Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1988/05/23 00:00

NEW YORK, NEW YORK

En la capital del mundo, las acciones se inclinan a favor de Dukakis

NEW YORK, NEW YORK

Son muchas las cosas que no se conocen sobre Michael Dukakis, pero es casi seguro que después del martes pasado su canción preferida sea New York, New York. Al fin y al cabo, si el actual gobernador de Massachusetts es elegido presidente de los Estados Unidos en las elecciones del próximo mes de noviembre, buena parte de su triunfo se lo deberá al segundo Estado más populoso de la Unión.
Esa es la conclusión que surge cuando se mira lo ocurrido el 19 de abril, cuando Dukakis -conocido también como el Duke- logró por fin proyectarse como el candidato demócrata a la Casa Blanca. Al cabo de casi tres meses de primarias y convenciones estatales en los cuales trató de convencer a sus copartidarios de que era el aspirante más calificado de su colectividad, el Duke puede empezar a entonar un himno de victoria.
La razón es simple. Dukakis ganó en Nueva York y lo hizo en grande. Gracias a una intensa campaña, el gobernador obtuvo el 51% de los votos y se llevó 152 de los 255 delegados a la convención que se encontraban en juego. Su más serio rival, el predicador Jesse Jackson, terminó segundo con un 37 por ciento de los sufragios y el senador Albert Gore vió sucumbir su campaña al lograr tan solo un 10 por ciento de las balotas.
Si nada realmente extraordinario se produce, Dukakis debería seguir cosechando triunfos y delegados que le permitan obtener la nominación limpiamente, cuando se celebre la Convención Demócrata el próximo mes de julio.
La victoria, no obstante, fue luchada. El gran temor del Duke era un buen desempeño de Jackson que habría puesto en serios problemas al partido. A pesar de sus credenciales, los diferentes observadores están de acuerdo en que es muy difícil que el pastor negro pueda ser elegido presidente de los Estados Unidos.
Indirectamente, Dukakis se benefició de las críticas que se le hicieron a Jackson. En particular, el predicador negro fue atacado por ser supuestamente antisemita, un cargo muy grave en un Estado donde una cuarta parte de los votantes demócratas son de origen judío. El tema fue puesto en la mesa por el desabrochado alcalde de Nueva York, Ed Koch, quien sostuvo que "un judío debe estar loco para votar por Jackson".
Frases como esa le dieron un sabor antipático a la contienda. La animosidad entre negros y judíos-fue evidente y dejó cicatrices que van a tomar tiempo para sanarse. A pesar de que Dukakis mantuvo en todo momento un debate de altura, la virulencia de los ataques de Koch lo acabó beneficiando: el gobernador se llevó un 75 por ciento del voto judío. Jackson, a su vez, contó con el apoyo de negros e hispanos quienes se cerraron en torno a su nombre.
Las disputas raciales en Nueva York han dejado en claro cuál deberá ser el trabajo de Dukakis si quiere ser elegido presidente de la nación. Como candidato de un partido mucho más heterogéneo que el republicano, Dukakis debe ser lo suficientemente hábil para convencer a todos y cada uno que ningún otro puede ser tan efectivo como él.
Ese objetivo no es imposible para el gobernador de Massachusetts que comenzó su carrera política en 1962 en la Cámara de Representantes del Estado, del cual fuera elegido mandatario 12 años más tarde. A pesar de su frialdad y de las pocas amistades entre sus colegas, Dukakis obtuvo fama de eficiente administrador. Fue esa tal vez la razón por la cual al término de su primer mandato decidió aumentar los impuestos estatales, medida corajuda que le acabó ganando la enemistad de su partido. Como consecuencia, Dukakis no fue reelegido y los siguientes cuatro años los pasó en la prestigiosa Universidad de Harvard, estudiando.
La experiencia, por lo visto, le sirvió. Según quienes le conocen, Dukakis aprendió a asesorarse mejor y a desarrollar su olfato político. Esas nuevas circunstancias, unidas a su antiguo prestigio llevaron a que fuera reelegido gobernador en 1982.
