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| 5/18/2013 4:00:00 AM

Obama y la tormenta perfecta

Los republicanos se dieron un banquete con el presidente: tres escándalos afectaron su imagen. ¿Qué tanto daño le harán?

Pocas veces había visto Barack Obama tan oscuro el panorama político de Estados Unidos como la semana pasada. A solo cuatro meses de empezar su segundo mandato, ahora se cierne sobre él algo que podría llamarse la tormenta perfecta. A los problemas que venía enfrentando, como la imposibilidad de conseguir los votos en el Congreso para exigir más antecedentes a quienes quieran comprar armas, se le sumaron en los últimos días tres líos de marca mayor. 

El primero es la ofensiva de los republicanos que creen que el gobierno mintió sobre las causas del ataque en septiembre al consulado en la ciudad libia de Bengasi. El segundo, el posible espionaje a varios periodistas de la agencia de noticias The Associated Press. Y el tercero, las protestas de varios grupos políticos conservadores que se sienten perseguidos por la Administración de Impuestos. ¿Saldrá adelante Obama de semejante reto? Está por verse.

Los ecos de la tragedia de Bengasi, donde el 11 de septiembre de 2012 murieron cuatro estadounidenses –incluido el embajador Christopher Stevens–, volvieron a escucharse el martes 7 de mayo en la Cámara de Representantes. Ese día el presidente del Comité de Supervisión y Reforma del Gobierno, el republicano por California Darrel Issa, citó a una audiencia para analizar el manejo de la seguridad en el consulado y las explicaciones que el gobierno de Obama dio con respecto al ataque.

Entre los convocados se encontraba Gregory Hicks, el número dos de esa misión diplomática, que impresionó a los asistentes cuando dejó claro que el Departamento de Estado no respondió correctamente a lo sucedido. 

Según Hicks, a pesar de que él y sus compañeros le informaron a Washington que lo que estaba ocurriendo aquel día era un atentado terrorista contra la oficina consular –durante cinco horas hubo un intercambio de disparos–, la embajadora norteamericana ante las Naciones Unidas, Susan Rice, no tuvo inconveniente en afirmar poco después que se trataba de una manifestación por un video de contenido antiislamista. “Al oírla me decepcionó. Quedé boquiabierto”, agregó Hicks.

Su testimonio en el Congreso fue música celestial para los republicanos, que desde entonces la emprendieron nuevamente contra Obama y su entonces secretaria de Estado y probable candidata presidencial en 2016, Hillary Clinton. Y la Casa Blanca acusó el golpe, y cedió: el miércoles de esta semana, el gobierno hizo públicos un centenar de correos electrónicos que la Presidencia de Estados Unidos y el Departamento de Estado se cruzaron para acordar cómo sortear el drama de Bengasi. 

Los correos electrónicos, es verdad, no contienen nada revelador, pero el solo hecho de que hayan sido publicados significa que la oposición le torció el brazo a Obama. No es la primera vez en este caso: el pasado 13 de diciembre, una acosada Susan Rice debió renunciar a su aspiración de reemplazar a Hillary, quien al final fue sucedida por el excandidato presidencial John Kerry.

Otro de los reveses recientes se produjo el viernes 10 de mayo, cuando el Departamento de Justicia, encabezado por el fiscal general, Eric Holder, le contó a The Associated Press que algunos agentes habían obtenido el registro de las llamadas telefónicas de los celulares, las casas y las oficinas de sus editores y periodistas. 

Horas más tarde los funcionarios judiciales le explicaron a la AP que todo había sido efecto de una investigación sobre un atentado fallido, organizado en Yemen, que se habría llevado a cabo a principios de mayo de 2012 para conmemorar el primer aniversario de la muerte de Osama Bin Laden. Pero Gary Pruitt, que preside la agencia de prensa más antigua del mundo, que sirve a más de 1.600 periódicos en 120 países, no comió cuento. 

“Es una intrusión masiva y sin precedentes” y “es una interferencia seria de los derechos constitucionales de The Associated Press de recolectar información”, escribió el 13 de mayo en una carta áspera y contundente a Holder, a quien le reclamó acciones inmediatas y le exigió una explicación.

Lo curioso del episodio es que, por muy defensor de las libertades que parezca Obama, pocos como él han mostrado los dientes cuando la prensa publica información sensible al gobierno. Las estadísticas son contundentes: la actual administración ha formulado acusaciones contra seis personas por haberles filtrado datos a periodistas incómodos. Ningún presidente en la historia de Estados Unidos ha elevado cargos contra tantas personas por esa causa. 

Por eso la prensa sacó las uñas, a pesar de que Obama planteó  revivir una ley para proteger a los periodistas que no quieran revelar a sus fuentes. La revista Time se preguntó, en alusión a quien fuera el vicepresidente de George W. Bush, si Obama es el nuevo Dick Cheney, y James Goodale, que defendió a The New York Times cuando los llamados ‘papeles del Pentágono’ en tiempos de la guerra de Vietnam, escribió con sarcasmo en la página The Daily Beast que todo indica que el actual presidente podría terminar teniendo éxito “donde falló Richard Nixon”.

El tercer y último lío para la Casa Blanca en los últimos días se originó el martes pasado  cuando el inspector general del Departamento del Tesoro expidió un informe de 54 páginas en el que asegura que a principios de 2010 y por 18 meses algunos funcionarios de la administración de impuestos (IRS por sus siglas en inglés) en Cincinnati demoraron las solicitudes de exenciones tributarias presentadas por organizaciones políticas conservadoras. 

Como dijo The Wall Street Journal, “la respuesta a las solicitudes, en vez de tardar los 238 días acostumbrados, tomaba 574”. Hubo momentos en los que los funcionarios del IRS enviaron cuestionarios innecesarios a quienes hacían las peticiones. “Esto es inexcusable. Los ciudadanos tienen derecho a estar enojados, y también lo estoy yo”, señaló Obama, que el miércoles anunció en el salón este de la Casa Blanca la renuncia de Steven Miller, director encargado del organismo. Y ahí quiso ponerle punto final al asunto.

Más allá de las buenas intenciones del presidente, Barack Obama vive un momento agridulce. Incluso uno de sus partidarios más incondicionales, el periodista Chris Matthews de la MSNBC, acaba de decir que “el presidente prefiere echar discursos lindos que dirigir la rama ejecutiva”. ¿Qué le pasa entonces? “Que su gobierno es bueno en la táctica, pero malo en la estrategia. 

Por eso en estos días los republicanos pudieron pintar de él una imagen que no corresponde a la de un liberal”, le dijo a SEMANA Roberto Izurieta, profesor de política de la George Washington University. Sin embargo, añade Izurieta, la tormenta pasará porque la gente piensa con el bolsillo. Puede tener razón, y así ha pasado al comienzo de su segundo mandato con otros jefes de Estado como Bill Clinton: el desempleo fue el pasado mes de abril del 7,5 por ciento –el menor desde diciembre de 2008– y en el primer trimestre de este año la economía creció el 2,5 por ciento. 

Pero la verdad es que, como los republicanos no están nada organizados, Obama recibe menos palo del que debería. Tiene suerte. Porque, tal como están las cosas, de él podría empezarse a decir lo mismo que de la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner: que su mejor aliado es la oposición. 
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