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| 3/19/2011 12:00:00 AM

¿Nuclear? No, gracias

El drama de Japón revive el debate sobre los peligros que entraña la energía atómica. Tras ser considerada la solución al calentamiento global, ahora se presenta como una amenaza letal.

Una semana después del terremoto y el tsunami que dejaron al menos 10.000 muertos y paralizaron prácticamente a Japón, sus habitantes enfrentaban una nueva causa de angustia. Ya no solo es el miedo de que un nuevo temblor produzca olas capaces de poner de presente a la humanidad su extrema insignificancia ante las fuerzas de la naturaleza. Esta vez el riesgo es muy humano, y consiste en que una enorme fuga radiactiva de los reactores dañados pueda afectar masivamente su salud. Se trata de una amenaza especialmente dolorosa para el único país del planeta que ha vivido el horror de la bomba atómica, cuyos habitantes tienen certeza, desde hace varias generaciones, de las devastadoras consecuencias del contacto con la radiación. Miles de personas murieron años después del ataque, atacados por el cáncer, y miles de niños nacieron con deformidades espantosas. Por eso, la sola posibilidad de repetir esa experiencia pone los pelos de punta a esos ciudadanos que, en medio de su angustia, se han convertido en un ejemplo mundial de civismo.

Al cierre de esta edición, aunque varios días después de la tragedia se había rescatado gente que ya se daba por muerta, las esperanzas de encontrar nuevos sobrevivientes eran cada vez más remotas. Cerca de 600.000 personas han sido evacuadas y están viviendo en campamentos. La mayoría se encuentra en edificios públicos, escuelas y centros deportivos que no tienen luz, agua o gas. Los dirigentes de las prefecturas más afectadas ya están adelantando gestiones para construir miles de casas temporales para los damnificados.

En Sendai, una de las ciudades más afectadas, los japoneses hacen largas filas para comprar víveres y combustible. No se han presentado desórdenes ni saqueos, y ningún comerciante o transportista ha subido los precios. En Tokio, las calles lucen vacías porque mucha gente se ha ido ante el temor de nuevos terremotos. La ciudad está casi paralizada y cerca de diez millones de hogares están en riesgo de quedarse sin energía. Los habitantes están encerrados para evitar entrar en contacto con material radiactivo en caso de que se presente una fuga catastrófica. Muchos colegios están cerrados y muchas empresas han permitido que sus empleados trabajen desde la casa.

El hecho insólito de que Akihito en persona se dirigiera a la nación impresionó a sus súbditos. Los emperadores del Sol Naciente solo se dirigen a ellos en ocasiones muy graves, tanto que el padre del actual, Hirohito, solo lo hizo para anunciar la rendición en la Segunda Guerra Mundial. Y es que en medio de su calma, los japoneses creen que el gobierno del primer ministro Naoto Kan no les está revelando la magnitud del desastre nuclear. Las autoridades aseguran que los niveles de radiación, que están tres veces más arriba de lo normal, no representan amenaza para la salud. Sin embargo, algunos expertos internacionales creen que el gobierno japonés está minimizando la gravedad de la crisis.

Aunque el viernes las autoridades anunciaron que habían logrado contener los niveles de radiación de Fukushima, la central nuclear más afectada por el terremoto, la situación seguía siendo "muy grave". Helicópteros y camiones seguían vertiendo toneladas de agua de mar para lograr enfriar los reactores y reducir los riesgos de una fuga masiva de radiación. A los 50 héroes que inicialmente trabajaban arriesgando su vida en los reactores se sumaron, al final de la semana, 180 más.

Aun así, al cierre de esta edición la emergencia estaba lejos de ser superada. Entre tanto, lo único cierto es que el desastre de Japón volvió a poner sobre la mesa el debate sobre la seguridad de la energía nuclear en el mundo. Al fin y al cabo, las autoridades europeas definieron como un apocalipsis el desastre en la central de Fukushima-Daiichi, que, al cierre de este número, había llegado al nivel seis de gravedad, en una escala de siete.