A partir de ese momento las cosas le salieron bien. Su eficiente labor condujo a que el desempleo bajara dramáticamente y a que hoy por hoy Massachusetts sea uno de los Estados más eficientes de la Unión. Es esa gestión la que le dio proyección nacional y la que puede incidir en que Dukakis acabe siendo el sucesor de Ronald Reagan.
No obstante, el camino no es fácil. Aun asumiendo que el Duke capture la nominación de su partido con facilidad, tendrá que enfrentarse inmediatamente a George Bush, actual vicepresidente y virtual candidato republicano. Como heredero de un presidente que a pesar de sus errores sigue siendo inmensamente popular, Bush va a ser un adversario difícil de vencer.
Pero ese no es el único problema. Dukakis es criticado por ser una persona fría que no transmite ningún calor humano. Tal como anotara hace unos días el ex presidente Richard Nixon al ser entrevistado en la NBC, "Dukakis es un procesador de palabra". Es ese factor el que explica el hecho de que su campaña no haya tomado realmente fuerza. A pesar de sus credenciales, de sus dotes organizativas y de su figura amable, Dukakis no despierta mayores emociones.
Consciente de su defecto, el gobernador se limita a decir que esa es su manera de ser y que no puede fingir que no es así. En cambio, agrega que es el mejor a la hora de hacer las cosas. "Las buenas ideas no son suficientes. Hay que tener a alguien que las haga funcionar y esa es la clase de trabajo en el que yo he tenido éxito", sostiene.
Adicionalmente a esa cualidad, Dukakis tiene suerte si se enfrenta con Bush. Si el gobernador tiene fama de ser una persona fría, el vicepresidente tiene fama de ser un "pelele". Según sus enemigos, Bush no tiene iniciativa ni materia de líder. "Se ha limitado durante toda su vida a hacer todo lo que le dicen", sostenía el senador Robert Dole hace un par de meses. Esa docilidad es la que ha comprometido al vicepresidente en el conocido escándalo del Irangate, el lunar más grande de la administración Reagan, en el cual Bush desempeñó un oscuro papel. Como si eso fuera poco, el líder republicano tampoco despierta ningún entusiasmo. Sus capacidades oratorias son inexistentes y la claridad al expresar sus ideas no es siempre la mejor.
Con candidatos de tales características, es innegable que la campaña presidencial norteamericana va a estar reñida no debido al arrastre de los candidatos, sino al rechazo que causan. Para los partidarios de Dukakis, el candidato demócrata debía ser elegido, pues ha comprobado que sabe desempeñarse en un puesto de mando.
Esa teoría, sin embargo, es debatida por la gente de Bush. En particular, se teme que Dukakis acabe siendo otro Jimmy Carter, el honesto y trabajador gobernador de Georgia que fuera elegido en 1976. A pesar de sus cualidades, Carter todavía es asociado con la época de la alta inflación y las humillaciones constantes contra los Estados Unidos. Tal como anolara el semanario inglés The Economis la semana pasada, Carter y Dukakis tienen en común "una combinación de inteligencia y arrogancia, de prudencia y seguridad, de tecnocracia y de inocencia".
Cuando se toca el tema internacional, Dukakis es partidario del desarme y enemigo de los contras y del envío de tropas norteamericanas a diferentes regiones del mundo.
Esos supuestos defectos son los que saldrán a relucir en los próximos meses. Teniendo en cuenta que la competencia va a ser estrecha, es indudable que tanto demócratas como republicanos se encargarán de criticar a su oponente y demostrar que sólo su candidato es el capacitado para llegar a la presidencia. Por el momento, la mayoría de los pronósticos favorecen a Bush. Sin embargo, Dukakis sabe que puede vencer y que -tal como lo hizo hace una semana en Nueva York- puede convencer a los votantes de que vale la pena cambiar a Ronald Reagan por un Duke salido de Massachusetts .

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