en septiembre, otro acechó a buques estadounidenses en el Pacífico.

Esas demostraciones se iniciaron, según analistas, como reacción ante los bombardeos de la Otan sobre Irak y Kosovo, que se realizaron sin la menor consideración por los rusos. Esos mismos analistas consideran que estos querrían dejar en claro que esa intervención no es posible en áreas internas, como Chechenia.

Pero a pesar de la escala de los ejercicios , lo cierto es que los rusos ya no meten miedo en Occidente. Para los analistas militares resulta muy claro que la marina rusa se ha visto muy afectada por la situación del país, y que cientos de buques han sido sacados del servicio por la incapacidad de mantenerlos. Como dijo un experto norteamericano, “en la era soviética ellos tenían 200 submarinos de ataque de primer nivel, comparado con unos 20 operacionales que pueden movilizar actualmente”. Hoy se afirma que los rusos pueden tener máximo tres submarinos en patrulla en un momento determinado. Y no sólo los combustibles, lubricantes o repuestos son escasos. Las tripulaciones han tenido que pasar con frecuencia por la humillación de esperar varios meses sin recibir un rublo de sueldo.

Los diarios moscovitas reflejaron bien esa situación. El Moskovskiy Komsomolets opinó que la tragedia “es un golpe no sólo a la marina sino a la imagen de Rusia como potencia nuclear”. El Nezavisimaya Gazeta criticó que los esfuerzos iniciales se hubieran dirigido a salvar el buque, al decir que “la ideología moralmente obsoleta de los soviéticos domina todavía: los hombres debían morir antes que perder un valioso equipo militar”. Y concluyó: “Si la tripulación no es salvada, la reputación del gobierno estará perdida más allá de toda esperanza”.

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