Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/06/21 00:00

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El Presidente estadounidense puso contra las cuerdas a la petrolera y ahora promete un timonazo en la política energética gringa. Algunos se preguntan si se le está yendo la mano.

La de esta semana fue la primera alocución de Barack Obama desde el Despacho Oval. Esta decisión muestra que para la Casa Blanca, la catástrofe en el Golfo de México ha sido la crisis más trascendental que ha tenido que enfrentar.

Los presidentes de Estados Unidos reservan sus intervenciones desde la Oficina Oval de la Casa Blanca para ocasiones trascendentales, pues los discursos desde ese despacho están cargados de un dramatismo particular. En esas contadas fechas, le hablan a la cámara, es decir, al país, desde su escritorio de trabajo; los estadounidenses están acostumbrados a ver a su primer mandatario en ese escenario únicamente durante momentos históricos.

John F. Kennedy intervino, desde esa oficina, en plena crisis de los misiles con la Unión Soviética; Ronald Reagan habló luego de la tragedia del Challenger; George H. Bush anunció el inicio de la primera guerra contra Irak, y George W. Bush, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001.

En el primer año y medio de su mandato, Barack Obama no había utilizado ese mítico despacho ni siquiera para impulsar su reforma a la salud, ni para anunciar el envío de más tropas a Afganistán, ni aun para referirse a la peor crisis económica en 70 años.

La noche del pasado martes, Obama les habló por primera vez a sus compatriotas desde la Oficina Oval. El tema: la catástrofe ambiental y social ocasionada por el derrame petrolero en el Golfo de México.

La intervención tuvo varias cargas de profundidad. Explicó que su gobierno está haciendo todo lo humana y técnicamente posible para detener el derrame, encontrar las causas de la catástrofe e indemnizar a los afectados. "Haremos pagar a BP por todo el daño", dijo y, de paso, anunció que impulsará un viraje de 180 grados en la política energética de Estados Unidos, que hasta el momento ha sido dominada por la "adicción a los combustibles fósiles".

El discurso confirma que en el interior de la Casa Blanca están desesperados por lo sucedido en la plataforma Deepwater Horizon de BP: algunos ya compararon estos hechos con la catástrofe originada por el huracán Katrina; Obama fue más allá y los colocó a la misma altura de los atentados del 11 de septiembre, porque deberá llevar a un cambio de actitud de los estadounidenses frente a un tema sensible: su consumo desaforado de energía no renovable.

La coyuntura

Lo primero que hay que decir es que el Presidente de los norteamericanos está muy interesado en que la opinión pública entienda que su gobierno está haciendo todo para resolver el problema. Este es un asunto de coyuntura fundamental. La opinión pública confía en ver un Presidente que pone orden en la casa y hace todo para que así sea.

De ahí que haya puesto a la BP contra las cuerdas. En Estados Unidos no se recuerda un conflicto directo de un Presidente con una compañía privada, desde que Teodoro Roosevelt tuvo que enfrentar a la Standard Oil de J.D. Rockefeller por el monopolio de esta en el negocio petrolero, a comienzos del siglo XX. Para ellos, la iniciativa privada es casi sagrada y por eso ningún Presidente desgasta su capital político en problemas que se supone deben resolver las leyes del mercado.

En esta oportunidad Obama no solo convocó al director ejecutivo de BP, Tony Hayward, sino al presidente de la junta directiva, Carl-Henric Svanberg, a la Oficina Oval.

Durante la reunión se logró un 'acuerdo' que compromete a BP a crear un fondo de 20.000 millones de dólares para financiar los costos originados por el derrame. Ese fondo se deberá empezar a constituir ya mismo y quedar listo en 2013.

Además de recursos que tiene que poner de compensación, la compañía debió reconocer 100 millones de dólares más para indemnizar a los trabajadores que se han quedado desempleados por cuenta del accidente, pues actualmente en toda la zona del Golfo de México estadounidense no hay exploración petrolera.

Las medidas están empezando a parecer exageradas, tal como lo señala la revista The Economist en su más reciente portada. Según el prestigioso medio, "Obama no es el socialista que la derecha grita que es. (...) Pero su reacción está fortaleciendo la impresión entre los líderes de negocios de que es indiferente con sus preocupaciones. (...) El daño para el medio ambiente estadounidense es lo suficientemente malo. El Presidente se arriesga a dañar su economía también", afirmó la revista.

Pero la gravedad de lo sucedido justifica la actitud del jefe de Estado norteamericano. Obama está desesperado porque a pesar del drama, hasta el momento nadie sabe más allá de lo obvio: que al mar se están yendo cerca de 60.000 barriles de petróleo por día, y que la mancha de crudo se ha extendido por kilómetros y kilómetros hasta tres estados, incluida Florida.

"Yo necesito saber por qué", dijo durante su histórica alocución. En la opinión pública está quedando la sensación de que BP es una compañía incompetente, porque las autoridades se lo permitieron. Evidentemente, en la Casa Blanca se quieren desmarcar de un escándalo por el que solo debería responder la BP y aquellos del gobierno anterior que durante años les permitieron a las compañías petroleras hacer lo que quisieran en su afán por conseguir más crudo en cualquier parte del mundo.

De aquí se desprende el otro asunto: la reforma energética. El primer mandatario está aprovechando la coyuntura para retomar uno de los temas de fondo de su campaña y que había pasado a un segundo plano por asuntos como la reforma a la salud y la crisis económica.

Sin embargo, esta será una pelea larga porque -cabe recordar- desde hace varios años hay una reforma energética congelada en el Congreso norteamericano.

Es válido preguntarse si los estadounidenses están dispuestos a jugarle a un cambio drástico en su 'way of life', y hasta dónde le alcanzará la cuerda a Obama si nadie le sigue el paso en este frente. Su propuesta apunta a una verdadera revolución en un país que, utilizando la misma figura de Obama, ha estado dispuesto a todo para satisfacer su vicio con los energéticos derivados del petróleo.

El Presidente está enfrentando uno de los más grandes desafíos que le haya tocado afrontar a cualquier presidente en la historia reciente. Por ahora son más los interrogantes que las respuestas. Ni siquiera se ha podido responder realmente qué fue lo que pasó en la plataforma de la BP en el Golfo. El panorama por ahora sigue bastante crudo.

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