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| 2/20/2005 12:00:00 AM

Otra vez Beirut

El asesinato de un ex primer ministro libanés podría causar una nueva guerra civil en ese país. Las acusaciones contra Siria enrarecen aún más la paz de Oriente Medio.

El exprimer ministro del Libano Rafik Hariri era uno de los hombres mejor cuidados del mundo. Su caravana, equipada con sofisticados equipos de detección, incluso desactivaba los celulares a su paso, para evitar que fueran usados para explotar una bomba. Pero nada de eso impidió que el lunes pasado fuera asesinado con un artefacto que abrió un cráter de nueve metros de ancho y tres de profundidad, dejó 17 personas muertas y prácticamente destruyó los edificios que se encontraban a su alrededor.

El hecho fue recibido con preocupación por la comunidad internacional. La razón es que podría ser el comienzo de una nueva desestabilización tanto del Líbano, que vivió una guerra civil de 1975 a 1990, como del resto de Oriente Medio. Este temor se debe a que muchos factores desestabilizadores confluyen en ese pequeño país de cuatro millones de habitantes y podrían detonar otro sangriento conflicto.

En el Líbano todavía están vivos los rencores entre cristianos maronitas, drusos (una rama heterodoxa del Islam), sunitas y chiitas que se enfrentaron en la guerra.

A esto se suma, primero, que el mundo político libanés es complejo y violento, y segundo, que la influencia de Siria -calificada por Estados Unidos de ser un Estado tirano- tiene dividido al país. Los enfrentamientos entre los partidos pro sirios y la oposición habían llegado a tal punto que varios analistas llegaron a decir que la situación se parecía a la vivida antes de la guerra.

Por eso el asesinato de Hariri plantea interrogantes difíciles de responder. ¿Quién lo mató y por qué? ¿Quién tiene la intención de desestabilizar un país tan frágil políticamente como el Líbano? ¿Comienza un nuevo conflicto en Oriente Medio?

Hariri, de 60 años, sacó a flote al Líbano desde que asumió el cargo de primer ministro en 1992 y logró aglutinar en torno suyo a varias facciones antagonistas entre sí.

Este sunita, que durante la guerra del Líbano había hecho una inmensa fortuna en Arabia Saudí a través de su empresa constructora, conquistó el corazón de sus coterráneos con su discurso optimista. Gran parte de la reconstrucción de Beirut fue hecha por la compañía de Hariri, que había prometido que la ciudad volvería a ser la París de Oriente Medio. Por eso su muerte, una "tragedia nacional", causó una reacción sin precedentes . Las calles de Beirut se llenaron como nunca de personas de todas las confesiones religiosas para acompañarlo en su funeral. Mientras las iglesias y las mezquitas llamaban conjuntamente a la oración, algunos gritaban consignas contra Siria.

Es que desde el asesinato empezó a circular la teoría de que el atentado había sido cometido por agentes sirios. Al fin y al cabo, "el récord de Siria en el Líbano en términos de asesinatos políticos no ha sido bueno. Hemos visto dos presidentes electos, otro primer ministro, un líder druso y una gran cantidad de mediadores y periodistas asesinados, siempre con el dedo acusador apuntando hacia Siria", dice Nora Boustany, corresponsal diplomática del The Washington Post y experta en Oriente Medio. Y Estados Unidos, que tiene a Siria entre ceja y ceja (lo acusa de desestabilizar Irak, de apoyar el terrorismo, entre otras) aprovechó la ocasión para mandarle una alerta. Primero le hizo un guiño acusatorio al llamar a consulta a su embajadora y luego, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, dijo que Damasco tiene como mínimo una responsabilidad en el atentado "debido a la constante interferencia en los asuntos del Líbano".

Los seguidores de Hariri argumentan que nadie que no tuviera apoyo sirio hubiera penetrado con 300 kilos de explosivos al centro de Beirut. Y el grupo que cometió el atentado debía conocer la seguridad del ex primer ministro, pues según los primeros informes no utilizó un carro bomba -hubiera sido detectado- sino que un kamikaze hizo explotar su carro al lado de la caravana.

¿POR QUÉ MATARLO?

Siria ejerce el control de Líbano desde que ocupó el país y puso fin a la guerra civil. El acuerdo de paz firmado entonces le dio carta blanca para reestablecer la normalidad en el país. Eso lo llevó a tener gran influencia política, policial y militar. Hoy 15.000 soldados sirios permanecen en el Líbano. Pero esa situación está en entredicho.

Muchos libaneses creen que el modelo de cooperación con Siria ya no es viable. Una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU de octubre pasado llama a Siria a que retire sus tropas. También le pide que deje de colaborar con Hizbolá -una milicia islámica que opera en el sur del Líbano con el apoyo de Siria e Irán- y de intervenir en su vecino.

La última de estas intromisiones en los asuntos internos del Líbano fue lo que llevó a Hariri a renunciar en octubre pasado. El carismático líder no estaba de acuerdo con que el Parlamento hubiera aprobado que el período del presidente Émile Lahoud, cristiano maronita, y considerado una marioneta de Siria, se prolongara por tres años. Su estrategia era presentarse a las elecciones programadas para mayo junto con una gran coalición de partidos libaneses que seguramente vencerían a los partidos proSiria.

Algunos analistas aseguran que por eso habrían asesinado los sirios a Hariri, a pesar de que un grupo -hasta entonces desconocido- llamado Victoria y Jihad en la Gran Siria se atribuyó el atentado, justificándolo con la relación entre éste y la familia real Saud, de Arabia Saudita.

Pero aunque muchos acusan a Siria, incluido Estados Unidos, varios analistas creen que este país no tiene nada que ver. El analista político de la Universidad de San Francisco Sthepen Zunes dijo a SEMANA: "El régimen sirio, aunque es lo suficientemente rudo para hacer una cosa así, no suele ser tan desvergonzado. Ellos no ganarían nada uniendo a la oposición libanesa en contra suya y dando razones para que Estados Unidos y otros países occidentales aíslen aún más su gobierno".

"Una explicación más razonable para el asesinato es que los enemigos de Siria -cristianos del ala derecha, islámicos radicales o Israel- vieron la oportunidad de desestabilizar o incluso derrocar el régimen sirio", explicó el periodista británico Patrick Seale, que escribió entre otros los libros Asad de Siria y La pelea por Siria. Seale argumenta que "los cristianos de derecha quieren expulsar a Siria del Líbano; los islamistas no olvidan la represión que ejerció contra los Hermanos Musulmanes, mientras que Israel quiere debilitar a Siria y acabar con Hizbolá. Alguno de esos actores debe haber visto la oportunidad de causar a Siria un problema en el momento que está siendo acusado por Estados Unidos de intervenir en Irak".

Por ahora, todo indica que el asesinato de Hariri desencadenará el fin de la intervención de Siria en el Líbano. Lo que vendrá después estará relacionado con la capacidad de las facciones políticas de este último país para conformar una coalición que pueda preservar la estabilidad y la unidad. Y también estará de por medio el futuro mismo de la propia Siria, para la que su presencia en Líbano es vital. Falta ver hasta dónde podrá mantenerse al margen de las órdenes que le llegan desde Occidente y qué tan fuerte es la coalición que creó con Irán la semana pasada para construir un frente opositor en Oriente Medio. Sólo queda esperar.
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