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| 2/18/2012 12:00:00 AM

No todo vale

La renuncia del presidente Christian Wulff demuestra que en Alemania la ley es para todos y pone en serios aprietos al gobierno de Angela Merkel.

La idea según la cual desde el poder no se conjuga el verbo 'renunciar', no existe en Alemania. Eso quedó demostrado el viernes pasado, cuando el presidente Christian Wulff renunció por un escándalo que en muchos países no habría sido lo suficientemente grave como para amenazar su puesto.

El cargo de presidente tiene poco poder político, pero debe representar un baluarte moral y la honorabilidad de la nación. Por eso, desde diciembre Christian Wulff era un hombre acorralado luego de que el diario sensacionalista Bild informó que en 2008, antes de ser elegido por la Asamblea Federal, la esposa de Egon Geerkens, un hombre de negocios, le prestó 500.000 euros a bajos intereses. En ese momento Wulff era primer ministro del Estado federado de Baja Sajonia. En ese entonces el Parlamento local le preguntó si tenía alguna relación con Geerkens, él lo negó y omitió hablar de la transacción que tuvo con la mujer.

Lo que es peor, cuando supo que el Bild revelaría esa relación, el presidente llamó al director del periódico y le dejó un mensaje agresivo, en el que lo amenazó con demandarlo si publicaba la historia. El periodista filtró el correo de voz y la airada reacción de Wulff fue vista como un ataque a la libertad de expresión y un abuso de poder.

Los medios tomaron la actitud del presidente como una declaración de guerra y empezaron a escarbar su pasado. No salió bien librado. Se supo que en 2006, poco después de que el gobierno de Baja Sajonia le otorgó un crédito a un productor de cine, este invitó a Wulff y su esposa a pasar vacaciones en Sylt, una isla en el Mar del Norte. También se supo que en un viaje de regreso de Miami pagó pasajes de clase turista en la aerolínea semi-estatal Lufthansa, pero viajó en primera clase. En otra ocasión, su esposa condujo por varios meses un Audi Q3 prestado por la fábrica, una camioneta que aún no habían lanzado y que no tenía por qué ser usada por particulares, así fuera la mujer del presidente.

Frente a la opinión pública su posición se hizo cada vez más insostenible. La casa de su jefe de prensa, a quien Wulff había despedido en diciembre, fue allanada por la Fiscalía ese mismo mes. La revista Der Spiegel le dedicó dos portadas. En una lo calificó de ser "El falso presidente". Y el jueves de la semana pasada, el director del semanario hamburgués Die Zeit, Giovanni Di Lorenzo, escribió en un editorial de primera página: "¡Así no, presidente!". Pero fue la Fiscalía de Baja Sajonia la que acabó con él al pedirle al Parlamento que le retirara su inmunidad presidencial, pues tenían "indicios concretos y suficientes" para abrir una investigación. Algo que nunca había pasado en la historia de Alemania.

Wulff llegó a la Presidencia en 2010 de la mano de la canciller Angela Merkel. La primera ministra usó todo su peso político para imponer a un hombre que no convencía a su coalición de gobierno. El drama para Merkel es que se suponía que Wulff iba a purificar la política después de dos sonadas renuncias de hombres de su confianza. En 2010 el presidente Horst Köhler fue forzado a dimitir después de que dijo que la intervención militar alemana en Afganistán era vital para la economía del país. Y en 2011, Karl Theodor zu Guttenberg, ministro estrella de Merkel, se despidió de la política cuando se comprobó que plagió gran parte de su tesis doctoral.

Ahora Merkel tiene que buscar un nuevo presidente, algo que podría costarle caro a su coalición. La canciller se la jugó toda por un hombre que renunció de manera calamitosa y es difícil que no salga maltrecha. Desde ya está recibiendo ofertas de posibles candidatos, incluso de la oposición verde y socialdemócrata. La crisis de su gobierno no está sacudiendo al país, pero es una alerta para Merkel de cara a las elecciones de 2013. Si no logra elegir bien a los políticos que la rodean, la sociedad no le dará una nueva oportunidad. Pero, dentro de todo, como escribió Der Spiegel, la dimisión es positiva "para la cultura política, para la democracia, porque muestra que las reglas son aplicables también a la más alta magistratura del Estado. Ante la ley, todos son iguales".
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