Martes, 24 de enero de 2017

| 1994/08/22 00:00

MUNDO ¡EXPLOSION!

Como en 1992, una bomba en el centro de Buenos Aires proyecta peligrosamente la guerra judeo-árabe al nuevo mundo.

MUNDO ¡EXPLOSION!

Soy sobreviviente de la segunda guerra Mundial. Llegué aquí con mis hijos pequeños en busca de paz. ¿Por qué nos hacen esto a nosotros? ¿Por qué el gobierno lo permite?", sollozaba una anciana polaca entre las ruinas. No entendía aún la magnitud de la tragedia que se había cernido sobre Buenos Aires, la capital de Argentina, donde minutos antes una bomba de gran poder explosivo, presumiblemente colocada en un automóvil, había volado literalmente el edificio de siete plantas de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). La construcción había quedado convertida en una montaña de escombros humeantes, y las casas vecinas amenazaban ruina.
Eran las 10 de la mañana del lunes 18 de julio, otra fecha que será recordada con horror por los bonaerenses, como otra, el 10 de marzo de 1992 cuando una bomba detonada contra la embajada de Israel en su ciudad, causó enormes daños y la muerte de más de 30 personas.
Esa pesadilla se había vuelto a presentar, pero con una potencia y una capacidad de daño mucho mayor. En el edificio trabajaban unas 700 personas, aunque a la hora de la explosión sólo se encontraba alrededor de un centenar. Las escenas resultaron dantescas, y recordaban las peores épocas de la guerra civil en Beirut. Una patrulla, la única vigilancia especial del edificio, ardía con un agente en su interior, mientras un extraño silencio envolvía la escena. La Policía acudió a evacuar con helicópteros las personas de los edificios vecinos, que amenazaban ruina, mientras bomberos y voluntarios (después asistidos por expertos israelíes) hacían esfuerzos desesperados por encontrar personas vivas entre los escombros. Esfuerzo inútil en la mayoría de los casos y, al cierre de esta edición, el número de muertos, aún no definitivo, se acercaba a los 50, sin contar las personas reportadas como desaparecidas y las que, como los transeúntes que pasaban por allí en ese preciso momento, no se conocerán jamás.
El gobierno de Carlos Menem se apresuró a cerrar las fronteras y detuvo a algunos sospechosos, un iraquí y un marroquí, a tiempo que una pareja conformada por un irani y una alemana fue demorada en el aeropuerto de Ezeiza. Pero pronto el ejecutivo tuvo que admitir que las posibilidades de encontrar a los autores eran por lo menos remotas. Las críticas se ensañaron contra el ejecutivo, porque al existir un antecedente como el de 1992, resultaba inexplicable que el gobierno no hubiera tomado medidas para proteger de modo especial las instalaciones de la comunidad judía en Buenos Aires. Las acusaciones contra la imprevisión del gobierno federal de Carlos Menem arreciaron cuando se conocieron las declaraciones del albañil Julio Barriga, quien se encontraba realizando refacciones en el edificio, y quien reveló que había un claro ambiente de tragedia. "Había miedo -dijo-, porque ya hacía uno o dos meses que habían llamado por teléfono para avisarnos que desalojáramos el edificio ".
Menem respondió las críticas en una forma muy suya. Casi con lágrimas, el Presidente pidió perdón a la ciudadanía y anunció una medida que despertó aún más desasosiego, la creación de una Secretaría de Seguridad dependiente directamente de la Presidencia, y destinad a no sólo a evitar que cosas como esta pudieran repetirse, sino a dar con los responsables del atentado. Esa entidad, a cargo del brigadier Andrés Antonietti, despertó nuevas dudas de quienes acusaron al primer mandatario de aprovechar una coyuntura tan dolorosa para reflotar un proyecto que había sido rechazado porque estaba destinado esencialmente a la represión a las protestas que se multiplican en el país contra su política neoliberal.
Independientemente de esas críticas, con el paso de los días se fue evidenciando a los ojos de la mayoría de los observadores que el atentado debía provenir de una organización terrorista islámica, que tendría que haber contado con el apoyo de grupos de extrema derecha en la propia Argentina. Un reporte entregado por el servicio secreto israelí a las autoridades de Chile, señalaba que existían indicios de que alguna organización terrorista antijudía preparaba un atentado de grandes proporciones. Informe que, según Nelson Mery, director del servicio de investigaciones de Chile, no había sido compartido con nadie porque estaba circunscrito a una amenaza en el territorio chileno.
Desde Israel, el primer ministro Yitzhak Rabin culpó, hablando desde la Radio del Ejército, a Irán de "respaldar una infraestructura internacional para llevar a cabo actos terroristas", mientras su canciller Shimon Peres fue más directo al indicar que en esta ocasión, como en 1992, todos los indicios apuntaban hacia Irán y su grupo aliado, Hezbollah, uno de los enemigos más encarnizados del proyecto de paz entre la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y el Estado de Israel.
Según los expertos israelíes, el grupo estaba tratando de advertir a Israel que si sus golpes no tenían éxito en su territorio, se dirigirían contra sus comunidades en el extranjero. Esas acciones, según el diario árabe Al Hayat, estarían destinadas a vengar el secuestro en mayo de un jefe guerrillero y en junio de 40 reclutas de Hezbollah en un bombardeo israelí. Y, para empeorar el panorama, informaciones recogidas en Londres indican que Irán le habría dado el visto bueno a una acción "siempre que tuviera lugar fuera de Europa".
Argentina, por otra parte, aparecía como el lugar ideal. No sólo alberga a la mayor colonia judía de América, después de la de Estados Unidos, sino a un número indeterminado de neonazis, que eventualmente podrían haber servido de apoyo local. Porque el país austral tiene la doble condición de haber sido refugio, a un mismo tiempo, de judíos europeos y nazis fugitivos de la justicia después de la Segunda Guerra Mundial.
La tesis de señalar a Hezbollah, que ha hecho carrera, es criticada, sin embargo, por quienes piensan que Israel está aprovechando la oportunidad para culpar a Irán (que niega tener algo que ver) para asumir en Occidente el papel de paladín del antifundamentalismo islámico, así como en el pasado tenía el de talanquera contra el comunismo en el Medio Oriente.
El atentado es una prueba de que la guerra del Medio Oriente se ha trasladado a lugares que, como América Latina, son más vulnerables al terrorismo internacional, no sólo porque su seguridad es más laxa, sino porque sus investigaciones no terminan en nada. Al fin y al cabo, el precedente de que no hay ni un solo detenido por el bombazo de 1992 jugaba a favor de los terroristas. Y esta vez nada indica que la situación pueda mejorar.

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