16 febrero 2013

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“No olvidemos que el papa es un hombre”

ENTREVISTAEl sacerdote y teólogo suizo Hans Küng conoce como pocos a Benedicto XVI, y a la vez es uno de los más feroces críticos de la Iglesia conservadora a la que representa. En entrevista con SEMANA habló sobre la crisis de la Iglesia, la renovación necesaria y del papa en el retiro.

“No olvidemos que el papa es un hombre”. Hans Küng

Hans Küng

Foto: AFP

SEMANA: ¿Qué pensó cuando se enteró de la renuncia?

Hans Küng: Recibí la noticia bien. Siempre he pensado que Benedicto XVI es un hombre serio. Fuimos compañeros de facultad y éramos los más jóvenes en tiempos del Concilio Vatic
ano II. Veo su renuncia como un símbolo de un hombre que pensó las cosas muy bien y decidió hacer lo imposible: dejar el cargo de papa.

SEMANA: No parece sorprendido.

H.K.: Todo lo contrario. El anuncio me tomó por sorpresa. Para mí era claro que andaba débil, pero nunca pensé que haría eso.

SEMANA: ¿Es un acto heroico?

H.K.:
El papado es un servicio a Dios y prevé la opción de renunciar. Y sin embargo, para hacerlo se necesita mucha madurez. No olvidemos que el papa es un hombre y que su cargo no es un sacramento, ni una obligación, sino una tarea que debe poder cumplir. Él no pudo más.

SEMANA: En el mundo real, una renuncia es la consecuencia de un error. ¿Cometió el papa errores? 

H.K.:
Hay una doctrina que yo siempre he combatido que se refiere a la infalibilidad de la Iglesia. Los hombres no somos infalibles. La Iglesia comete errores, y el papa también. Yo he escrito mucho sobre eso. Justamente por mi libro ¿Infalible? Una pregunta, el Vaticano me retiró la licencia para enseñar teología católica. Lo fundamental es: ¿puede un papa confesar sus errores?

SEMANA: Usted conoce muy bien a Benedicto XVI, ¿es su retiro una confesión?

H.K.:
Posiblemente. Pero su retiro se debe sobre todo a sus dudas sobre su capacidad de gobernar. Él se dio cuenta de que estaba perdiendo fuerzas y que no podía cumplir su mandato. Supongo que ha sufrido mucho por cuenta de los escándalos que azotaron su papado ­–en especial ‘vatileaks’ y el abuso de menores– y por cuenta de las luchas de poder dentro del Vaticano. Con su renuncia, Benedicto XVI muestra que no controla el aparato. Que no puede gobernar.

SEMANA: ¿Cuáles serán los desafíos del nuevo papa? 

H.K.:
Sacar a la Iglesia de la crisis. Lo cual implica otro desafío central: aceptar que la Iglesia está en una crisis, desarmar la fachada que promulga que el Vaticano no se equivoca.

SEMANA: ¿En qué consiste la crisis?

H.K.:
En que, de hecho, no tenemos una Iglesia. Veamos a América Latina, donde la situación es grave. Hoy hay menos católicos y menos sacerdotes que antes, y eso es consecuencia de que la Iglesia está resquebrajada por dentro. En Roma nadie ha querido tomarse en serio algo que es crucial en los países latinoamericanos: la misión social. La gente busca espiritualidad, pero se identifica con otras iglesias que sí responden a sus problemas materiales.

SEMANA: ¿Por qué el Vaticano no actúa?

H.K.:
Esto no es nuevo, viene de siglos. Piense en los tiempos de la Reforma protestante. El cristianismo se dividió y los católicos, incluso después de esa ruptura, habrían tenido la posibilidad de renovarse, de salir de la crisis. No lo hicieron.

SEMANA: En 2005, Benedicto XVI lo invitó a su residencia en Castel Gandolfo. Usted creyó que era el inicio de una era de apertura. ¿Lo decepcionó?

H.K.:
Como él, también yo soy un teólogo católico. A pesar de nuestras diferencias siempre nos entendimos bien. Cuando lo eligieron papa, le propuse hablar sobre una renovación. Y hablamos, pero no hubo hechos. Me equivoqué al pensar que sería posible revolucionar la Iglesia.

