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| 4/1/2017 10:30:00 PM

¿Víctimas del azar?

Periodistas, manifestantes, políticos, millonarios y hasta presidentes asesinados en Rusia solo tienen algo en común: se oponen al gobierno de Vladimir Putin. No parece ser solo una coincidencia.

Denis Voronenko era miembro del Parlamento ruso (la Duma), y había huido a Kiev después de recibir amenazas de los servicios de seguridad por oponerse a las políticas del presidente Vladimir Putin contra Ucrania. Minutos antes de reunirse con su excolega Ilya Ponomarev, la única legisladora que votó contra la anexión de Crimea en 2014, el viernes 24 de marzo un hombre abordó a Voronenko afuera de su hotel y le disparó dos veces a plena luz del día. Como él, un puñado de líderes de la oposición que critica a Putin y a sus aliados han desaparecido uno a uno en condiciones sospechosas. Es un secreto a voces desde hace años, solo que ahora, con la creciente preeminencia del exagente de la KGFB en los asuntos mundiales, el asunto toma un cariz aún más grave.

“Hay muchos asesinos (...) ¿Cree que nuestro país es muy inocente?” respondió el presidente estadounidense Donald Trump, cuando el periodista de Fox News que lo entrevistaba le cuestionó su preferencia por el presidente ruso, Vladimir Putin, a pesar de su fama de asesino. La respuesta, que a este lado del Atlántico resultó hasta graciosa, angustia a los opositores rusos, que ven a su gobernante como un dictador y sufren en carne propia su represión. Como dijo a SEMANA el profesor emérito de la Universidad de Kansas, Dale Herspring, “Putin tiene a criminales de su lado, pero como no es Stalin, también tiene opositores. (...) Cuando salen a la calle y lo confrontan abiertamente, Putin usa a la Militsiya (policía civil) y, si es más grave, recurre a las fuerzas internas de seguridad. Putin simplemente no tolera la oposición abierta”.

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Espeluznantes ‘coincidencias’

Voronenko, por supuesto, no es el primero. Boris Nemtsov, carismática figura opositora y ex primer ministro de Boris Yeltsin, cayó asesinado en 2015 en un puente al lado del Kremlin dos días antes de la protesta contra la corrupción que había convocado. Los cinco hombres condenados por su asesinato están ligados a los servicios de seguridad de Ramzan Kadyrov, el líder checheno considerado un títere de Putin, a quien llama su “segundo padre”. Así mismo, los hombres de Kadyrov eliminaron al líder opositor Sergei Yushenkov, quien intentó probar que el Estado ruso planeó el bombazo de un complejo residencial en Moscú para atribuírselo a líderes independentistas chechenos y así justificar la invasión militar de esa república. Para rematar, dos hombres le dispararon el mismo día que el Ministerio de Justicia le otorgó personería jurídica a su partido político.

Así mismo, alguien cobró la vida de Sergei Magnitsky, un abogado que pretendía desmantelar una trama de corrupción en la que altos funcionarios robaron cerca de 230 millones de dólares del Estado. Antes de concluir sus investigaciones, fue encarcelado sin previo juicio y murió en custodia. Activistas de derechos humanos denunciaron que oficiales de seguridad del gobierno presionaron a los médicos de la prisión para negarle atención médica, por pancreatitis y cálculos biliares.

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Otro opositor victimizado es Alexander Litvinenko, desertor del KGB a quien dos agentes del Servicio de Seguridad Federal ruso envenenaron en 2006 con la poderosa toxina polonio 210 en su taza de té. Al momento de su muerte en Londres, Litvinenko trabajaba con detectives de Scotland Yard para investigar esquemas de lavado de dinero de la mafia rusa en Reino Unido y España, que comprometían a varios políticos del Kremlin. Además, acusó a Putin de ordenar el asesinato del millonario Boris Berezovsky y de la periodista Anna Politkóvskaya, quien expuso las violaciones de derechos humanos en las operaciones militares en Chechenia. En efecto, los reporteros son un blanco recurrente de los ataques de Putin, quien controla los medios de comunicación estatales y ha restringido el acceso a internet. En 2004, en un claro atentado a la libertad de prensa, un hombre no identificado le disparó nueve veces al director de la revista Forbes en Rusia, Paul Klebnikov, crítico del gobierno de Putin, quien iba a publicar una investigación sobre el lavado de dinero ruso en Chechenia.

Los que viven para contarla

Mientras los países europeos se blindan contra los ataques rusos a las elecciones de este año, la mano del Kremlin en los regímenes vecinos ha sido mucho más directa. Después de un intento de asesinato durante su campaña presidencial de 2004, un equipo médico determinó que el político ucraniano Viktor Yuschenko había ingerido peligrosas cantidades de TCDD, componente activo del agente naranja. Como resultado de su envenenamiento, el dirigente quedó desfigurado y se retiró de la política. Muchos sospechan que Putin ordenó asesinarlo, ya que Yuschenko derrotó al aliado del Kremlin Viktor Yanukovich, quien adoptó una posición favorable frente a la Unión Europea y fue una piedra en el zapato para los planes expansionistas del mandatario ruso.

Los más acaudalados de su país tampoco están seguros si se salen del libreto. Mikhail Khodorkovsky dirigía la compañía petrolera Yukos y llegó a ser el hombre más rico de Rusia. Cuando el magnate expresó opiniones contrarias al Kremlin, las autoridades lo arrestaron, lo acusaron de evadir impuestos e incautaron su compañía. Poco después, como en los tiempos de la Unión Soviética, fue enviado a un campo de trabajo forzado en Siberia en el que permaneció diez años. Putin lo liberó en 2013 como un ‘gesto humanitario’ para congraciarse con la comunidad internacional antes de los Juegos Olímpicos de Sochi. Después de su liberación, Khodorkovsky se exilió en Suiza, y se trasladó a Londres, desde donde dirige la organización Open Russia.

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Uno de los empleados de Khodorkovsky es Vladimir Kara-Murza, otro sobreviviente. Este activista de 35 años ha superado dos envenenamientos en menos de dos años. En los intentos por matarlo se utilizaron toxinas muy sofisticadas y difíciles de detectar, por lo que Kara-Murza asegura que los encargados están conectados con los servicios especiales rusos. Al Kremlin no le faltan motivos para sacarlo del camino, pues fue uno de los principales promotores de la Ley Magnitsky, una norma estadounidense que busca evitar que los violadores de derechos humanos en Rusia escondan sus fortunas en bancos de países occidentales.

Por otro lado, Alexéi Navalny, el líder más importante de la oposición, ha recibido varias amenazas de muerte y enfrenta un juicio por malversación de fondos, lo que califica como una persecución política para bloquear su candidatura en las elecciones de 2018. Así mismo, Navalny fue arrestado junto con otros 1.000 ciudadanos en las manifestaciones del fin de semana pasado, las más significativas en Rusia desde 2012.

Aunque Navalny y Kara-Murza consideran que la movilización de 60.000 personas abre una grieta en el poder de Putin, pocos comparten su optimismo. A pesar del relevo generacional de los movimientos sociales y de sus vínculos con los asesinatos de opositores, su popularidad permanece intacta. Según una encuesta del Levada Center realizada en febrero, el 84 por ciento de los rusos aprueba la gestión del mandatario. Además, aunque lo más seguro es que Navalny pueda participar en las elecciones de 2018, la disputa entre Putin, el hombre más poderoso del mundo, y la oposición se asemeja más una batalla entre David y Goliat.

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