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| 8/26/2017 10:15:00 PM

Tambalea Benjamin Netanyahu

El primer ministro israelí está involucrado en tres investigaciones por corrupción. En vez de responder con pruebas, ha atacado a la prensa independiente y ha puesto su atención en la agenda internacional.

Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel, ha estado muy activo últimamente. Al comienzo de esta semana se reunió en Sochi con su colega ruso, Vladimir Putin, para advertirle de la abrumadora influencia que Irán ha ganado en Siria. El jueves, recibió a Jared Kushner, consejero y yerno del presidente Donald Trump, para considerar si se reanudan o no las conversaciones de paz con Palestina. Surge la duda de si la movida agenda del primer ministro en el plano internacional no es más que una estrategia para desviar la atención de los graves problemas que tiene con la Justicia de su país. Netanyahu afronta tres investigaciones por corrupción que, por primera vez desde que fue reelegido en 2009, ponen en duda su continuidad en el poder.

La pieza clave de las investigaciones es Ari Harow, antiguo jefe de gabinete del primer ministro, vinculado desde hace años al Likud, partido de Netanyahu y hoy en día con la mayoría parlamentaria. Harow fue detenido en 2015 por el Lahav 433 (conocido como el FBI de Israel), pues se comprobó que utilizó su cercanía con el gobierno para favorecer los negocios de su empresa de consultoría H3 Global.

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Dos años después de su detención, el ex jefe de gabinete decidió colaborar con la Justicia para rebajar el tiempo de su sentencia. Sus declaraciones han involucrado directamente a Netanyahu, al menos en dos de sus tres procesos abiertos, numerados de mil en mil. Así, el “caso 1000” tiene que ver con sobornos que magnates israelíes le habrían dado al primer ministro y a su esposa, sobre todo, habanos Cohiba y costosas botellas de champagne. El “caso 2000” relaciona a Netanyahu con el editor del diario más leído de Israel, el Yedioth Ahronoth, pues el primer ministro aparentemente le pidió al diario un cubrimiento mediático favorable a su gobierno, a cambio de afectar negativamente (mediante leyes) a su competencia, sobre todo periódicos independientes. Harow afirmó que cuenta con las pruebas que incriminan a Netanyahu en los dos casos.

El “caso 3000” es más difícil de probar, pues se trata de un cobro de comisiones que Netanyahu le habría pedido a la empresa de submarinos y astilleros alemana Thyssen Group, por un negocio con la naval israelí. Harow no tiene pruebas para este caso, pero los investigadores ya pidieron arresto domiciliario para David Shrimon, que asesoró la negociación y hace parte del bufete de abogados que tratan los temas políticos y personales de Netanyahu.

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Cuando las tres investigaciones salieron a la luz pública, la primera reacción de Netanyahu fue armar un gran mitin político. Logró convocar, en apenas unas horas, a más de 2.000 personas que lo aplaudieron y vitorearon. Netanyahu, bastante enérgico y desafiante, afirmó que “esto es una cacería de brujas” y que no eran más que mentiras para “generar ruido”, todo maquinado por “la prensa, que es lo mismo que decir la izquierda”.

Es inevitable no relacionar las palabras del primer ministro con la argumentación usual del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. La estrategia está casi calcada: en vez de responder con hechos y documentos que prueben la falsedad de las acusaciones, Netanyahu ha respondido con ataques a la prensa y al sistema judicial.

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El fiscal general, Avichai Mandelbit, debe ahora asegurar que las investigaciones contra el primer ministro se lleven a cabo con rapidez y objetividad. Sin embargo, voces en la oposición han advertido que eso no será posible, ya que Mandelbit fue secretario del gabinete de Netanyahu hace unos años. Debido a la cercanía con el primer mandatario, el fiscal podría retrasar el proceso durante años.

Harold Waller, autor del libro Política en Israel: gobierno de una sociedad compleja, explicó a SEMANA que “en este punto no es claro si Netanyahu va a ser formalmente acusado. Sin embargo, nunca antes había estado en un riesgo tan grande”. El primer ministro necesitará mucho más que mítines y tácticas populistas para defenderse. De lo contrario, en vez de ser nuevamente reelegido en 2019, podría terminar en la cárcel, tal como ocurrió con el ex primer ministro israelí Ehud Olmert, quien pagó 16 meses de cárcel por corrupción. 

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