Domingo, 22 de enero de 2017

| 2016/06/11 00:00

¿Agoniza la OEA?

La pelea entre el secretario general Luis Almagro y Nicolás Maduro puso en tela de juicio las moribundas capacidades del organismo internacional.

Luis Almagro tomó una decisión sin precedentes al invocar el artículo 20 de la Carta Democrática sin el consentimiento de Venezuela. Foto: Carlos Julio Martinez

Se jugó el todo por el todo. Luego de meses de presionar sin frutos a la región para discutir la problemática de Venezuela, el 31 de mayo Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), decidió invocar la Carta Democrática Interamericana y convocar a una reunión urgente antes del 20 de junio para determinar los pasos a seguir. Pero algunos de los 34 Estados miembros vieron la decisión con sospecha y malestar y consideraron que Almagro actuó de forma “precipitada” y sobrepasó sus funciones.

Fue tal el escozor que muy pronto Argentina reunió a los países americanos y presentó el 1 de junio una declaración que ofrece a la “hermana república” venezolana identificar mecanismos que permitan un diálogo incluyente entre el gobierno y la oposición y así “preservar la paz y la seguridad”, “la estabilidad política, el desarrollo social, la recuperación económica y la consolidación de la democracia representativa”. Aprobaron el texto por consenso, luego de que Venezuela buscó objetarlo. Por su lado, Paraguay no lo acompañó pero tampoco se opuso.

De esta manera, los países miembros se adelantaron a la reunión planteada por Almagro. En su informe de 132 páginas, este afirmó que en Venezuela hay una “crisis humanitaria generada por la escasez de alimentos y medicinas, el bloqueo de los poderes del Estado y la situación de derechos humanos contra los presos políticos” que tiene en peligro la democracia en el país, por lo cual consideró necesario aplicar la carta. Pero solo Asunción se puso de su lado, pues no le perdona a Maduro el rol que jugó en 2012, cuando arrinconó a ese país por la destitución del presidente Fernando Lugo. De resto, los demás países se quedaron en el agua tibia.

El secretario general de la OEA llegó a su cargo como un diplomático de izquierda, excanciller de Pepe Mujica, que buscaría revitalizar el organismo tras varios años de líderes insípidos y alineados con Estados Unidos. Pero pronto demostró que no sería un títere de los regímenes izquierdistas liderados por Caracas. Solo que en vez de desempeñar el papel de intermediario, casó una pelea personal con el presidente Nicolás Maduro y paradójicamente le dio la razón a los críticos de la OEA que, como Hugo Chávez, la tildan de ser un bastión del ‘imperio yanqui’ y un apéndice del Departamento de Estado.

Órgano decrépito

Y lo peor es que sus argumentos no están tan desfasados como se podría creer. La OEA es el organismo multilateral regional más antiguo del mundo, aunque por lo visto el respeto no siempre viene con la edad. Fundada en Bogotá en abril de 1948 como parte del Sistema Interamericano, nació junto con la Guerra Fría como un claro mecanismo de Washington por mantener al hemisferio de su lado. Con el pasar de los años, se constituyó como el organismo de consenso para legalizar los caprichos de Estados Unidos, que se erigía tanto como su líder como su principal contribuyente económico. Tanto fue así, que en 1962 expulsó de su seno a Cuba por la afiliación comunista de su gobierno revolucionario.

En los años setenta y ochenta la OEA no reaccionó a pesar de que las dictaduras militares se tomaron las democracias del Cono Sur, lo que hoy pesa como una prueba de su hipocresía histórica. Por eso, cuando en 2009 los Estados miembros dejaron sin efecto la expulsión de Cuba -la isla rechazó la invitación a regresar-, quedó claro que las cosas estaban cambiando en el continente.

El giro a la izquierda de varios países latinoamericanos, que constituyeron organismos alternativos, contribuyó a que la OEA perdiese su ya escasa influencia. La Comunidad Andina, Mercosur, la Unasur, la Asociación de Estados del Caribe, el Alba y, sobre todo, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) buscaron una política latinoamericana sin el gigante del norte marcando la parada. Por eso, la llegada de Almagro a la Secretaría General fue interpretada como el intento de darle una nueva cara, más proclive a equilibrar las cargas con el resto del continente.

¿Posible reanimación?

La Carta Democrática, un mecanismo creado en 2001 con el fin de preservar la democracia y los derechos humanos en la región, necesita el apoyo de la mayoría de los países miembros para aplicarse a un Estado. El secretario general tiene la potestad, por su artículo 20, de invocar la carta por una “alteración grave del orden constitucional”, pero eso nunca había sucedido sin el consentimiento del país afectado. No hay duda de que la crisis múltiple que carcome a Venezuela efectivamente traspasa los límites constitucionales, pero sus detractores alegan que el concepto es ambiguo y permite toda clase de interpretaciones.

Así que todo apunta a que el apoyo en el seno de la OEA no será suficiente y que, con las viejas lealtades de Petrocaribe (iniciativa de Chávez por la cual Venezuela vende el crudo a los países caribeños a precios privilegiados), Almagro no conseguirá los 18 votos que necesita para activar la carta, aplicar sus buenos oficios o en caso extremo suspender al país bolivariano. Pero en parte logró su cometido. Frente a un silencio ensordecedor de los países vecinos, el secretario general logró poner en la agenda regional la situación venezolana. Los expresidentes del gobierno español, de República Dominicana y Panamá, José Luis Rodríguez Zapatero, Leonel Fernández y Martín Torrijos, respectivamente, ofrecieron facilitar el diálogo entre la oposición y el chavismo. Por su parte, los cancilleres de Argentina, Colombia, Chile y Uruguay firmaron un documento conjunto para apoyar todo “procedimiento constitucional” que permita sacar a Venezuela de la crisis, particularmente el referendo revocatorio.

La carta de Almagro fue arriesgada y su falta de tacto puede haber dinamitado la última oportunidad de la OEA de tener un liderazgo en la región, sobre todo frente a un Estados Unidos indiferente y reacio a financiar una organización cuya utilidad está en duda. No obstante, la tensión en la OEA va a obligar a que los países miembros por fin tomen posición frente al caso venezolano. En particular, será interesante ver el punto de vista de Colombia y Brasil que, con complicados problemas internos como las negociaciones de paz con las Farc y el proceso de impeachment (juicio político) contra Dilma Rousseff, también tienen rabo de paja.

Por lo pronto, los expertos coinciden en que la OEA tiene potencial, aunque todavía nadie ha podido explotarlo. Philip Oxhorn, experto en este organismo de la Universidad McGill, le dijo a SEMANA que “Luis Almagro ha sido una gran decepción pues, como la cara moribunda de la organización, fue incapaz de construir un puente en la polarización y legitimar un rol constructivo de la OEA”. Pero, como explicó a esta revista Angélica Durán-Martínez, latinoamericanista de la Universidad de Massachusetts, “su importancia radica en que es el organismo con las mejores posibilidades (institucionales y políticas) para el diálogo interamericano y el multilateralismo. Su futuro dependerá en buena parte de que haya reformas que la modernicen y que no estén atadas al espectro político”. La OEA está en cuidados intensivos, pero si hay voluntad política es posible que salga de su lecho de muerte.

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