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| 11/18/1996 12:00:00 AM

OPORTUNIDAD PERDIDA

El candidato republicano Bob Dole y su compañero de fórmula Jack Kemp dejaron pasar los debates televisados sin mejorar sus posibilidades de triunfo.

Desde que John Kennedy decidió a su favor la contienda de 1960 contra Richard Nixon frente a las cámaras, el debate televisado se convirtió en una especie de clímax de la campaña presidencial norteamericana. El contendiente que va detrás en las encuestas suele poner en esa batalla verbal sus mejores esperanzas de mejorar sus perspectivas porque se trata de una oportunidad ideal para superar a su adversario, dejar en claro sus inconsistencias y parecer más presidenciable. Sobre todo porque el espectáculo es presenciado por decenas de millones de votantes.Ese era el escenario en el que el candidato republicano Bob Dole debía echar sus restos para remontar la ventaja que desde el comienzo de la campaña le ha llevado su contendor el presidente Bill Clinton. Se trataba de tres debates, dos de los candidatos presidenciales y uno de sus compañeros de fórmula. Pero ninguna de esas instancias logró el objetivo propuesto de achicar la ventaja demócrata. Una de las causas fue que el compañero de Gore, Jack Kemp, no logró proyectar la imagen para la cual había sido incorporado a la campaña, esto es, la de un político fuerte y agresivo. Su debate con Gore se centró en los aburridos temas económicos y su sintonía fue superada por un partido de las finales de la Liga Nacional de béisbol. Claro que resultaría injusto atribuirle la culpa a Kemp, cuando el verdadero responsable de la campaña es Dole. El candidato republicano resultó débil en ambos debates, llevados a cabo en Hartford, Connecticut, el 6 de octubre, y en San Diego, California, el miércoles 16. En el primero enfocó sus ataques en el desempeño de la economía con el mensaje negativo de que "hay muchas cosas mal en Estados Unidos", algo muy difícil de vender en tiempos de recuperación económica y descenso del desempleo. Como esa táctica no le sirvió, Dole llegó al segundo con los ojos puestos en la supuesta falta de moral de Clinton, pero sus ataques resultaron demasiado tibios, para evitar uno de los aspectos que más le han hecho daño, que es el de proyectar una imagen demasiado negativa y sarcástica. Por eso al presidente no le quedó muy difícil superar a su contrincante con la simple fórmula de presentar sus resultados económicos y pintar un futuro risueño. Los ataques de Dole no lograron impresionar ni siquiera a los espectadores que habían sido seleccionados para hacer preguntas en un formato de foro popular. La prueba es que ni una sola de ellas se refirió a los temas propuestos por Dole, como el asunto Whitewater.En esas condiciones Clinton dio un nuevo paso en su desenfrenada carrera hacia la reelección. Dole esperaba que, tal vez, sus debates le dieran el triunfo como a Ronald Reagan sobre Jimmy Carter en 1980. Pero ni la diferencia era tan considerable, ni Dole es Reagan ni, por supuesto, Clinton es Carter.
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