Tres de los seis reactores de la planta fueron apagados después del terremoto. Esas máquinas son como calderas a presión cuyo núcleo está formado por barras de combustible nuclear donde se produce la reacción atómica. Este combustible está cubierto por agua que, al calentarse, se evapora y genera la energía que mueve las turbinas. Aunque los reactores se apagaron, los núcleos siguieron muy calientes y requerían sistemas de refrigeración para bajar la temperatura, pero fallaron. El agua se evaporó y dejó parte del combustible al descubierto, que empezó a fundirse. Se provocaron explosiones que empezaron a afectar las paredes de acero y concreto de la contención, y se corría el riesgo de que las barras de combustible, al fundirse, cayeran en el piso del reactor y contaminaran la superficie de la Tierra.

El otro grave problema se presentó en los tres reactores que no estaban en funcionamiento, pues la piscina del reactor 4, donde se disponen las barras de combustible ya utilizado, se secó, lo que permitió que las barras se recalentaran. Según David A. Lochbaum, ingeniero nuclear de la Unión de Científicos Comprometidos de Estados Unidos, esto "es más peligroso que la fusión del núcleo de un reactor", por la cantidad de radiación que se expide a la atmósfera. Gregory Jaczko, jefe de la Comisión Regulatoria Nuclear de Estados Unidos, advirtió ante el Congreso de su país que si no se resuelve el problema en la piscina del reactor número 4, los niveles de radiación pueden hacer difícil no solo arreglar este, sino continuar trabajando en los demás reactores. Según Jaczko, el nivel de radiación "será letal en un corto plazo", y existe la posibilidad de que los trabajadores tengan que evacuar la planta, lo que permitiría que emitiera enormes cantidades de radiactividad.

Carlos Torrado, ingeniero nuclear y consultor para el Organismo Internacional de la Energía Atómica en Buenos Aires, explicó a SEMANA que el problema en los tres reactores es "mantener el producto de la fisión confinado al recipiente y que no salgan a la atmósfera, lo cual hasta ahora han podido lograr", pero agregó que el otro grave problema es "el de los combustibles gastados, que siguen emitiendo calor y también necesitan ser refrigerados. No solo es cuestión de llenar las piscinas con agua, porque esta se recalienta y se vuelve a evaporar. Tienen que refrigerar de alguna forma".

Un sistema peligroso

La energía nuclear, que se obtiene de la fisión de átomos de minerales como uranio o plutonio, fue objeto de rechazo desde los años ochenta, cuando los activistas del medio ambiente la consideraron, además de peligrosa, extremadamente dañina para la naturaleza por los desechos radiactivos que produce. Esa prevención comenzó sobre todo cuando se presentó el accidente de Three Mile Island, en Estados Unidos, en 1979, y se confirmó en Chernobyl, Unión Soviética, en 1986.

Pero cuando apareció la conciencia acerca del efecto invernadero, esos mismos ambientalistas aceptaron que el nuclear era el sistema más limpio desde ese punto de vista. Por eso, muchos países, sobre todo en el mundo desarrollado, decidieron construir centrales nucleares, apoyados, además, en la idea de que una tecnología más avanzada haría mucho más segura su operación. Países como Francia, por ejemplo, hoy dependen de los reactores para producir más del 70 por ciento de su energía eléctrica; Alemania, el 26 por ciento y Estados Unidos, el 20 por ciento.

En consecuencia, hoy hay cerca de 450 reactores nucleares en el mundo. En Europa, 190 centrales nucleares producen el 30 por ciento de la electricidad continental y están presentes en 15 de los 27 países del bloque. Pero a medida que aumenta la gravedad del accidente en Fukushima, el mundo empieza a discutir la viabilidad de este tipo de energía. Las autoridades europeas dieron órdenes de revisar la seguridad de todas las centrales y Alemania (con la reputación de tener los reactores más seguros del mundo) ordenó cerrar siete plantas por tres meses y frenó los planes de construcción de nuevas usinas hasta que se compruebe su seguridad. Para muchos, el caso de Japón abrió una dimensión desconocida: que puede haber accidentes nucleares sin fallas humanas.