SEMANA: Benedicto XVI luchó por lo que llamaba la unidad de la Iglesia. ¿Es una lucha irreal?

H.K.:
La unidad es un término ambiguo. ¿Se refiere a la Iglesia católica o a la de Cristo? ¿Cuál de las dos existe? El debate sobre la unidad debería ser uno sobre la identidad. ¿Quién refleja mi fe hoy en día? ¿El catolicismo romano o la creencia en Cristo? Yo voto por esta última. La Iglesia católica existe hoy, pero la de Cristo subsistirá siempre. La primacía de la Iglesia no es el la dominación, ni el poder, sino el cuidado y el bienestar de la gente. Yo me di esta pelea en tiempos del Concilio, y Roma decidió ignorarla.

SEMANA: ¿Quién será el próximo papa?

H.K.:
No le puedo decir porque la situación es distinta de la que vivimos en 2005. Entonces se podía hablar de ‘papábiles’, candidatos con buenos chances de ganar por venir del interior del sistema, como el jesuita Carlo Maria Martini, ya fallecido. Hoy no hay ‘papábiles’. Y eso es positivo porque abre la posibilidad de que el próximo papa sea alguien cercano al Concilio Vaticano II y a la idea y la disciplina de la renovación. Es decir, alguien que no traiga incorporados tabús y esté dispuesto a aceptar la contracepción, eliminar el celibato, acoger a los divorciados o ampliar el ecumenismo.

SEMANA: Eso es lo que a usted le gustaría cambiar. ¿Pero sí elegirán a un papa así?

H.K.: Sólo sé que la pregunta que se deben plantear los cardenales en el cónclave es: ¿renovación o statu quo.

SEMANA: ¿Y cuál será la respuesta?

H.K.
: Temo que optarán por el statu quo. En vez de abrirle las puertas al reinado de Cristo, redundarán en la supremacía de Pedro, del papado. Eso ahondará la crisis.

SEMANA: ¿También en América Latina?

H.K.: Por supuesto. La relación de Benedicto XVI con el continente siempre fue clara. Cuando todavía era obispo, Joseph Ratzinger se empeñó en combatir escuelas latinoamericanas de renovación, como la teología de la liberación y la iglesia popular. Haberlas reprimido tiene su costo hasta hoy. La situación social en ciudades como Bogotá exige que la Iglesia se adapte, que reviva su vocación pastoral y se ponga al servicio de la gente. Una Iglesia que les dice a sus seguidores que deben prescindir de bienes materiales es una Iglesia sospechosa que no entiende las preocupaciones sociales y que no sirve como instancia moral. Así se excluye a la comunidad, así se pierden creyentes.

SEMANA: ¿Qué actitud tendría una Iglesia renovada hacia un tema como el aborto?

H.K.:
La cuestión es cómo aproximarse al debate. Uno puede tener una posición desde el rigor, desde la ortodoxia, como es la situación actual, y rechazar el aborto. Uno también puede tener un punto de vista liberal y defender el aborto. La solución para la Iglesia es plantarse entre esos dos extremos y buscar caminos desde ahí.

SEMANA: ¿Qué hará Benedicto XVI como papa emérito?

H.K.:
No volverá a Baviera, su hogar en Alemania, como a muchos nos habría gustado. Y ese detalle es importante. Benedicto XVI se queda en el Vaticano y así correrá el peligro de convertirse en un segundo papa, un papa en la sombra. ¿A qué cura le gusta que su predecesor esté en el vecindario? Esa cercanía no funciona, y espero que Benedicto XVI sea consciente de ello.
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Hans Küng fue compañero de universidad de Joseph Ratzinger. Ambos se convirtieron en influyentes teólogos, pero veían al catolicismo desde orillas opuestas. Durante el Concilio Vaticano II, que inauguró Juan XXIII en 1962, los dos cerebros de la Iglesia vivieron su primer choque. Mientras Küng insistía en que Roma debía abrirse al mundo y modernizarse, Ratzinger veía en el conservadurismo un salvavidas para la Iglesia.

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