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| 6/11/2006 12:00:00 AM

Muerte al terrorista

La caída de Abu Musab al Zarqawi fue como una bocanada de aire fresco para la campaña de Estados Unidos en Irak. Pero no garantiza que las cosas en ese país mejoren.

El estallido de esas bombas de precisión, el eufemismo que usan las autoridades norteamericanas para describir los misiles guiados por láser, se oyó en toda Mesopotamia. El miércoles, al final de la tarde, a ocho kilómetros de Baquba, en una casa blanca de dos pisos situada al borde de un pequeño bosque de palmeras, un cazabombardero F-16 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos acababa de dar de baja a Abu Musab Al Zarqawi, el terrorista más buscado de Irak.

La noticia sólo se dio a conocer al mediodía del jueves, luego de que ese cadáver gordo y barbado (inquietantemente parecido al de Pablo Escobar) había sido identificado. Ni los norteamericanos ni el nuevo gobierno iraquí del primer ministro Nuri Kamal al Maliki querían correr el mínimo riesgo de equivocarse. Al fin y al cabo, Al Zarqawi era, o al menos eso afirman, la presa más valiosa que han cobrado en la guerra del presidente George W. Bush contra el terrorismo.

Según los primeros reportes de las autoridades, el terrorista había sido descubierto por informaciones de los vecinos, probablemente interesados en los 25 millones de dólares de recompensa ofrecidos por el gobierno norteamericano. Pero otras versiones, como la del diario The New York Times, sostienen que la inteligencia jordana desempeñó un papel importante hace algunas semanas, cuando detuvo a un colaborador del jefe de Al Qaeda en Irak cerca de su frontera con ese país. Ese hombre, identificado como Ziad Khalaf al Kerbouly, habría revelado en su interrogatorio la existencia del jeque Abdel Rahman, el nuevo consejero espiritual de Zarqawi. Desde ese momento, la Fuerza de Tarea 77 (Task Force 77), una especie de bloque de búsqueda norteamericano de dedicación exclusiva, le montó al clérigo un operativo de vigilancia, y el resto fue cuestión de paciencia.

La carrera criminal de ese fanático islamista abarcó una larga lista de acciones violentas (ver recuadro), no sólo en Irak, sino en otros países como Jordania y, en su acto de mayor difusión, el atentado de Madrid el 11 de marzo de 2004, que él mismo reivindicó. Pero el asesinato de los rehenes, que fueron decapitados en ese mismo año frente a las cámaras, posicionó a Al Zarqawi como uno de los hombres más odiados y temidos del mundo.

La muerte de Zarqawi viene en un momento especialmente importante, cuando la presencia de soldados norteamericanos en Irak tiene los niveles de aprobación popular más bajos. Se presentó justo cuando está en primer plano la masacre de 24 civiles por parte de marines norteamericanos, en noviembre pasado, mientras la violencia en Basora, controlada por tropas británicas, ha ido creciendo en las últimas semanas. Y en el mismo día en el que el primer ministro iraquí anunció la confirmación por el Parlamento de varios ministros clave de su gabinete de unidad nacional. No hay que olvidar que las acciones de Al Zarqawi estaban dirigidas precisamente a incitar la guerra civil entre los sunitas y los chiítas, a quienes despreciaba profundamente por considerarlos apóstatas del verdadero Islam.

O sea que el cadáver de Al Zarqawi le brindó a Bush algo que se había vuelto más escaso que el oro: una buena noticia en Irak. El gobierno de Washington, dispuesto a aprovechar el momento, insiste en que el dirigente era el jefe de Al Qaeda y que el panorama se despeja en esa sufrida Nación. Los medios norteamericanos, como siempre muy alineados con su gobierno en los temas de política externa, hicieron eco del interés de su gobierno, y le dieron a la operación un despliegue semejante al que recibió la captura de Saddam Hussein. Pero, como en el caso de éste, muchos dudan hasta qué punto la desaparición del siniestro personaje contribuirá a la disminución de la violencia y a la estabilización de Irak.

Si bien algunos analistas coinciden en que podría aliviar las tensiones existentes entre los dos grupos principales, muy pocos creen que el efecto sea realmente significativo, entre otras cosas porque la relación entre Abu Musab y Osama Ben Laden nunca fue muy clara. Anthony Arnove, autor de Irak: la lógica del retiro, sostuvo a esta revista que "la resistencia a la ocupación viene tanto de sunitas como de chiítas, y los ataques sectarios vienen de ambos lados. Al Qaeda ganó un pequeño espacio como resultado de la ocupación, pero los iraquíes rechazan sus tácticas, las que ven como una amenaza a su ideal de autodeterminación. Y la muerte de Al Zarqawi, lejos de eliminarla, radicalizará aun más a su pequeña facción".

Otros dudan de la real importancia de Al Zarqawi en el contexto. Como dijo a SEMANA Dahr Jamail, periodista independiente que lleva ocho meses en Irak, "Estados Unidos y el Reino Unido han exagerado enormemente el papel de Al Zarqawi en Irak. Su papel era muy menor. A lo sumo lideraba un pequeño grupo de combatientes, pero hay que tener en cuenta que los expertos militares de Estados Unidos estiman que debe haber más de 100 grupos diferentes de resistencia".

Muerto Abu Musab Al Zarqawi, el general William B. Caldwell IV, un vocero militar, anunció que el hombre que probablemente tomaría su lugar sería un egipcio del que pocos habían oído hablar, Abu al-Masri. Se trataría de nuevo de un personaje extranjero, lo que permitiría seguir con el argumento de que la violencia en Irak proviene de intereses foráneos. Pero 24 horas más tarde, una proclama puesta en las mezquitas de la ciudad insurgente de Ramadi y en varias páginas web anunciaba que un hombre de Bagdad, Abdulá ibn Rachid al-Bagdadi, se proclamó líder de una organización sombrilla que abarcaría a la de Zarqawi. Y añadía que "prometemos al jeque Osama Ben Laden, nuestro emir, que veremos de nuestra organización Al Qaeda con más fuerza para humillar a los norteamericanos". Y los hechos parecieron confirmar esas afirmaciones. El jueves, una bomba mató 12 personas en Bagdad.
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