A este respecto, Kirsten Westphal, experta en política energética europea, dijo a SEMANA que en este tema "Europa ve a Alemania como un modelo. Sus pasos serán seguidos en los próximos meses por la Unión Europea. Todavía es demasiado especulativo afirmar que Europa se despedirá de la energía nuclear, pero ese podría ser el resultado a mediano plazo, con millonarias inversiones en tecnologías energéticas eficientes y renovables. Y un punto de central importancia es que el gas natural será la tecnología puente para alcanzar esa meta".

En un editorial, el periódico francés Le Monde cree que ha quedado en entredicho "el dogma de la infalibilidad nuclear. Los ingenieros conceden que el riesgo cero no existe, pero sus cálculos sabios de probabilidades dicen que el riesgo es infinitesimal y que su industria es la 'más segura' del planeta". Esta arrogancia ha dado nacimiento al 'nucleócrata', un experto poco dispuesto a compartir sus conocimientos, poco accesibles al común de los mortales. Esta arrogancia ha nutrido una cultura del secreto, que tomó en Japón inquietantes proporciones. Durante veinte años Tepco, la poderosa compañía que explota la central Fukushima, ocultó a sabiendas, en los reportes transmitidos a las autoridades de seguridad nuclear, graves fallas en ciertos reactores".

En Alemania, Las-Oköv Höglund, exdirector de construcciones de la compañía sueca Vattenfall, quien se convirtió en un respetado crítico de la energía nuclear luego de que el reactor de Forsmark estuvo a punto de estallar en 2006, dijo en una entrevista por televisión que todos los científicos siempre han sabido que es altamente riesgosa. Y sostuvo que lo sucedido en Japón, más allá del terremoto, puede pasar en cualquier momento y en cualquier parte, "como un carro que falla por el uso, pero parece perfecto" .

Las críticas se extienden a Estados Unidos, donde Lochbaum señaló que mientras los reactores japoneses fueron diseñados para soportar una pérdida de energía de ocho horas, la mayoría de los reactores en Estados Unidos solo pueden aguantar cuatro horas y que "docenas de reactores nucleares han operado por años en violación a las regulaciones federales de protección contra incendios, sin planes para encarar este problema en el futuro inmediato".

Para los expertos en energía nuclear de Europa Oriental, en cambio, el futuro de la industria no está en juego. Según dijo a SEMANA Alexandr Shaposhnik, del Instituto de Problemas de Seguridad Nuclear en Moscú, "el nivel de confort que da la energía atómica y la fuerza que le da a la industria hacen que no haya retorno. Ni la gente ni la industria pueden desarrollarse sin energía nuclear. No hay otro camino que usar esta energía nuclear, ser cuidadoso, no repetir errores, si estos existieron. No podemos andar a caballo. Si seguimos por el camino de la ecología, tenemos que rechazar el auto y el carbón. Se cuentan en los dedos los accidentes de las centrales nucleares".

Sin embargo, hay cada vez más voces que se alzan para cuestionar el uso de una energía más poderosa que la civilización que la creó. Hernán Giardini, de Greenpeace en Buenos Aires, dijo a SEMANA que se trata "de una energía costosa y que, además de los desechos radiactivos, los problemas son los riesgos de que se produzca este tipo de accidentes, o atentados terroristas, o fallas humanas, que desde el propio sector de la industria nuclear se encargan de ocultar. El margen de error es muy chico con un costo muy alto, cuando se pueden generar otras fuentes de energía renovables, como la eólica o la solar".

La combinación del infaltable error humano y de los imponderables desastres naturales se ha revelado catastrófica. El hombre ha dejado salir al genio de la botella, y no lo domina. Fausto le vendió su alma al diablo por poder ilimitado. ¿Habrá hecho lo mismo la humanidad?
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