Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1995/02/20 00:00

NATURALEZA IMPLACABLE

El terremoto de Japón demostró que ni el país más previsivo puede contarrestar la furia desatada de la naturaleza.

NATURALEZA IMPLACABLE

FUE UNA TRISTE COINCIDENCIA. LA SEMANA pasada, la revista británica The Economist publicó en su carátula una bandera de Japón con el símbolo de Smile (sonrisa) adornando el Sol Naciente. Aludía así el semanario a la prosperidad sin límite de ese milenario país, para el cual todo, absolutamente todo, parecía un ejercicio de felicidad.
Pero a las 5:46 de la mañana del martes, un terremoto de magnitud de 7.2 en la escala Richter hizo revivir a los japoneses escenas que creían históricamente superadas. Como si la cifra provisional de 4.000 muertos no fuera suficiente, el terremoto despojó a los nipones de un elemento fundamental de su conciencia colectiva: la seguridad, para siempre dañada, de que su tecnología antisísmica era suficiente para enfrentar con tranquilidad el porvenir en medio de una de las zonas de mayor actividad sísmica en el planeta, al punto que concentra en su territorio el 16 por ciento de la actividad sísmica registrada anualmente en toda la Tierra.
Porque si algo demostró el terremoto que destruyó buena parte del puerto de Kobe es que no hay previsiones que valgan cuando se trata de entrentar a la furia desatada de la naturaleza. Lo cierto es que Japón ha convivido durante tanto tiempo con los temblores, que se dice que la cultura nipona, su vida y su temperamento, están marcados por esa circunstancia. Esa es, por ejemplo, la razón fundamental para que las casas tradicionales sean hechas de madera, sobre la idea básica de que la construcción sea lo suficientemente liviana como para desplomarse en caso de terremoto con daños mínimos para sus habitantes.
Pero el desarrollo vertiginoso que se operó en Japón después de la Segunda Guerra Mundial, dio lugar al surgimiento de enormes ciudades densamente pobladas que son, precisamente. el peor escenario posible para un temblor de proporciones. Ello dio lugar al que hasta la semana pasada era uno de los mayores orgullos de los japoneses: el desarrollo de una tecnología antisísmica a toda prueba, y el diseño de planes de emergencia capaces de enfrentar cualquier contingencia.
El gobierno gasta más de 65 millones de dólares anuales en programas sociales destinados a limitar los estragos producidos por los terremotos. Los niños son preparados desde muy temprana edad para enfrentar un terremoto. Muchas escuelas elementales sientan a los niños en cojines a prueba de fuego que además pueden ser usados como escudos para proteger la cabeza contra los escombros que caen. Cada septiembre primero. el aniversario del gran terremoto de Tokio de 1923 millones de personas toman parte en ejercicios: los niños corren por túneles de humo con pañuelos en la boca y nariz, y el personal militar practica los rescates desde helicópteros.
Pero además el gobierno destina 106 millones de dólares anuales para estudiar cómo funcionan los terremotos, en la esperanza de poder predecirlos. Se usan señales de satélite y de estrellas distantes para determinar cambios mínimos en la corteza terrestre. El país cuenta con 210 puntos de observación a intervalos de 150 kilómetros en torno a la costa? y tiene en marcha la perforación de pozos de casi dos kilómetros de profundidad para medir los detalles más pequeños de la actividad sísmica. Por otra parte, su código de construcción, adoptado en la década del 70 es uno de los más avanzados del mundo en materia antisísmica.
Pero en el campo sismológico la naturaleza parece ser especialmente caprichosa. El terremoto del martes fue especial porque no fue causado, como la mayoría, por el deslizamiento de placas al fondo del mar, sino porque se dislocó una falla geológica activa en la corteza terrestre. Como resultado la prefectura de Hyogo fue sacudida primero en forma horizontal y luego vertical, el tipo de temblor que los sismólogos más temen.
A causa de ello, virtualmente nada funcionó. El terremoto se produjo en un área donde casi nunca tiembla, los sistemas para evitar incendios por el gas fallaron, una autopista elevada, considerada muy segura, cayó como un juguete. Miles de japoneses, afectados directamente o no, supieron en sólo 20 segundos, que contra la naturaleza no hay nada absolutamente nada que hacer.

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